reportaje

La triste historia de los colombianos que siguen cayendo detenidos al intentar cruzar la frontera entre México y Estados Unidos

La frontera entre México y Estados Unidos está llena de colombianos que buscan pasar sin importar las consecuencias. Muchos de ellos se encuentran detenidos.


Javier Mendoza, un colombiano de 28 años, caminaba ansioso por pisar tierra ajena. Estaba en Mexicali, México. Eran las tres de la mañana del 20 de marzo, todo estaba oscuro, con una de sus manos sostenía un morral en el que cargaba dos mudas de ropa. Con la otra trataba de buscar las barandas de un puente, la señal de que ya estaba en Estados Unidos. Luego de atravesar el desierto, los coyotes le dijeron: “Rompa y bote los documentos y pesos mexicanos, esconda los dólares en la pretina del pantalón. Camine hacia ese riachuelo, apenas lo pase, coronó”. Javier era el encargado de liderar un grupo de 70 personas, la mayoría colombianos. Recuerda que, cuando el agua le empezó a llegar a la cintura, sacó de su bolsillo la carta que le escribió su hijo, de 6 años, en la que había firmado el compromiso de volverse a ver. No quería que se dañara, así que la guardó en el bolsillo de la chaqueta. Dice que apenas sintió el óxido de las varillas, la adrenalina se incrementó. “Fui el primero en cruzar. Me entregué a las autoridades”.

En las redes sociales se muestra que algunos colombianos que quieren salir del país optaron por cruzar la frontera entre México y Estados Unidos, sin importar los riesgos de esa travesía. Según un rumor reciente, no es tan complicado, y lo mejor que pueden hacer, al pisar el país del Tío Sam, es presentarse a las autoridades y argumentar que son perseguidos del Estado, aprovechando la revuelta social que se robó los titulares de los principales medios internacionales, en los que señalaban que la fuerza pública atacaba sin piedad a los participantes de las protestas. No importa si es verdad o no esa versión, pero, según los migrantes, ayuda a minimizar la posibilidad de ser deportados. Otros cuentan que sus vidas corren peligro por amenazas de grupos ilegales. SEMANA conoció testimonios de lo que se vive al cruzar la frontera.

A comienzos de 2022, Elsa Piragauta recibió la noticia de sus hijos de 48 y 40 años que le advertían que en menos de una semana viajarían de ilegales a Estados Unidos. Contemplaron hacerlo por la vía tradicional, pero la cita para solicitar la visa tardaría dos años y temían que, durante ese tiempo, llegaran los extorsionistas, que los tenían amenazados en locales comerciales del centro de Bogotá. No solo se iban ellos, dos nietos de Elsa también empezarían el viaje. “Mi angustia era grande, vendieron lo poco que tenían y se fueron”, dice la mujer, aún con nostalgia porque uno de sus hijos lleva tres meses detenido. Javier, casualmente, los conoció en el recorrido. No habían comprado nada de comer antes de cruzar el desierto, así que les brindó alimento. Luego, la vida los volvió a cruzar en los lugares de detención.

Cuando Javier se entregó a la policía, lo subieron a un bus y, aunque asegura que no recibió malos tratos, tuvo que dormir sobre el asfalto con una manta térmica que le dieron. Eran tantos los migrantes de diferentes nacionalidades que las carpas del lugar para 700 personas no eran suficientes. Pasó siete días sin poderse quitar la ropa, no se bañaba ni la boca, sus familiares no sabían nada de él. Después fueron trasladados a una cárcel en el estado de Arizona, luego a otra, “como esas de las películas”, dice, para que se logre dimensionar donde estuvo. Más de un mes vivió de la misma manera, encerrado 23 horas del día, en la restante podía tomar aire. Les dieron uniformes y ropa interior usada. No entendían los documentos que les hacían firmar, pues estaban en inglés. Cada vez que subían a un bus o un avión, los encadenaban de pies, manos y cintura. La incertidumbre los acompañaba, no sabían sí los devolverían a Colombia, irían a un resguardo o los dejarían en libertad. Cuando Javier por fin salió, se puso la misma ropa que dejó mojada, estaba maloliente, pero sin la carta de su niño.

Cree que lo dejaron en Estados Unidos porque está pidiendo asilo y una amiga que vive en ese país se responsabilizó de él. El hijo mayor de Elsa también pudo continuar su camino, al parecer lo ayudó el hecho de que lo acompañaban dos menores de edad. Pero con el otro solo tiene contacto una vez al día, por llamada telefónica, la misma que aprovecha para decirle que necesita conseguir un abogado en Estados Unidos que lo ayude a recobrar su libertad. Durante 2022 deportaron desde ese país 2.339 colombianos, y 1.046 han sido retornados, según cifras de Migración Colombia. La diferencia es que los primeros deben responder por una sanción administrativa, mientras que los otros simplemente son devueltos. Todos son casos diferentes, analizados con autonomía por las autoridades norteamericanas. Javier ya trabaja de manera informal en construcción. “Si pudiera devolver el tiempo, lo pensaría dos veces antes de viajar”, reflexionaba cada vez que miraba por una pequeña rendija de la celda hacia el desierto infinito.