La única manera de aceptar la vida es aceptar la totalidad de la vida. No una versión editada, no, solamente la que queda bien o la que recibe aplausos; no, únicamente la que nos conviene o que siempre nos hace felices, no. Lamentablemente nadie nos lo dice; debemos llegar a esa conclusión luego de atravesar mucho camino y de ver lo suficiente para convencernos a punta de ensayo y error que así no funciona. La vida es y eso significa que es completa, que es siendo toda, todo y una: luminosa, incómoda, la que nos enorgullece, la que, a veces, preferiríamos dejar por fuera del recuento de nuestra historia, la de los personajes anecdóticos, inolvidables, la de los que es mejor no recordar ni sus nombres, la de los malos seres humanos y en contra posición la de los bienaventurados, la de los seres memorables, entrañables, la de los ángeles en la tierra, la de las alegrías y también la de las catástrofes, porque las hay… y llegan de cuando en vez.
Mientras vamos siendo, la conjugación del verbo contiene buena parte del misterio. En cada relato, ser parece una sentencia definitiva; en cambio, ir siendo admite el movimiento, la contradicción, el error, la transformación y como nos ha tocado tantas veces a los colombianos, la alegría y la tragedia.
Ir siendo nos recuerda que todavía estamos en obra y que, por fortuna, aunque a veces no lo parezca, nadie nos entregó un manual de instrucciones. Si lo hubiera hecho, seguramente lo habríamos perdido.
Carl Jung decía que uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad y yo agregaría que a esa inevitable falta de luz solo se le vence brillando y que, para brillar, para encontrar ese resquicio cálido jamás se debe olvidar que no puede haber día sin noche o máscara resplandeciente sin sombra y que reconocer el bien en todo “mal”, en momentos como en el que hago esta reflexión, aunque pueda llegar a sonar ingenuo, creo que genuinamente transforma el efecto de la palabra fe para simplemente comprender, desde el sentimiento y tal vez no desde la razón, que los ríos subterráneos de la vida siempre, siempre, conllevan dos caras fiables porque solo la una es capaz de redimir a la otra. En conclusión, el bien, el corazón loable, las virtudes cotidianas, la solidaridad, el valor de lo sencillo y de lo intangible, el ir siendo… todo esto llegará, como una promesa, con el alba para clarear el día y para poder recordar, al caer la noche que cada mañana trae su esperanza.
Hoy nos hemos quitado las máscaras sociales para volver a ser una sola nación y sí, la máscara no es necesariamente una mentira, es una herramienta que correctamente administrada desde la verdad personal, es la forma primigenia en la que construimos una barca para navegar el mundo, para trabajar, amar, liderar, criar, presentar un proyecto, enfrentarnos a una reunión o simplemente sobrevivir a una cena familiar sin tener que terminar explicando nuestro árbol genealógico. El problema empieza cuando confundimos la máscara con el rostro y cuesta escribirlo ahora, pero es necesario, urge, no solo identificar, sino reconocer y darle voz y forma al hecho de que los colombianos llevamos años habitando este país desde las máscaras ideológicas que incluso hoy, de manera mezquina, impiden a muchos unir sus brazos por quienes tanto necesitan de ayuda física y de apoyo moral.
Nos convencimos de estar construyendo una casa amplia alrededor de una identidad que ya no sabemos si habitamos o simplemente administramos. ¿Quiénes somos? ¿De qué estamos hechos? Queremos ser aceptados, aprobados, ser queridos y a veces, para eso, tenemos que aceptar por fin y sin vergüenza el “escándalo” de no pertenecer a nada más pequeño, porque la realidad es que siempre habrá algo más grande en las vidas de cada uno de nosotros: el sentido grupal, la comunidad en su totalidad, la supervivencia de todos. Estoy bien pero no estoy bien si tú estás mal.
La dualidad tampoco consiste en esa explicación infantil de buenos contra malos; la vida es bastante más sofisticada y bastante menos organizada que eso. La dualidad es parte del todo de la vida misma y como ella es y no se parece a nosotros que insisto, vamos siendo, la dualidad vive en nuestras percepciones. En aquello que creemos correcto y que después descubrimos que no lo era. En lo que juzgamos equivocado y un día comprendemos desde otro lugar. En nuestras certezas y en nuestras contradicciones. En esa intimidad donde cada uno libra una batalla que nadie más puede librar.
Por eso aceptar la totalidad no significa aprobarlo todo. Significa poder mirar el conjunto sin expulsar de nuestra identidad aquello que nos incomoda. Entonces para aceptarlo todo y no resignarse, que bien distinto es lo uno de lo otro, la dualidad, la sombra, la pertenencia, hacen parte del tránsito del vamos entendiendo, del reconstruir en la intimidad y lo comunitario, desde el alma, las vidas rotas que hoy son el reto social más importante para el país.
En este presente imperfecto, extraño, incompleto, quizás el propósito de la vida no sea convertirnos en seres extraordinarios, exitosos... Tal vez el propósito sea aprender a estar enteramente presentes en quien somos, con nuestra máscara y nuestra sombra, con el guerrero y con quien, después de la batalla, necesita un plato de sopa. Con lo que entendemos y con lo que jamás tendrá respuesta. Con aquello de nosotros que mostramos al mundo y aquello que apenas nos atrevemos a mostrarle al espejo. Seguramente el viaje del héroe no termina cuando vencemos al dragón; de pronto termina cuando dejamos de huir de nosotros mismos y nos topamos con el otro que nunca ha dejado de ser yo.
No se trata de destruir la máscara, ni de negar la sombra, ni de elegir entre una versión “buena” y otra “mala” de nosotros o de quien sea. Se trata de integrarlo todo. Hoy Colombia puede, porque la vida no nos pidió ser impecables, nos pidió vivir. Hoy Colombia puede porque juntos podemos renacer de las sombras, de todas, para ver brillar el sol.