La actual alerta sanitaria generada por el brote de hantavirus a bordo de una embarcación nos sitúa ante un escenario epidemiológico tan inusual como complejo (Según la OMS, el crucero está anclado en Cabo Verde, en el Atlántico. El navío, el MV Hondius, había zarpado de Ushuaia, en Argentina, el 20 de marzo, hacia Cabo Verde, en África, y cuenta actualmente con 147 pasajeros y dos tripulantes).

A diferencia de otros patógenos, el hantavirus es una enfermedad zoonótica que se transmite principalmente a través de la inhalación de aerosoles procedentes de excrementos, orina o saliva de roedores infectados.

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La transmisión de persona a persona es extremadamente rara (limitada casi exclusivamente a algunas cepas suramericanas como el virus Andes). Por lo tanto, el problema principal en un barco no es solo el contacto entre los pasajeros o la tripulación, sino la exposición a un entorno cerrado donde el vector (normalmente ratas o ratones y sus deposiciones) podría estar conviviendo de manera invisible con los humanos en un espacio donde el aire circula de forma interna.

Aislamiento y cuarentena no son lo mismo

Ante una crisis así, las primeras medidas dictadas por las autoridades sanitarias suelen ser el aislamiento y la cuarentena. Aunque a menudo se utilizan como sinónimos en el lenguaje coloquial, en epidemiología responden a estrategias diferentes, y aplicarlas correctamente en un barco es fundamental.

El aislamiento se aplica exclusivamente a las personas que ya presentan síntomas o han dado positivo en la enfermedad. El objetivo es separar a los enfermos del resto de la tripulación para proporcionarles atención médica segura y evitar que cualquier fluido o vía de contagio llegue a personas sanas.

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Por otro lado, la cuarentena se aplica a personas aparentemente sanas, pero que han estado expuestas al mismo entorno de riesgo (por ejemplo, que dormían en la misma cabina o trabajaban en la misma bodega donde ha habido contagios). A estas personas se les restringe el movimiento durante el período de incubación del virus para monitorizar si desarrollan síntomas.

Cómo se controla la infección en un barco

Aplicar estos dos conceptos en tierra firme es relativamente sencillo; hacerlo en un barco es un auténtico reto. Un barco funciona como un ecosistema cerrado. Para sectorizarlo, es necesario establecer un sistema de “zonas limpias” y “zonas sucias”.

El mayor desafío es la ventilación. Como el hantavirus se transmite por partículas suspendidas en el aire (cuando se levanta polvo contaminado por roedores), es vital asegurarse de que los sistemas de climatización y ventilación de las zonas de aislamiento y de las zonas de riesgo no recirculen el aire hacia las áreas seguras. Esto, a menudo, implica apagar determinados sistemas de ventilación compartida, utilizar filtros HEPA si la embarcación dispone de ellos, y confinar a los tripulantes en sus cabinas minimizando el tránsito por pasillos y zonas comunes.

Además de la ventilación, otro quebradero de cabeza operativo es la gestión de residuos y suministros. En alta mar, los residuos biológicos o los materiales posiblemente contaminados (como toallas, sábanas o las bandejas de comida de los tripulantes en cuarentena) no pueden almacenarse de cualquier manera ni arrojarse por la borda. Requieren un protocolo de doble bolsa sellada y almacenamiento en zonas aisladas hasta su correcta incineración o tratamiento al llegar a puerto.

Paralelamente, establecer circuitos de “contacto cero” para hacer llegar agua y alimentos a la tripulación confinada en las cabinas es vital para evitar la contaminación cruzada.

Cortar la vía de transmisión: el aislamiento del vector

Dado que el hantavirus se propaga del entorno animal a los humanos y no de persona a persona, restringir los movimientos de la tripulación resuelve solo una parte de la ecuación. La cuarentena humana no es suficiente; es necesario actuar sobre el vector que la provoca, las ratas, que siguen libres por la embarcación y los elementos que han contaminado.

El verdadero reto logístico a bordo es la desratización y la desinfección. Este proceso debe ser extremadamente riguroso. La norma de oro con el hantavirus es no barrer ni aspirar nunca en seco, ya que eso levantaría polvo cargado de partículas virales y facilitaría su inhalación.

Toda limpieza de bodegas, cocinas o espacios de carga sospechosos debe realizarse con métodos húmedos, rociando las superficies con soluciones de lejía u otros desinfectantes antes de limpiarlas. El personal encargado de esta tarea debe ir equipado con Equipos de Protección Individual (EPI) de alta seguridad, incluyendo mascarillas con filtros para partículas (tipo FFP3), gafas estancas y guantes. Sin esta desinfección ambiental intensiva, el barco sigue siendo infeccioso.

La urgencia de estas medidas radica en la resistencia del propio patógeno. El hantavirus puede sobrevivir a temperatura ambiente en entornos cerrados durante varios días.

Además, la estrategia de desratización a bordo requiere precisión: a menudo se priorizan las trampas físicas frente a los cebos envenenados. El motivo es puramente preventivo: si un roedor ingiere veneno y muere en un conducto de ventilación o un espacio inaccesible, su cuerpo seguirá siendo un foco de liberación de partículas virales a medida que se descomponga y empeorará gravemente la situación.

Reglamento Sanitario Internacional en un mundo globalizado

La llegada a puerto en estas condiciones está estrictamente regulada por el Reglamento Sanitario Internacional de la OMS. Este marco establece cómo deben coordinarse los puertos para autorizar un atraque seguro y atender a la tripulación sin poner en riesgo a la población local. Las autoridades de Sanidad Exterior solo darán permiso para interactuar con el puerto cuando el barco sea declarado oficialmente libre del patógeno y del vector.

Casos como este nos recuerdan una lección fundamental: en un mundo hiperconectado, el comercio marítimo y la movilidad no solo transportan bienes y personas, sino también vectores climáticos y enfermedades zoonóticas. La prevención, el control estricto de plagas en el transporte de mercancías y la preparación epidemiológica de los puertos no son simples trámites burocráticos, sino la primera y más importante línea de defensa de la salud pública global.

La paradoja de esta crisis es que no es necesario aislar a las personas para proteger el entorno, sino desinfectar el entorno para proteger a las personas, ya que es el barco el que resulta infeccioso, y no su tripulación.

Este artículo fue publicado originalmente en catalán en The Conversation