No tuvieron tiempo de sentarse en el escritorio. En el primer día de trabajo, la Naturaleza les destrozó el entusiasmo, los planes. Ya no podrán mostrar avances ni progreso inmediatos. Un temblor interminable dio un vuelco a la misión: recuperar lo derruido en el sismo en un país que recibieron maltrecho, con las arcas vacías, corrupción rampante y profunda crisis en todos los sectores vitales.

Nunca un presidente había tenido que afrontar un gigantesco desastre natural al tercer día de asumir el mando. Hacerlo, además, con una UNGRD saqueada, renqueante, rebosante de ineptos. “En esta etapa de la emergencia, no es necesario solicitar ni activar el despliegue de equipos internacionales especializados en búsqueda y rescate”, escribió el director que puso Petro en carta enviada al nuevo canciller, desmintiendo a la tribu petrista que achacaba la decisión a un sesgo derechista del ministro.

Entretanto, valerosos rescatistas nacionales y cientos de voluntarios buscaban soplos de vida entre toneladas de escombros. De todas las espantosas tragedias, la de las trillizas Saavedra descarna el alma. Imagino a Ana María en su cama de hospital, tratando de aceptar que la infinita felicidad que conoció junto a sus papás y sus adoradas hermanas quedó sepultada. Que deberá sobrellevar una soledad desgarradora, rodeada del amor de familiares y amigos que intentarán animarla.

Imposible comprender tamañas pruebas que pone Dios, por muy creyente que uno sea. Tan caprichoso e indescifrable es el destino, que una decisión intrascendente, un simple “adelántate tú que yo ahora te alcanzo”, marca la diferencia entre la vida y la desgracia. ¿Por qué a unos les toca y otros se salvan?

Recibí “una avalancha de solidaridad”, dijo el periodista Carlos Aponte, que perdió a su papá, a una sobrina de 11 años y espera que den con su mamá.

Solidaridad es la tabla de salvación a la que nos aferramos en momentos tan amargos. Me lo decía mi amiga Lupi Herrera, manizaleña de cuna y pereirana de corazón, que vivió el colapso de parte del aeropuerto Matecaña, donde murieron tres personas, cuando esperaba abordar un vuelo.

“En Pereira nos salva que todos nos ayudamos. Acá no hay clases sociales distantes, ni odios irreconciliables. Son manos tendidas, una honda convicción de que todos unidos saldremos adelante”, me dice al poco de recoger los enseres que pudieron salvar de los apartamentos destrozados de dos de sus hermanos. “Pero cuesta mantener la esperanza, conservar aquel optimismo que yo nunca perdía por mal que se dieran las cosas”.

Cuando uno pasea la vista por el centro y otras zonas de lo que era una ciudad comercial, pujante, abierta, bulliciosa, advierte que la recuperación será lenta y demasiado costosa.

“Lo material se recupera”, solemos decir ante un edificio desplomado. A Lupi alguien le mandó un apunte crudo, realista, sobre la frase que ansía reconfortar: “No. En estos países del tercer mundo, adquirir una vivienda es una completa hazaña. Esa frase de cajón es cualquier cosa menos consuelo para una persona que lo acaba de perder todo”.

Pienso que la mayoría prefiere agarrarse a un resquicio de fe, aunque sean débiles los pilares que la sostienen, a pensar que Colombia enfrenta tormentas devastadoras y siempre consigue sortear el oleaje con las exiguas fuerzas que resten, y seguir avante.

Y que, por fortuna, no le tocó el sismo a quien habría estado dormido y enguayabado un lunes a las 7:35 a. m., incapaz de dar una orden sensata a un equipo de mediocres dedicado a desviar fondos, sino a un Gobierno decidido, profesional y de carácter.

Una tremenda prueba de fuego para Abelardo De La Espriella cuando aún no estaban posesionados la totalidad de sus ministros ni la segunda línea del Gobierno, sin olvidar que no dejaban de destapar las ollas podridas que heredaron del payaso, un infame saqueo del erario.

Aparte de ofrecer una imagen ejecutiva, el presidente ha probado que su anunciada política de trabajar con alcaldes y gobernadores era real, no palabrería de campaña, y lo demuestra en el terreno. Junto a él, pudimos ver buenos regidores al pie del cañón, como Alejandro Eder, Mauricio Salazar o Nubia Carolina Córdoba, por citar solo a tres de varios.

También destaca en De La Espriella su excelente capacidad de convocar a la empresa privada. Comprometió a grandes y medianas en la colosal odisea de recobrar la normalidad de los 426 municipios afectados y apoyar a las 45.523 familias damnificadas.

Recordemos que Petro, que no afrontó terremoto, huracán, pandemia o inundaciones graves, legó un déficit público de récord, un miserable 3 por ciento de cupo de endeudamiento, unas FF. MM. sin plata, igual que la salud, y una burocracia mastodóntica, entre otras miserias.

De La Espriella tendrá que establecer nuevas prioridades mientras mantiene viva la esperanza en su patria milagro y convence de que es responsabilidad de todos empujar para rescatar el barco encallado. No será tarea fácil ni rápida. Y con una guerrilla que sigue asesinando.