Lo bueno de las paradojas es que nos obligan a pensar con profundidad. ¿Cómo podría una revolución como la de la IA, anclada en el capitalismo, llevar a un mundo alejado de la libertad? La respuesta —al menos una tentativa— es un camino curioso por el que los quiero llevar.

Hace unas semanas, la revista alemana Der Spiegel, que tiende un poco hacia la izquierda (en el sentido europeo, no el latinoamericano), sacó una portada preguntando si Marx tenía razón finalmente. ¿Colapsará el capitalismo como predijo Marx si no le ponen riendas a la IA? De Marx como economista y administrador de recursos dudamos seriamente algunos, pero mofarse de Marx como filósofo y pensador es otra cosa; yo no caería en esa tentación.

Ahora, otro economista con una reputación casi incuestionable, así The Economist le haya lanzado puyas recientemente, sacó un trabajo que puede conectarse con lo que escribe Der Spiegel. Me refiero a Daron Acemoglu, premio Nobel de Economía y profesor en el MIT. El argumento del paper es que la automatización (por ejemplo, reemplazar un trabajador con un sistema de IA), que implica más inversión en capital y fomenta la desigualdad, podrá traer más revueltas sociales. El Estado puede responder redistribuyendo el dinero con impuestos, regulando esa automatización que trae la IA o simplemente reprimiendo a la gente. Lo que llama la atención es que la opción de la represión se vuelve la más atractiva, haciendo que el actor capitalista financie y apoye un régimen represivo.

La idea de Acemoglu y sus colegas no me parece descabellada, y así su argumentación tenga una carga matemática, algunos eventos que se están dando llaman la atención. Hace unos días, el trino de Jacob Coxon de Anthropic, la empresa que creó Claude, prendió algunas alarmas. Dijo que tanto OpenAI (creador de ChatGPT) como Anthropic “no están actuando de forma responsable” y que están en una carrera por la superinteligencia, “apostando con nuestras vidas”.

La guerra entre ambas empresas se hizo más evidente cuando OpenAI anunció que habían resuelto uno de los grandes acertijos de las matemáticas, el de las ecuaciones de Navier-Stokes, a inicios de septiembre de 2026. Sucede que dos matemáticos (T. Buckmaster de NYU y L. Alpöge, empleado de Anthropic) llevaban un año desarrollando un programa para tratar de resolver el problema, usando la plataforma Codex de OpenAI. Extrañamente, según lo publicado por OpenAI, 10.000 de sus agentes de IA trabajaron durante 88 horas y llegaron a lo que sería una solución parecida, antes de Buckmaster y Alpöge. Lo que se están preguntando en la industria ahora es si hubo un uso indebido del input de estos matemáticos por parte de OpenAI para ganarles la carrera.

Es difícil creer que quienes lideran estas empresas van a detenerse. Los incentivos están alineados para que no lo hagan. Y mientras tanto, la desaparición de trabajos ‘de escritorio’ está pasando de advertencia a realidad, con algunos matices. Sin entrar a especular sobre el escenario catastrofista del que se está hablando (la destrucción de la humanidad en 2030), podemos pensar por ahora en otro: una crisis económica. Si muchos trabajos bien pagos desaparecen lentamente, también lo hará la capacidad de pago de muchos créditos, incluyendo las hipotecas. Cuanto más ocurra esto, más presión tendrá el Estado, y ahí entra de nuevo Acemoglu: entonces, ¿qué hará? Redistribuir las sumas astronómicas que se están ganando estos gigantes o ceder ante la presión del lobby para mantener los intereses de estas empresas. El tema de la represión no parece tan fantasioso a la luz del problema laboral estructural que puede darse.

¿Por qué hablar de socialismo entonces? Cuando se miran las lecciones dolorosas que deja la historia, es difícil desasociar el drama de la represión con la tragedia del socialismo. Este último es perfectamente compatible con el capitalismo de Estado, tal y como lo impulsó Stalin en su régimen de planes quinquenales y terror, y quizá como algunos países lo tratan de emular actualmente en modelos híbridos más light. Si la carrera por la superinteligencia sigue así, llevándose por su camino a quien sea, es posible que la influencia de movimientos sociales, traducidos en partidos políticos, tome más fuerza dentro del Estado en medio de la incertidumbre. Esto puede desembocar en una cruzada de las buenas intenciones, que terminaría ya sea como una represión en contra de las empresas o, si estas logran influenciar el aparato estatal, en contra de la ciudadanía. Siempre está la opción media, en donde hay ganadores de ambos lados y, como siempre, pierde el ciudadano de a pie.

Si le ponemos un ingrediente de psicología de grupos, el tema cobra aún más sentido. Algo que se ha descubierto en esta disciplina es que el aumento de la incertidumbre termina favoreciendo la vinculación de uno como individuo con grupos cohesionados o ‘entitativos’. De ahí salen dos problemas. Uno es que terminamos exagerando las diferencias con otros grupos, fomentando el extremismo. Y el otro es que cuando más unidos están esos grupos ‘contrarios’, más juicios negativos nos formamos sobre ellos. En pocas palabras, más polarización, macro y micro.

Si volvemos entonces —siguiendo en parte la llamada ley del péndulo— a la época en donde se saboteaba la tecnología por miedo, el tema de la represión deja de ser una fantasía. La pregunta es quién se tomará al Estado para reprimir y cómo lo hará, pues la represión es plenamente viable a través de la sutileza y las sonrisas. Yo solo espero que, por el bien de la humanidad, la guerra entre estos gigantes no le dé la razón, porque de ahí se desprendería mucho sufrimiento humano. Y de ello ya ha habido más que suficiente.