Buscando un poco de inspiración, navegando por el maremágnum de las redes sociales, me encontré con varias noticias que llamaron mi atención. La primera de ellas fue ver cómo nuestra Shakira, de origen colombo-libanés, escribió una columna para el diario El País, en la que concluye que en Madrid todos somos más latinos, que el término hispanos es excluyente de culturas como la del Brasil, en la que no se habla español, pero que culturalmente hablando podemos decir que hacen parte de lo que implica la latinidad, como forma de ser, sentir, expresarse.
En mi concepto, la columna de Shakira podría ir un poco más allá, ya que Madrid siempre se ha considerado una ciudad incluyente, a diferencia de otras ciudades españolas, como por ejemplo Barcelona, en la que, si bien se vive un gran sentimiento multicultural, buena parte de los catalanes han decidido salir a las calles e incluso votar por la independencia de su amada Cataluña, muchos de ellos sintiéndose de una estirpe superior al promedio…mundial.
La cultura latina es una cultura incluyente, llena de mezclas que han enriquecido la diversidad étnica y religiosa, creando un ADN que se transforma y se reinventa, y que ante todo es resiliente y sale adelante frente a la adversidad.
Gracias a estas mezclas, Colombia ha tenido presidentes de distintos orígenes. El expresidente Turbay, por ejemplo, tenía ascendencia libanesa. Petro y De La Espriella tienen ascendencia italiana. En cuanto a religiones, desde la Constitución del 91 podría decirse que se dio apertura en esa área, declarándose a nuestra patria como un Estado laico y pluralista.
Es así como tenemos una buena combinación de cultos, siendo la Iglesia mayoritariamente reconocida la católica, que representa a un 79 % de la población, seguidos de los protestantes, evangélicos y cristianos con un 10,1 % de acuerdo a cifras oficiales. Los creyentes sin religión serían entre el 7,5 % y el 7,8 % de la población y los ateos y agnósticos entre el 0,6 % y el 1 %.
Otras religiones equivalen al 1 %, en donde encontramos a los judíos, musulmanes, budistas, testigos de Jehová y otras prácticas espirituales. Ahora, redondeando un poco, la mayoría de la población colombiana cree en Dios y es seguidora de Jesús, un judío descendiente del rey David de acuerdo a lo manifestado por los textos bíblicos.
Me pareció interesante entonces la polémica frase del día de ayer del presidente De La Espriella, muy especialmente por su registro en distintos medios y redes sociales. Luego de presentar excusas por falta de inclusión de algunos cultos religiosos el día de su posesión, dijo una frase muy católica y cristiana: ¡Viva Cristo Rey!
Desde que el progresismo tomó como caballito de batalla la guerra en Oriente Medio, hacen todo el eco posible a expresiones, noticias o hechos que tengan relación con Tierra Santa. Ahora continúan y continuarán dando la batalla.
Sin querer queriendo, pareciera que el mundo aún continúa en la Guerra de las Cruzadas, y están convirtiendo la arena política en un terreno de batalla idóneo para ello.
Lo cierto es que Colombia es un país en el que impera la libertad de expresión, así como la de la libertad de culto. Abelardo de La Espriella pasó de ser parte del 1 % ateo o agnóstico al 79 % católico. Y no ha sido el único; muchas personas han pasado por ese proceso, aunque también conozco muchos que han pasado de ser católicos a agnósticos o ateos.
Gracias a la libertad de expresión y libertad de culto en mi casa, mis padres jamás quisieron imponerme una religión en particular. Mi padre, como el gran liberal que es, prefirió que yo escogiera. Luego de hacer un largo análisis desde la niñez, decidí ser católica, siendo bautizada a los 17 años por elección propia, pues me enamoré de Jesús, un judío excéntrico, que enseñó, entre muchas otras cosas, que hay que amar al prójimo como a sí mismo y perdonar a los que nos ofenden.
Retomando el concepto de latinidad, explicado por Shakira en su columna, debo decir que esta diferencia de credos, sentires y aprendizajes es lo que nos hace colombianos, bogotanos, barranquilleros, caleños, paisas, llaneros, etc. Al final, esas diferencias marcadas en las redes sociales y medios de comunicación por la diversidad de cultos deben llevarnos a una sola conclusión, que no es otra que, si bien somos diferentes, hacemos parte de una misma tribu (aunque algunos se sientan miembros de la realeza europea).
Así las cosas, en lugar de hacer críticas sobre temas bizantinos, debemos centrarnos en lo que hay y, como dirían mis amigas costeñas, echar pa’lante. Los latinos, los colombianos, todos unidos, en medio de circunstancias tan complejas como lo es la reconstrucción de varios departamentos del país luego del terremoto, el enorme hueco fiscal heredado de la administración anterior, el fenómeno de El Niño, el fantasma de un posible apagón como el del año 93, entre otros temas realmente importantes, deberíamos centrarnos y enfocarnos en un debate enriquecedor sobre cómo forjar el futuro de Colombia, una patria en la que aún hay esperanza.