El pasado 10 de agosto, un terremoto de magnitud 7,4 en el departamento del Chocó, Colombia, liberó una energía descomunal comparable a “entre 125 y 130 bombas atómicas de Hiroshima”. Desde ese evento y hasta finales de mes, la Red Sismológica Nacional de Colombia registró más de 1.340 movimientos sísmicos en la zona.

Servicio Geológico revela qué está pasando en Colombia tras el terremoto de 7.4: algo cambió en Chocó

Esta intensa y prolongada actividad despierta una duda habitual en la población: ¿por qué la Tierra no deja de moverse con fuerza tras un evento principal?

El reajuste de las tensiones subterráneas

La explicación científica de estos temblores posteriores está relacionada con la redistribución de los esfuerzos en la corteza terrestre. Según detalló el geólogo de la Universidad de Bristol, Sam Wimpenny, “las réplicas son terremotos que alivian los cambios de tensión en la corteza terrestre provocados por otro terremoto”.

Cuando ocurre una ruptura sísmica, los esfuerzos acumulados se redistribuyen y pueden aumentar la tensión en zonas cercanas de la corteza. El caso colombiano plantea, sin embargo, una particularidad: el terremoto ocurrió a una profundidad de 103 kilómetros, pese a lo cual la zona registró una importante actividad sísmica posterior.

El terremoto en Colombia del 10 de agosto con magnitud 7,4 tuvo una profundidad inusual y dejó una importante actividad posterior. Foto: Getty Images

De acuerdo con el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), “históricamente, los terremotos profundos (cuyo epicentro está a más de 30 kilómetros) tienen mucha menos probabilidad de generar réplicas que los terremotos superficiales”.

¿Qué son realmente las réplicas?

Para comprender estos movimientos, los científicos discuten incluso el vocabulario que se utiliza. El geólogo chileno Daniel Melnick, profesor de la Universidad Austral de Chile, sostiene que llamar “réplica” a estos eventos es impreciso, debido a que sugiere una copia idéntica. Para el experto, señaló: “El término en inglés, aftershock, es mucho más preciso, porque aquí estamos en presencia de un fenómeno que ocurre después de un terremoto, pero que siempre tiene menor magnitud que el que lo desencadenó”.

Según Daniel Melnick, el término “aftershock” describe con mayor precisión estos movimientos posteriores a un sismo. Foto: Gemini

A pesar de que la cantidad y fuerza de estos movimientos decaen con los días, su mecanismo físico exacto todavía es objeto de estudio.

Melnick aclaró a BBC Mundo: “Podemos contar las réplicas, sabemos que la cantidad y las magnitudes van a ir decayendo con el tiempo. También podemos hacer probabilidades de cuántas van a ocurrir mañana, pero, físicamente, el proceso que las genera no lo tenemos claro”. Agregó que estos movimientos posteriores “pueden deberse a la migración de fluidos, a la transferencia de esfuerzos de una zona de la falla a otra, o a un efecto de cascada, en el que unas zonas van empujando a otras”.

El peligro de las estructuras debilitadas

Más allá de las explicaciones físicas, la persistencia de la actividad sísmica representa un peligro real para las comunidades. El sismólogo Brian Baptie, del Servicio Geológico Británico, advirtió que estos temblores “pueden representar un riesgo grave para las labores de rescate y recuperación, así como para las edificaciones que ya hayan sufrido daños durante el sismo principal”.

Frente a esto, el desalojo preventivo y la prudencia son cruciales. Melnick enfatizó que “el tema de la evacuación es fundamental porque, cuando los edificios están dañados, puede venir un aftershock y entonces los que no se han caído se pueden caer, provocando más víctimas”.