Cuando se creía que en Colombia, en términos de vasallaje, habíamos visto de todo, luego de la vergonzosa ida de Gustavo Petro a la Casa Blanca el 3 de febrero de 2026, con cachucha y autógrafo de Trump, el periplo de la manada de “el Tigre” por las instancias del poder norteamericano rompió el récord en genuflexiones.
El vicepresidente Restrepo y los demás felinos del gabinete designado, en aplicación del principio lacayuno respice polum (“Mirar a
la estrella del norte”) de Marco Fidel Suárez (excanciller y expresidente en la segunda década del siglo XX), fueron, en un primer acto del Gobierno en tránsito, a recibir los mandatos de la nueva agenda norteamericana para Colombia.
Fue un peregrinaje de 50 reuniones ante funcionarios civiles y militares de la administración Trump, congresistas de ambos partidos, las burocracias del FMI, del Banco Mundial (IFC), Eximbank y el BID, los tiburones de Wall Street, los CEO financieros y de trusts transnacionales, y los centros de pensamiento como el Atlantic Council, que impulsa el liderazgo de Estados Unidos en el mundo. Esta última es una organización que considera el Plan Colombia como un “éxito de política exterior bipartidista” que “sentó las bases de una alianza estratégica [...] para el desarrollo sostenible, el comercio, la seguridad hemisférica y los derechos humanos”.
Con el motivo de restablecer las relaciones con ese “socio” –que con Petro se deterioraron de boquilla, pero no de hecho–, la manada abelardista se puso a disposición de los propósitos del Tío Sam, los cuales, por regla general, se impulsan a partir de los que haya cumplido el Gobierno anterior.
Ejemplo de esa continuidad es el ingreso anunciado de Colombia a la “Coalición Americana contra los Carteles”, con “bases operativas” en zonas específicas, calificada por Cartwright Weiland, subsecretario de Estado (antinarcóticos), como “colaboración” de “nuevas alturas”. Asimismo, manifestó interés en ampliar la flota de helicópteros Black Hawk (El Tiempo, 17/7/26), y con drones, ciberdefensa, ciberseguridad y otros componentes “planeamos llevar esta asociación a nuevos niveles con el Plan Patriota 2.0”, según ratificó el subsecretario adjunto de Guerra para Asuntos de Seguridad de las Américas, Joseph Humire. Un paso más frente a las instalaciones militares en Gorgona y Leticia, avanzadas durante el cuatrienio de Petro.
El saqueo económico se ahondará. Vendrán misiones técnicas del Eximbank y del FMI a vigorizar el capital extranjero como variable de cierre del sistema, ya sea bajo la modalidad directa o bien crediticia o bien especulativa en deuda pública o valores bursátiles. Restrepo aseguró que hay una “apertura total a los negocios”.
Tendrán relevancia la exploración y explotación de hidrocarburos y el fracking con Drummond Energy Inc., Parex Resources, ConocoPhillips Colombia Ventures y Exxon –en asocio con Ecopetrol–, que tienen contratos vigentes. Se relanzaría la minería de carbón y de oro, y tomaría ímpetu la de metales estratégicos, como el cobre o las tierras raras, críticos para la transición energética. No se descartarán inversiones foráneas en megacárceles, en inteligencia artificial o en otras formas ingeniosas a las que las metrópolis acuden para exportar excedentes de capital a las colonias.
El TLC con Estados Unidos podría ser más inicuo todavía en capítulos como comercio e inversiones y en otros para facilitar importaciones de gas, gasolina, derivados, diésel y productos del ámbito agropecuario o industrial. Incluso, acaso surgirían cláusulas que rimen con los “ajustes” que vengan en el plano fiscal de un acuerdo extendido con el FMI, que ya se avizora (el tercero desde 1999). Sentenció el vicepresidente electo que el problema es “más complejo de lo que se cree”.
Un capítulo clave en la bitácora trazada es el papel de Colombia como “plataforma para la democratización de Venezuela”, que Restrepo enunció. Con el Gobierno Biden, Petro ofició allí de “canciller” (como señalara Armando Benedetti), pero vaya a saberse si ahora se trata de colaborar con Delcy Rodríguez, de operaciones conjuntas para “sanear” la frontera, de apoyar las opciones políticas sucedáneas del régimen chavista o de todas las anteriores.
La ominosa gira de súbditos esboza la ruta de la presidencia de Abelardo De La Espriella, ciudadano de Estados Unidos con residencia en Miami, que regirá desde el 7 de agosto de 2026. La política económica la dirigirá el FMI, el Departamento de Guerra guiará la de seguridad y defensa en el Escudo de las Américas, y las decisiones de Estado las dictará Marco Rubio.
Un periodo que, en estos años del corolario Donroe, recrudece la condición neocolonial de Colombia, sin interrupciones desde hace más de un siglo, y notifica que el verdadero tigre está en Washington, mientras sus lacayos son solo corderos.