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Ciencias sociales, claves para el desarrollo de Colombia

Estas han sido fundamentales para conocernos y cuestionarnos. Han ayudado a comprender desde la colonización hasta los procesos de lucha libertaria.


Donde quiera que se siembra papa en países de Centro y Suramérica, la seguirá su más fiel comensal: la Tecia solanivora Povolny. Este es el nombre científico de una especie de mariposa mucho más conocida por dos apodos: polilla guatemalteca o polilla de la papa. Aunque originaria de aquel país, este tipo de mariposa se ha convertido en un dolor de cabeza para los papicultores colombianos, pues sus larvas se comen el tubérculo por dentro y lo dejan inservible. Ese es el problema que investigadores que trabajan con la Corporación de Investigaciones Biológicas, en Medellín, quieren solucionar con su semilla resistente a la polilla.

Este es uno de los avances tecnológicos que, orgullosa, menciona María Andrea Uscátegui, directora de la Asociación de Biotecnología Vegetal Agrícola, Agro-Bio. Pero hay más. “Por ejemplo el CIAT (Centro Internacional de Agricultura Tropical) en Cali está desarrollando una yuca con mayor contenido de vitamina A, cuya deficiencia puede causar ceguera en muchas personas y las hace susceptibles a enfermedades”, explica.

Si bien estos son solo dos ejemplos, Colombia ha venido pavimentando la pista de aterrizaje de la ciencia, aunque a paso lento. De acuerdo con cifras del Observatorio Colombiano de Ciencia y Tecnología (OCyT), en 2016 el país tenía 354 doctores por cada millón de habitantes y publicó 14.470 artículos científicos; para el año siguiente, tuvo 615 doctores y las publicaciones científicas alcanzaron las 15.400.

Aunque estas cifras muestran un avance, en opinión del director ejecutivo del Observatorio, Diego Silva, “en Colombia no tenemos desarrollo científico”, sentencia. “Una cosa es ser usuario del conocimiento y la ciencia y otra, muy distinta, es ser generador del conocimiento. Si miran las conversaciones económicas del país, estamos preguntando dónde debemos sembrar unas matas, a qué montaña le debemos hacer huecos para sacar recursos y a qué mercados pueden llegar las cosas. Estas conversaciones son las que tenían la mayoría de países en los siglos XVIII y XIX, en economías premodernas”, agrega.

Sin embargo, medir la producción científica por parámetros como el número de doctores o de publicaciones científicas, podría ser impreciso.

Pertinencia social

¿Es verdad que los colombianos no producimos nada de valor?, se preguntó Diego Chavarro en su investigación doctoral de Estudios de Política en Ciencia y Tecnología. “Y me di cuenta de que no. En agricultura está la investigación en toda la familia de los maracuyás, de la uchuva. Lo que pasa es que no está produciendo en las revistas que todo el mundo consulta en inglés. La mayoría lo hace en español o en portugués y en revistas que no necesariamente llegan a las más citadas”, explica Chavarro.

Pero esta producción científica no suele tener el mismo peso geopolítico que otros campos del conocimiento. Para Mauricio Nieto, historiador de la ciencia y decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de los Andes, esto se debe a que “hacemos parte de una tradición bastante normalizada en las formas como medimos la producción científica y la innovación tecnológica. Me refiero a la contabilidad de artículos publicados en revistas de reconocimiento internacional y, de manera menos consolidada, el número de patentes de innovación”.

De acuerdo con Nieto, esta forma de calcular la producción de conocimiento está hecha a la medida de otros y tiende a favorecer campos más cercanos al derrollo del país. Para Chavarro esto tiene que ver con una jerarquización anacrónica en la que las ciencias sociales son consideradas inferiores, que se remonta a la década de 1970.

Nieto, en cambio, considera que este fenómeno se relaciona con la noción, errada, de que la mejor ciencia es aquella que está más desconectada de la sociedad. “Hemos oído hasta la fatiga que la verdadera ciencia es independiente de la política, neutral, no tiene lugar y tampoco sujeto. Pero la verdad es que la mejor ciencia, la más pertinente, es la más conectada”, señala.

Los dos coinciden es que las ciencias sociales han sido fundamentales para conocernos y cuestionarnos. “Si le quitamos las ciencias sociales a Colombia, ¿qué queda? La investigación nos ha ayudado a comprender desde la colonización hasta los procesos de lucha libertaria. Sin las ciencias sociales no tendríamos un proceso de paz andando”, sostiene Chavarro.

Los aportes de esta rama de las ciencias al país han sido muchos. Desde la producción sociológico-periodística de Alfredo Molano, que no se consignó en revistas científicas pero dibujó la realidad de la ruralidad colombiana; hasta el aporte del filósofo Fernando González a la creación de una ética de nuestra propia idiosincrasia que no se restringiera al deseo de lo europeo.

Eso sin dejar de lado la Investigación Acción Participativa, una metodología reconocida en todo el mundo que surgió del debate sociológico colombiano de comienzos de la década de 1960. De hecho, uno de sus ‘inventores’ fue Orlando Fals Borda, considerado el padre de una sociología sembrada en la realidad colombiana.

“Si aquí existe algo de comprensión de la historia de los negocios en Colombia y de las transformaciones que eso ha significado, pues hay que nombrar al profesor Carlos Dávila. Es un buen ejemplo porque la historia de los negocios en América Latina se creó acá”, agrega Chavarro. Los investigadores colombianos pueden desarrollar desde una semilla de papa resistente a una plaga hasta una metodología de investigación sociológica que es referencia mundial. Entonces, en Colombia se hace ciencia, pero se podría hacer más y mejor. El problema es que falta superar dos obstáculos. Por un lado, se necesita “financiación a largo plazo. La inspiración no es de un día para otro y se requiere un proceso largo para llevar a cabo estos desarrollos. Y creer en lo nuestro, enfocarnos en lo que de verdad necesitamos y podemos lograr. Apuntarle a lo que somos buenos”, sintetiza María Andrea Uscátegui.

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