reportaje

La ruta que están tomando los colombianos de manera ilegal a EE. UU. ¿A qué se enfrentan?

SEMANA conoció relatos de colombianos que, buscando cumplir el sueño americano, vivieron pesadillas al decidir hacerlo ilegalmente.


Las personas que decidieron salir de Colombia buscando una menor oportunidad de vida identificaron que la mejor manera para huir y estar en Estados Unidos es entregándose a las autoridades.

Hace muchos años, los que viajaban por ‘El Hueco’ hacían todo lo posible por esconderse de la Policía norteamericana tan pronto cruzaban la frontera. Ahora, la estrategia es presentarse y pedir ayuda con algún pretexto.

Ya sea diciendo que escapan de una persecución política —versión que es respaldada con la polarización que se vive desde hace varios meses por la contienda electoral—, hablando de represión del Estado —lo cual genera credibilidad después de las imágenes que dejó el Paro Nacional del año pasado— o entregando como argumento la violencia que se vive en el país —que no pasa desapercibida en el mundo—, cientos buscan llegar a Estados Unidos.

Se calcula que hay que disponer de unos 1.500 dólares para la travesía. La mayoría viaja inicialmente a Cancún, en México, aparentemente a vacacionar. Luego de estar allí cuatro días y de pasar desapercibidos por los controles migratorios, buscan la manera de llegar a Mexicali, una región desértica fronteriza con Estados Unidos.

Si no se lleva una justificación creíble, acá empiezan las trabas. Quienes tienen familia en la ciudad dicen que irán a visitarlos o que acuden por alguna celebración especial, para generar menos sospecha. Dicen otros que, al no tener una buena coartada, hay funcionarios corruptos que piden 100 dólares para dejar pasar los registros correspondientes.

Al estar en Mexicali, se ponen en contacto con el coyote —la persona que, de manera ilegal, supuestamente les garantiza llegar a Norteamérica— por WhatsApp. Casi nunca se conoce el rostro del que está al otro lado de la línea y el número de contacto rueda entre los que han logrado cruzar, es una especie de publicidad voz a voz, pero en tono bajo.

La cita es en un hotel, donde una camioneta recoge a los interesados. Son llevados a un lote abandonado, en medio del desierto y en el que solo hay basura. Decenas de personas más esperan que pase el tiempo, sin saber lo que el destino les depara. El que parecía que viajaba solo o con algún familiar se encuentra con, al menos, otras 70 personas en condiciones similares. La mayoría latinoamericanos.

Allí permanecen entre siete y diez horas. Muchos no tienen qué comer, así que los que llevan algo de pan y mayonesa improvisan sándwiches y los reparten entre las familias que están allí. Hay mujeres embarazadas y niños de todas las edades, incluso en brazos.

Cuando empieza a anochecer, los coyotes les piden a las personas ingresar a unas camionetas en grupos de cinco, para ser llevadas hasta el fondo del desierto en un recorrido que no tarda más de 20 minutos. Al llegar a la parte más oscura les piden hacer mucho silencio, no encender linternas, ni utilizar celulares. Tienen que caminar, alrededor de diez minutos, que se convierten en una eternidad por la tensión que se vive.

Durante el recorrido de ese día han pasado por al menos tres grupos de coyotes: los mismos que los recogen no son los mismos que los llevan a cruzar. Al llegar a un lote sucio que tiene montañas de ropa, papeles y plástico, las personas reciben la orden de botar todas sus pertenencias, por lo menos las que no son necesarias, y quedarse apenas con dos mudas de ropa.

Los documentos de su ingreso a México tienen que destruirlos y solo se quedan con el pasaporte. Los pesos mexicanos también tienen que ser abandonados y los dólares son escondidos en la pretina del pantalón en bolsillos incógnitos.

Luego, reciben la orden de seguir solos, se les indica que en el horizonte hay una especie de río.

Javier Mendoza es uno de los colombianos que decidió vivir la travesía en marzo de 2022. Tiene 28 años. El día que viajó, el coyote lo señaló y le dijo que sería el responsable de guiar al resto del grupo. Todo estaba oscuro, con una de sus manos sostenía un morral y con la otra trataba de buscar las barandas de un puente, la señal de que ya estaba en Estados Unidos.

Recuerda que cuando el agua le empezó a llegar a la cintura sacó de su bolsillo la carta que le hizo a su hijo de seis años, aquella en la que se había firmado un compromiso de volverse a ver. No quería que se dañara, así que la guardó en el bolsillo de la chaqueta. Describe que apenas sintió el óxido de las varillas, la adrenalina se incrementó.

