Luego de que la Tierra atravesara una epidemia en 2020, los murciélagos suelen aparecer con frecuencia en las conversaciones sobre enfermedades infecciosas. No obstante, los expertos aclaran que el hecho de que estos animales puedan albergar distintos virus no significa que todos representen un peligro para la salud pública.
El riesgo aumenta principalmente cuando se producen alteraciones en el entorno natural y se incrementa el contacto entre la vida silvestre y las personas.
Una investigación científica publicada en la revista Communications Biology, encabezada por la investigadora Caroline A. Cummings, analizó cientos de especies de mamíferos. Los resultados indican que el potencial de generar brotes epidémicos no está repartido de manera uniforme entre los murciélagos, sino que se concentra en ciertos linajes evolutivos específicos dentro de este grupo de animales.
En este caso, la investigación no apunta a un animal específico ni advierte sobre un peligro inmediato. Más bien, se centra en identificar qué especies han estado vinculadas con virus capaces de provocar enfermedades graves, propagarse con facilidad entre las personas y causar un alto número de muertes. A la combinación de estos factores, los científicos la denominan “potencial epidémico viral”.
Para llegar a estas conclusiones, los investigadores recopilaron información de cerca de 900 especies de mamíferos y de más de un centenar de virus conocidos. Posteriormente, compararon estos datos dentro del árbol evolutivo de los mamíferos, lo que permitió observar cómo se distribuye el riesgo entre los distintos grupos animales.
El análisis reveló que los murciélagos, en general, no sobresalen como un grupo particularmente peligroso. Sin embargo, algunas ramas evolutivas presentan valores más elevados de potencial epidémico.
Entre ellas se encuentran los murciélagos de herradura, pertenecientes a la familia Rhinolophidae, así como varios grupos de murciélagos insectívoros ampliamente distribuidos, como los de las familias Vespertilionidae, Molossidae y Emballonuridae, especies que en muchos casos conviven cerca de entornos habitados por humanos.
Además, los investigadores señalan que los murciélagos son portadores de una gran variedad de virus y que, en muchos casos, pueden convivir con estas infecciones sin desarrollar síntomas graves.
Esta capacidad está relacionada con características particulares de su sistema inmunológico y con procesos ligados a su evolución. No obstante, advierten que no todos los murciélagos se comportan de la misma manera, ya que cada familia y grupo mantiene interacciones diferentes con los virus que alberga.
El estudio también advierte que el riesgo puede incrementarse en lugares donde estas especies coinciden con territorios fuertemente transformados por la actividad humana. Al comparar la distribución de los murciélagos con mayor potencial epidémico con mapas de impacto humano, los científicos identificaron varias regiones sensibles, entre ellas zonas de Centroamérica, la costa de Sudamérica, áreas de África ecuatorial y regiones del Sudeste Asiático. En estos territorios, el contacto entre la fauna silvestre y las poblaciones humanas puede ser más frecuente.
El estudio plantea la necesidad de abandonar las evaluaciones generales sobre el riesgo y avanzar hacia una vigilancia más específica. En lugar de intentar analizar todas las especies, una tarea poco viable, los expertos sugieren que los programas de salud pública se concentren en determinados grupos de animales y en las regiones donde el contacto con las personas es más frecuente.
Además, la investigación también ayuda a desmontar temores simplistas. Perseguir o eliminar colonias de murciélagos no disminuye el riesgo sanitario y, en algunos casos, puede agravarlo, ya que la destrucción de sus refugios genera estrés en los animales y puede facilitar la circulación de virus.
Según el estudio dirigido por Caroline A. Cummings, lo determinante no es el murciélago en sí, sino la forma y el lugar en que los humanos interactúan con él. Por eso, proteger los hábitats y reducir la presión sobre los ecosistemas resulta una estrategia más efectiva para prevenir futuros brotes.