La disputa por la presidencia del Senado entre el abelardismo y el Centro Democrático no solo exhibe un conflicto existente: confirma que ese enfrentamiento era, en buena medida, inevitable. Pero por encima de las pulsiones partidistas debe prevalecer el interés nacional; para eso hacen falta líneas claras que no se deben cruzar. Me explico.
Para comprender las dinámicas recientes en el Congreso –y, más aún, las futuras relaciones entre el movimiento de Abelardo De La Espriella y el partido del expresidente Uribe– es crucial enfatizar una distinción básica, pero determinante: el Centro Democrático no es el partido del presidente electo. Esa separación, obvia en apariencia y compleja en sus consecuencias, explica muchas de las motivaciones de ambas fuerzas.
Aunque a simple vista el Centro Democrático y el abelardismo comparten objetivos y simpatizantes, no son lo mismo. La fractura se formalizó cuando el partido uribista, con argumentos de su parte, le cerró la puerta a De La Espriella. Desde entonces, el ahora presidente electo comenzó a construir su camino al margen del CD. Las elecciones presidenciales fueron el primer round de este pulso que ganó Abelardo: mientras el CD impulsó a Paloma Valencia, De La Espriella fundó un movimiento que superó tanto al uribismo como a la oferta de la izquierda. No fue un divorcio porque nunca hubo matrimonio; fue la constatación de que, en realidad, nunca estuvieron unidos. Eso lo debemos entender bien.
Considerar una alianza coyuntural para derrotar a Iván Cepeda como un compromiso permanente entre las partes es un grave error conceptual. Las coaliciones se formaron para un objetivo concreto, no para sellar una alianza indefinida. Y hay diferencias reales: la propia Paloma Valencia ha señalado que el CD no es un partido de derecha ortodoxa, identificando corrientes liberales en su seno e incluso puntos de encuentro con posturas de centroizquierda. El abelardismo, en cambio, se aproxima más al liberalismo económico y a pautas del conservadurismo clásico, con afinidades hacia posiciones libertarias. Esa separación ideológica explica, en buena medida, la decisión de De La Espriella de explorar la conformación de un partido propio, que refleje sus postulados y la lectura que hace de los resultados presidenciales –un triunfo que interpreta como verbo propio y no como fruto de un simple endoso del CD–. Clave.
Tengo que decir algo: ambas trayectorias son legítimas. Es legítimo que De La Espriella busque consolidar su espacio político mediante su propia organización, así como es legítimo que el Centro Democrático continúe su camino autónomo, proyectando liderazgo con figuras como Paloma Valencia, Rafael Nieto y, posiblemente, integrantes del propio clan Uribe. Los menciono como conclusión de la vehemente postura y defensa de las últimas semanas del CD. La democracia es precisamente eso: la multiplicidad de caminos.
La izquierda, por su parte, muestra también matices y lecciones: hay un petro-cepedismo más radical, corrientes progresistas y fuerzas verdes. Y cuando esas fuerzas logran empujar en la misma dirección, lo hacen con disciplina y sin pudor. Esa capacidad de cohesión es instructiva para la derecha fragmentada: la política exige también disciplina táctica, no solo convicciones.
De ahí la advertencia: la competencia entre uribismo y abelardismo debe circunscribirse a la arena política, sin virar hacia la descalificación personal ni al bloqueo institucional. Es imprescindible trazar límites de no agresión, definidos por el interés público. Si los actores políticos poseen algo de inteligencia emocional y, sobre todo, un compromiso real con el país, sabrán hasta dónde pueden y deben llegar en esta rivalidad sana. Si no, correremos el riesgo de replicar patrones nefastos que hemos visto en la región: en algunos contextos, la oposición resulta tan destructiva que termina siendo, por sí misma, parte del problema político que dice combatir.
Colombia necesita competencia política, no autodestrucción. El desafío para el abelardismo y para el Centro Democrático es grande, pero claro: disputar el poder sin sacrificar la gobernabilidad ni los mínimos de convivencia democrática. Eso debe ser la prioridad.
De lo contrario, seríamos otro ejemplo de lo que oí tantas veces en mi más reciente visita a Venezuela: “En la lista de lo peor que le ha pasado en este país, lo único que le sigue al chavismo-madurismo es la oposición”. Ojalá entendamos.