“Fui el primero en cruzar. Me entregué a las autoridades”, recuerda.

En ese momento, la vida se le dividió en dos. Todos los que hacen la travesía quedan completamente incomunicados de sus familias. La mayoría no entiende inglés. Hacen una fila, uno detrás de otro, mientras las autoridades migratorias los suben a un carro con capacidad para 12 personas y los trasladan hasta Arizona. Allí, carpas gigantes para 700 personas en promedio quedan cortas para la cantidad de migrantes que llegan.

Javier pensó que en ellas pasaría la noche, pero estaba equivocado. Le tocó dormir sobre el asfalto, con su ropa aún mojada. No había colchonetas, ni cobijas, pero sí una manta térmica, de esas de color plateado, que no dejan que el frío se filtre. En ese lugar estuvieron siete días, sin bañarse ni los dientes. “Parecía un loquito”, dice Javier con algo de humor negro.

Los migrantes aseguran que nunca reciben malos tratos, pero lo que viven no es nada fácil de sobrellevar, pues la situación se complica cuando empiezan a ser trasladados a cárceles. Los trasladan esposados de manos, pies y cintura.

“Uno se siente como el capo más temido”, dice otro de los migrantes con los que habló SEMANA. Muchos nunca les cuentan a sus familiares lo que realmente viven para no preocuparlos, pero hoy, desde el anonimato, lo cuentan sin tapujos para quien esté pensando en pasarse de ilegal. Tuvieron que pasar noches en celdas durmiendo con la luz encendida, a pocos metros del único baño que compartían otros detenidos —en promedio 40 personas— y siempre con el aire acondicionado encendido.

No les falta la comida: de desayuno, almuerzo y cena dan hamburguesa o burritos y manzanas y naranjas, eso es lo único de lo que se alimentan durante los meses que estén detenidos.

Una de las cárceles más grandes a las que llevan a los migrantes se llama Las Palmas, ubicada en Texas. Todos los que hablaron con este medio las asemejan con los lugares de detención que se ven en las películas, con paredes muy altas de tres capas de alambre de púas. Al entrar les entregan dos uniformes de color beige —en algunos otros sitios el color de las prendas cambia según los antecedentes que tengan— y ropa interior. Todo es usado y lo tienen que devolver cuando salgan. A cada uno de los detenidos le entregan una caja de plástico donde guardan sus pertenencias, la mayoría malolientes.

Entran sin saber por cuánto tiempo, pues todo depende de lo que demoren las autoridades resolviendo su situación migratoria. En las celdas tienen que pasar 23 de las 24 horas del día, solo tienen una hora para arreglarse y volver a encerrarse. Se turnan para ver por una pequeña rendija que deja ver el desierto, que se ve tan infinito como su incertidumbre.

Tienen la oportunidad de llenar sopas de letras en inglés y en español. Javier encontró un libro fotocopiado que le sacó lágrimas, pues se puso a pensar en su hijo y en si valía o no el esfuerzo que realizaba.

El alquimista. Todos deberíamos leerlo para entender que cumplir los sueños no es fácil, pero se logra”, relata. Él estuvo mes y medio detenido, en mayo; luego de hacerse una prueba de covid-19 le entregaron su ropa, peor de maloliente, se vistió y lo esposaron de nuevo, de manos, pies y cintura. Lo llevaron a un aeropuerto, vio tres aviones en fila, todos para subir migrantes. No sabía cuál sería su próximo destino.

“Lo más probable era que me devolvieran a Colombia”, cuenta Javier. Ese era el mismo presentimiento de los que abordaron.

Les dieron de comer galletas, un sándwich y agua; comieron sin quitarse las esposas y no fue cómodo, pero la última vez que lo hicieron, el avión al que a él lo subieron iba para una de las ciudades estadounidenses. Para su sorpresa, lo dejaron en una terminal, desde la cual podía ir a su destino. Llegó a buscar trabajo en construcción y con lo que ha reunido empezó a comprar ropa.

Aún no encuentra un punto de equilibrio. La foto de su hijo se perdió entre tanto vaivén, pero su promesa de volver a verlo sigue intacta.

No todos corrieron la misma suerte. Durante 2022 han sido deportados desde ese país 2.339 colombianos y 1.046 han sido retornados, según cifras de Migración Colombia. La diferencia es que los primeros deben responder por una sanción administrativa, mientras que los otros simplemente son devueltos. Todos son casos diferentes que son analizados con autonomía por las autoridades norteamericanas.