Con la salida a bolsa de SpaceX empieza un nuevo hito en la economía moderna y los mercados públicos de valores y privados de crédito. La empresa está valorada en 1,7 millones de millones de dólares y con la perspectiva de que salgan compañías como OpenAI y Anthropic, valoradas en montos cercanos al millón de millones, cifras absolutas y relativas inéditas. Si las valoraciones están bien justificadas o no, el debate es interminable y nadie duda de que este territorio es inhóspito. Por ejemplo, Morgan Stanley, una firma de trayectoria reconocida en Wall Street, señala que para 2040 la empresa SpaceX podría estar generando 3,4 millones de millones de dólares en ventas y unos beneficios operativos (antes de la depreciación y la amortización) del 80 por ciento de ese monto, cifras muy superiores a los 19.000 millones de dólares y los 7.000 millones de dólares en 2025, respectivamente. Es decir, estamos viviendo un big bang del valor de empresas que hasta no hace mucho eran prospectos o pequeñas frente al aparato productivo tradicional.

Los valores gigantes van de la mano con fuertes inversiones físicas y gastos de capital, que suman cerca del 2 por ciento del producto interno bruto de Estados Unidos. Si bien hasta hace poco muchas de las inversiones iniciales se pudieron cubrir con el flujo de caja libre generado por las propias empresas tecnológicas, es claro que cada vez más están basando su estrategia en acceder a mecanismos de deuda, dado que en 2027 se espera que los montos invertidos lleguen a un millón de millones de dólares.

Por lo anterior, han venido siendo muy activos los de mercados de financiación de fondos que prestan a empresas que no están en bolsa. Mediante mercados privados se consigue capital a través de inversionistas institucionales y grandes patrimonios. Sin embargo, dentro de esta modalidad hay otras figuras que han sido importantes, como los fondos de inversión especializados y cerrados que invierten en sociedades en desarrollo, en pequeñas y medianas empresas y que levantan los recursos a través de los inversores particulares que desean acceder a los mercados de capital y crédito privados.

Dadas las historias de éxito en las que empresas pequeñas o medianas pasan a ser gigantes y multiplicar por muchas veces, 10 × o más, su valor y llegan a tener mucha más capitalización que las empresas grandes y las megagrandes, la creciente tendencia es buscar empresas que se espera que lleguen a tener ese potencial, especialmente alrededor de la inteligencia artificial o de la computación cuántica.

La inteligencia artificial permite a las máquinas simular procesos cognitivos humanos, como el aprendizaje, el razonamiento, el reconocimiento de patrones y la toma de decisiones.

Funcionan analizando grandes volúmenes de datos a través de algoritmos. La computación cuántica aprovecha las leyes de la física cuántica para resolver problemas extremadamente complejos a través de múltiples estados simultáneos, lo que les permite procesar enormes cantidades de datos a una velocidad exponencialmente mayor a lo normal.

Entonces, mientras esto se desenvuelve a unas velocidades impresionantes, los elementos más comunes también hacen presencia en el debate empresarial y el entorno económico actual.

Tras estar cerca de cumplirse tres meses del inicio de la guerra con Irán, los precios del petróleo han tenido una enorme inestabilidad, pero permaneciendo en niveles elevados frente a los precios previos al reinicio de las tensiones del Oriente Medio.

Los últimos datos de inflación se ubicaron en 4,2 por ciento –la mayor de los últimos tres años–. Una resolución pronta del conflicto y una caída acelerada del precio del petróleo dejarían claro que este fenómeno de precios es transitorio y sin efectos prolongados sobre la estabilidad de precios.

Este escenario parece ser, por ahora, el que valora más el presidente de la FED, Kevin Warsh. Sin embargo, algo ha cambiado fundamentalmente frente a la idea de Trump y de Warsh de bajar las tasas de interés desde que el presidente de Estados Unidos lo escogió en enero. En ese momento, los argumentos económicos a favor de una política monetaria más expansiva eran sólidos: el repunte inflacionario posterior a la pandemia prácticamente había desaparecido y el mercado laboral parecía tambalearse. Esta semana ambos han sido cuestionados.

Warsh argumentó el año pasado, varias veces, que los avances en inteligencia artificial eran una buena razón para que la Reserva Federal recortara las tasas de interés. Pero en abril dijo que el riesgo inflacionario sigue siendo un tema de conversación, lo que sugiere que los recortes están descartados.

Mientras se define en las próximas semanas la naturaleza del conflicto y la posibilidad de que el precio del petróleo se mantenga alto o aumente a nuevos precios elevados, el temor de una inflación más prolongada que requiera aumentos de tasas de interés puede dejar muy expuestos los desempeños de los mercados de valores y castigar fuertemente los mecanismos de financiación privada que he reseñado.