Hay despertares que no llegan como grandes respuestas, llegan tranquilos y cálidos, casi almidonados, aunque solo sean notablemente poderosos en el después. Llegan como epifanías, como parte de un pensamiento que cruza el abrir de los ojos, descritas entre memorias de palabras; llegan así, en una frase.
Esta semana tuve un día en el que me desperté con una idea, con esa frase entre las pestañas: quizá aquello que necesito soltar no es una persona, un proyecto, un dolor o una etapa de mi vida. Quizá lo que debo soltar es el miedo a la incertidumbre.
Después de una cirugía de columna cervical, por la que me tomé un tiempo de silencio -silencio obligado, de introspección, reflexión y de un enorme aprendizaje sobre el mensaje revelado, como pocas veces en mi vida, de la paciencia-, viví en carne propia, nunca mejor dicho, la recuperación que no solo ocurre en los músculos o en los huesos, sino también en el alma.
Este tiempo fue parte de una transformación en la manera en la que miramos aquello que no conocemos, en eso que por definición causa temor y que llamamos incertidumbre. Para mí, la señora I.
Si miramos con detenimiento, toda nuestra vida está basada en alcanzar certezas. Ese es el aprendizaje básico y básico social de la existencia humana: llegar a fin de mes, tener alimento sobre la mesa, tener una pareja, lograr que los hijos sean felices y que logren lo que sueñan, jubilarse y que la brecha pensional no fulmine lo que nos queda de vida…
Planeamos, calculamos, prevenimos y organizamos como si pudiéramos negociar con el tiempo, sin recordar que la vida siempre trae su letra pequeña y que en este contrato se llama incertidumbre.
Luego de dos meses cuidando y escuchando mi cuerpo en un estado de amorosa gratitud, increíblemente arrebatadora, comprendí -como si de un rayo aclarador y fulminante se tratara- que pasamos años creyendo que el problema es la bendita señora I, la de lo inesperado, lo incontrolable, lo desconocido, la de las probabilidades… Y ahí está que, en un despertar -tal y como lo relato-, súbitamente, asimilé que el problema ha sido mi forma de habitarla.
Durante mucho tiempo pensé que la incertidumbre era el lugar donde nacía el miedo; hoy, creo que es un territorio neutral. Es más, es bien bonita la señora I: no trae escrita una sentencia y mucho menos una promesa, y eso es mucho más de lo que algunos seres humanos ofrecen.
Dicho lo anterior, somos nosotros quienes, en efecto, siempre llegamos a confrontarla a través de una historia previa y por previa es que le ponemos sus matices y prejuicios de perspectiva. Esto lo hacemos desde que somos niños y lo consolidamos con el paso de la edad, desde la búsqueda incesante y hasta enfermiza de lo seguro, de la certidumbre.
Con esto en mente, infiero que frente a la señora I aparecen por regla dos voces, dos posibilidades: una anuncia el desastre, la otra susurra el éxito. Las dos lanzan su discurso antes de la existencia de un desenlace y, ojo, no existe desenlace alguno que se pueda controlar milimétricamente.
Entonces, y en el punto del meollo, luego de la UCI, la convalecencia y ahora la conciencia en la recuperación, deduzco para lo que me queda de viaje que ese increíble juego de azar llamado incertidumbre jamás desaparecerá. Por fortuna, porque es tan necesario como la otra cara de la moneda y, sin embargo, lo que sí puede desaparecer es el miedo con el que decido, o decidimos, jugarlo.
No se trata de pensar ingenuamente que todo saldrá bien. Se trata de confiar en que, salga como salga, habrá un camino. Esa diferencia parece pequeña, pero transforma por completo la experiencia de vivir. En este punto entiendo la fe, no como la esperanza o la exigencia de un resultado favorable, sino en creer, en saber que incluso aquello que hoy no entiendo encontrará un sentido mañana y habrá sucedido para mi bienestar.
Por eso dejé de repetir que incertidumbre es igual a miedo. Mi nueva ecuación es: señora I es igual a confianza. No porque conozca el final, sino porque elijo caminar hacia él, el final que sea, sin entregarle mi paz porque aquello, aquello… todavía no existe.
Recordé entonces a Heráclito, el filósofo que escribió que nadie se baña dos veces en el mismo río, porque ni la persona ni el agua serán iguales, asegurando con ello que el cambio es, en esencia, la naturaleza misma de la vida y que, en consecuencia, resistirse al cambio es como pedirle al agua que deje de fluir.
Luego de la cirugía, y después de pelear contra viento y marea durante diez años para no llegar a la sala de operaciones, logré asimilar una de las razones por las que tanto sufrimos: no es por el cambio, per se, sino por nuestra terquedad de permanecer inmóviles mientras todo alrededor continúa moviéndose, confundiendo, entonces, estabilidad con quietud y seguridad con control.
Vivir es aprender a navegar y la dualidad entre el éxito y el fracaso existe a través de los ojos con los que se aprende a ver el desenlace.
Ver el vaso medio lleno no es una frase simplona de autoayuda. Es una tarea bastante complicada. Es una cuestión que requiere disciplina emocional y mucha resistencia. Se practica cuando una llamada no ocurre, cuando un proyecto termina, cuando alguien se va, cuando el mundo te vuelve a dar uno de sus inesperados golpes o cuando debemos empezar otra vez. Es un entrenamiento cotidiano que exige recordar que el guion lo escribimos en una misteriosa y magnífica dupla mitocondrial.
Mi regreso a esta columna coincide con mi regreso a mí. Vuelvo distinta. No porque tenga más respuestas, sino porque me he propuesto hacer mejores preguntas. La más importante hasta el momento: ¿desde dónde quiero atravesar lo que no puedo controlar?
Está bonito crecer y sumarles decenas a los años. Está bonito descubrir que la paz no nace cuando desaparece la incertidumbre, sino que, increíblemente, llega cuando dejamos de pelear con ella. Es emocionante y, honestamente, mágico comprender que el futuro nunca va a evolucionar tal y como lo delineamos, pero que sí podemos pensar y gestionar, en libre albedrío, la manera de caminar hacia él.
El río seguirá cambiando, yo también. Habrá noticias que celebren mis planes y otras que los rompan, habrá puertas que se abran y otras que se cierren sin explicación, pero ahora tengo la fe, la certeza, de que todos los desenlaces estarán bien. Algunos incomodarán más que otros y, al final, también habrá que atravesarlos, pero estará bien, estaré bien.
Si la señora I siempre fue ese lugar donde encontré el miedo, hoy quiero -y no está fácil, pero me lo propongo- convertirla en el sitio donde aprendí, por fin, a ejercer la fe.
Hoy puedo darle la vuelta a la frase y comprender que solo morimos una vez y vivimos todos los días.