Durante millones de años, la Tierra ha contado con un sistema de control de temperatura que ha permitido la vida, aunque el funcionamiento exacto de este engranaje era un enigma para la ciencia. Recientes investigaciones han revelado que la clave reside en un ciclo de retroalimentación oculto en los océanos, donde el nivel del mar y un nutriente específico actúan como un termostato natural.
El nutriente que dicta el clima
El protagonista de este hallazgo es el fosfato, un elemento esencial que funciona como alimento para los organismos marinos. Los científicos han determinado que la cantidad de fosfato disponible en el océano abierto depende directamente de las fluctuaciones en el nivel del mar.
Cuando el nivel de las aguas es elevado, las plataformas continentales —zonas poco profundas cercanas a la costa— se inundan y atrapan el fosfato, impidiendo que llegue al resto del océano. Al haber menos nutrientes, la vida marina disminuye, se entierra menos carbono en el fondo del mar y el dióxido de carbono se acumula en la atmósfera, provocando un aumento de la temperatura global.
Un motor biológico bajo el agua
El proceso se invierte cuando el nivel del mar desciende. Al reducirse las plataformas costeras, más fosfato fluye hacia el océano abierto, lo que genera una explosión de vida marina. Al morir estos organismos, sus restos se hunden y se descomponen, agotando el oxígeno en el agua y creando zonas que, a su vez, liberan todavía más fosfato de los sedimentos.
Este ciclo permite capturar grandes cantidades de carbono orgánico y enterrarlo en el lecho marino, retirándolo de la atmósfera y enfriando el planeta.
Sobre este avance, el profesor Zunli Lu, de la Universidad de Syracuse señala: “Nuestro coautor, Christian Bjerrum, estudió la conexión entre el nivel del mar, el oxígeno del océano y el fosfato con un modelo informático hace dos décadas... Finalmente reunimos los registros geológicos necesarios para probar esta hipótesis”.
El “punto ideal” de la estabilidad planetaria
Los investigadores identificaron un estado específico, o “punto ideal”, que ocurre cuando el nivel del mar se sitúa entre 10 y 40 metros por encima de los niveles actuales. En este rango, la combinación de aguas bajas en oxígeno y sedimentos ricos en materia orgánica permite que el sistema funcione con su máxima eficiencia, actuando como un freno natural contra el calentamiento.
Esta pieza faltante ayuda a explicar fenómenos climáticos de los últimos 60 millones de años, como el enfriamiento gradual de la Tierra.
La profesora Ros Rickaby, de la Universidad de Oxford y autora principal del estudio, explica la relevancia de este descubrimiento: “Sabemos que el dióxido de carbono atmosférico disminuyó sustancialmente a medida que la Tierra se enfrió durante los últimos 60 millones de años, pero hemos tenido muy poca comprensión de dónde terminó ese carbono... Nuestros resultados sugieren que el mayor entierro de carbono orgánico en los sedimentos marinos desempeñó un papel mucho más importante de lo que se apreciaba anteriormente”.
La huella química del pasado
Para llegar a estas conclusiones, el equipo analizó la química de antiguos foraminíferos, que son organismos microscópicos cuyos restos quedan preservados en el fondo del mar. Mediante un método que mide la relación entre el yodo y el calcio en estos fósiles, los científicos pudieron reconstruir los niveles de oxígeno de océanos de hace millones de años.
Este mecanismo no solo explica el pasado, sino que sugiere que el sistema climático de la Tierra se ha vuelto más estable con el tiempo, haciendo que el planeta sea más resistente a los cambios extremos en la atmósfera.