El presidente lo retiró del cargo. Fue un retiro muy comentado en su momento y que dio que hablar durante mucho tiempo. No me refiero a la salida de Rodrigo Lara Restrepo, sino a un suceso de 1975. El presidente de la República, Alfonso López Michelsen, dio de baja al comandante del Ejército, el general Álvaro Valencia Tovar. Hace poco mencioné que se rumoró en la época que Valencia Tovar, el Mono Valencia, tuvo que dejar el cargo porque estaría preparando un golpe de Estado.
Así se publicó en el periódico Occidente de Cali el 22 de mayo de 1975. Un político que tiene nombradía nacional me llamó gentilmente para decirme que él recordaba que la salida de Valencia Tovar se debió a fuertes diferencias de criterio con el ministro de Defensa, el general Abraham Varón Valencia. Le creo porque la fuente fue muy cercana a López Michelsen. El rumor de golpe fue eso, un rumor. Me habló de esa versión infundada que circuló en su momento una persona que salió del Ejército al tiempo con Valencia, el coronel Valentín Jiménez, segundo comandante del Ejército y muy allegado al general Valencia Tovar. Con Valentín Jiménez nos conocimos tres años después de su retiro durante un viaje a la República Popular China. Al regresar a Colombia en el vuelo 002 de Pan American de Hong Kong a Los Ángeles con escalas en Tokio y Honolulu, Valentín me hizo una revelación que ya publiqué en otra ocasión. Hoy por primera vez cuento que él fue la fuente. En ese vuelo interminable nos sentamos en asientos contiguos. Todavía tengo los apuntes que tomé ese 28 de mayo de 1978. Valentín me dijo que las bombas que estallaron en la revista Alternativa y frente a la casa de Enrique Santos Calderón y su esposa María Teresa Rubino y frente a la residencia de la periodista Consuelo de Montejo las puso el ejército. Esas bombas estaban destinadas a asustar; no pretendían matar a nadie.
En el gobierno de López Michelsen se compraron aviones Hércules C-130. El Senado en Washington reveló que el fabricante, la Lockheed, había pagado sobornos en Colombia y en otros países. La revista Alternativa, que dirigía Enrique Santos Calderón, publicó una portada con la foto del ministro de Defensa, Varón Valencia, con billetes en la cara. Valentín Jiménez me contó que esa portada enfureció a Varón Valencia, que la consideró una agresión contra las Fuerzas Militares.
Valentín Jiménez se enteró de las bombas por el coronel Óscar Burbano Chávez, un pastuso que fue jefe de inteligencia del Ejército y que adoraba al Mono Valencia. Burbano era alcalde militar en Barrancabermeja cuando apareció un sargento que había trabajado con él a pedirle ayuda para conseguir un empleo en Ecopetrol. El sargento había pedido la baja del Ejército, pues ayudó a poner las bombas, pero no le cumplieron el curso en el exterior que le habían prometido.
Valentín Jiménez también me contó que el director del DAS, el general José Joaquín Matallana Bermúdez, se había puesto a averiguar quién fue el responsable de las bombas contra Santos Calderón y Consuelo de Montejo y descubrió que había sido el Ejército, habiéndole comunicado el hallazgo al presidente López Michelsen.
De acuerdo con Valentín Jiménez, además de la inteligencia del Ejército, existía en esa época un batallón de inteligencia militar con 1.200 o 1.300 efectivos, todos uniformados, aunque actuaban clandestinamente. Lo habían creado 14 o 15 años antes y funcionaba en la antigua sede del Hospital Militar en el barrio San Cristóbal.
También supe en ese vuelo que, al ser retirado del Ejército en 1975, Valentín se volvió fuente de la revista Alternativa. Me dijo que nunca suministró información reservada o confidencial. Él se reunía con Enrique Santos Calderón en una cafetería cerca de la revista y se limitaba a confirmar información que el periodista le presentaba. Es decir, confirmaba si un dato era cierto o no.
Guardo un grato recuerdo del coronel Valentín Jiménez. Era una persona reposada, cordial y bien educada. Después de nuestro viaje a China seguimos viéndonos. Él fue por mucho tiempo jefe de seguridad de la Mobil en Bogotá. A su oficina se entraba desde una estación de gasolina en el costado occidental de la carrera Séptima, unas tres cuadras antes de la Avenida de Chile, viniendo del sur. Cuando yo estaba por esa zona, siempre pasaba a saludarlo. Él y los escoltas de la compañía se dedicaban a leer prensa, pero no por ocio, sino para escudriñar las noticias sobre secuestros y atentados y detectar dónde había fallado la seguridad. Valentín sostenía que esa falla era siempre evitable.