Un hallazgo en las profundidades del océano mantuvo durante años a la comunidad científica en asombro. Un estudio publicado en 2016 en la revista Science reveló que un tiburón de Groenlandia (Somniosus microcephalus), que probablemente nació en 1627, podría ser uno de los vertebrados más longevos de la historia.
Para estimar su edad, los investigadores analizaron radiocarbono presente en el núcleo del lente ocular de los animales. El método se basó en el llamado “pulso” de carbono-14 generado por las pruebas nucleares realizadas en las décadas de 1950 y 1960. El estudio, realizado en 28 ejemplares, mostró que esta especie crece extremadamente lento y puede vivir al menos 272 años, con algunos individuos que podrían alcanzar cerca de 400 años.
Además, los científicos estiman que estos tiburones alcanzan la madurez sexual alrededor de los 150 años. Esta característica no solo los convierte en los vertebrados de mayor longevidad conocida, sino que también genera preocupación sobre su conservación, ya que su crecimiento lento y su reproducción tardía dificultan la recuperación de sus poblaciones.
El tiburón de Groenlandia habita en las aguas frías del Atlántico Norte y el Ártico, donde ha sido objeto de numerosas investigaciones para comprender las razones de su extraordinaria longevidad. El Servicio Oceanográfico Nacional de Estados Unidos señala que una posible explicación es su metabolismo extremadamente lento, una adaptación a las profundidades frías en las que vive. Este metabolismo también se refleja en su comportamiento: crece lentamente y se mueve con gran parsimonia, alcanzando velocidades máximas inferiores a 2,9 kilómetros por hora.
Por otro lado, investigaciones citadas por National Geographic lograron secuenciar por primera vez su genoma, revelando un código genético de gran complejidad: cuenta con 6.500 millones de pares de bases, aproximadamente el doble que el genoma humano y el más grande registrado hasta ahora en tiburones.
Los científicos sugieren que su extraordinaria longevidad podría estar relacionada con una notable capacidad para reparar el ADN. Más del 70 % de su genoma está compuesto por elementos transponibles o “genes saltarines”, que suelen considerarse perjudiciales, pero que en este caso habrían contribuido a la duplicación de genes asociados con la reparación genética.
Además, los expertos identificaron una modificación única en la proteína TP53, conocida como el “guardián del genoma”, fundamental para la reparación del ADN y la prevención del cáncer. Estos hallazgos podrían ayudar a comprender mejor los mecanismos biológicos del envejecimiento y abrir nuevas líneas de investigación sobre la longevidad en los vertebrados.