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| 5/22/2000 12:00:00 AM

La leyenda del pianista en el océano

De nuevo Giuseppe Tornatore logra, como en sus demás películas, llegar al fondo del alma.

La leyenda del pianista en el océano La leyenda del pianista en el océano
Una fantasmagórica toma en picado cubre en orden las cubiertas del buque Virginian cruzadas por una gasa de niebla húmeda y delgada. En primera clase, holgados, hombres tirantes y mujeres garridas discurren entre sí con suaves inclinaciones de cabeza o miman un libro o un pincel entre las manos. En tercera, un apeñuscado conglomerado humano de pie, con niños alzados en brazos, otea inquieto un horizonte difuso. En las entrañas del leviatán, tres o cuatro pisos de metal herrumbrado, hombres de torso desnudo alimentan las calderas del trasatlántico de cuatro humos.

“Siempre hay alguien que la ve primero”, dice una voz en off y entonces, en tercera, claro, el grito de un joven con brazo y dedo extendidos rasga en jirones la tensión asordinada por la expectativa y la niebla: “¡América!” y la colosal estatua de la Libertad, de cintura para arriba, se alza grande y muda sobre el Virginian, sus pasajeros y nosotros.

Con esta escena y en este tono épico que no decae ni un minuto se inicia La leyenda del pianista..., primera gran superproducción escrita y dirigida por Giuseppe Tornatore (Cinema Paradiso) realizada con la sensibilidad y el amor con la que suelen hacerse filmes más pobres independientes. Aquel primer día del año de 1900, un veterano calderero del Virginian (Bill Nunn), un negro aterrizado e inteligente, oriundo de la Luisiana, se encuentra a una criatura de meses abandonada en una caja de madera, adopta al niño, lo bautiza casi con un alejandrino (Danny Boodman T.D. Lemon 1900) y lo educa sin melindres en la sabiduría que requiere la vida. La leyenda... es la historia de este ‘Jonás’ (Tim Roth) que jamás pisará tierra firme y que aprende a tocar en el piano no la música de las esferas sino la de las caras trashumantes de los ricos de la belle epoque en manadas de a 2.000. La historia la narra un trompetista, Max Tooney (Pruitt Taylor), que acompañará seis años a bordo al maestro con una fidelidad que trasciende el amor y la amistad tal y como la conocemos en tierra. Esta película es un acto de fe en la humanidad y su más preciado don: el arte. Baste decir que un duelo a piano entre Danny Boodman y Jelly Roll Morton, el mejor jazzista del mundo, entrará a hacer parte de la antología de todos los duelos vistos en celuloide, empezando por el de O.K. Corral. No se la pierdan.

EDICIÓN 1888

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