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| 12/11/1980 12:00:00 AM

El fuego de La Cueva

Durante años se ha repetido que si a Alvaro Cepeda Samudio no lo hubiera matado el cáncer habría escrito una novela como 'Cien años de soledad'. Más aún: que tal vez hubiera sido un escritor más importante que Gabo.

El fuego de La Cueva No es inverosímil que aún se discuta si lo genial fue su vida o su obra
Hacia 1954, editar un libro en Barranquilla costaba unos 500 pesos. Con ese dinero se le pagaba al impresor, quien a veces -todo dependía del cliente- también exigía que el interesado consiguiera el papel e incluso las tintas. Alvaro Cepeda Samudio, que entonces tenía 28 años, había arreglado con el gerente de Mora y Escofet un precio inferior para la impresión de su libro Todos estábamos a la espera y también había conseguido, gracias a su compañero de parrandas, Juancho Jinete, que la casa Silva, Herrera y Obregón les fiara el papel. Se suponía que una vez impreso el libro, ellos les pagarían. Los hechos, sin embargo, se desarrollaron de otra forma. Una tarde, Cepeda llegó al Café Colombia, situado en pleno centro de Barranquilla, y anunció: "Ya tengo los 500 pesos. Me los dio Rafa".

Rafa, 'don' Rafa para todos los miembros de la tertulia, era el padrastro de Alvaro. La noticia era magnífica y sin demora procedieron a celebrarla, sólo que el festejo dejó las cosas en la misma situación en que se encontraban antes, pues los 500 pesos, hasta el último centavo, pasaron a manos del dueño del establecimiento. Una semana más tarde, Alvaro dijo: "Rafa me dio otros 500 pesos". Todos se alegraron. Y la alegría se reflejó en la mesa que, sin tardanza, se cubrió de vasos y botellas. Alguien, con espíritu precavido o puramente burlón, soltó estas palabras: "Bueno, esta vez no nos gastaremos los 500 pesos".

Pero lo dijo demasiado tarde porque los 500 pesos ya se debían. Don Rafa, hombre de buen humor, se reía al enterarse del destino que le deparaba el café a sus regalos. Una tarde Cepeda llegó con otros 500 pesos, pero esta vez todos decidieron ir a la imprenta y darle la plata al gerente, que, tras despedirse, les dijo: "Ahora hace falta el papel".

"El papel no es problema, mañana se lo traigo", contestó Juancho Jinete, quien trabajaba en la firma importadora. Y así se hizo. Días después el libro salió a la calle con el auspicio de la Librería Mundo a un precio de cuatro pesos el ejemplar. ¿Y el papel? "Ese papel nunca lo pagamos. Yo dije en la oficina que se nos había perdido y nunca lo pagamos", recordó, años más tarde, Juancho Jinete.

Anécdotas como la anterior no fueron extrañas en la corta vida de Alvaro Cepeda Samudio. Por el contrario, más que la excepción, constituyeron la norma. En sus 46 años de vida Cepeda acumuló tal cantidad de lances cómicos o extravagantes que a veces la simple enumeración de los datos de su biografía parece un catálogo fantástico. ¿No suena uno hiperbólico al decir, por ejemplo, que a los 20 años conseguía tigrillos para que su buen amigo, el industrial Julio Mario Santo Domingo, se los regalara a las tenistas suecas que cortejaba en el Abierto de Barranquilla? ¿No parece uno mentir si explica que en 1967, cuando ya era director del Diario del Caribe, un teniente de Policía lo confundió con el Che Guevara y lo metió a la cárcel por subversivo? A estas anécdotas bizarras se suma el hecho de que buena parte de lo que hizo Cepeda surge de la tradición oral, de la pura chismografía callejera, y por lo tanto es imposible saber si fue cierto o es sólo un invento sabroso y feliz de la mala memoria.

En su libro Personas, lugares y anexas Juan García Ponce cuenta que El Nene y Marta Traba fueron amantes, pero nadie más ha constatado que tal cosa fuera cierta. La misma historia de los 500 pesos resulta poco clara. Es imposible saber si la plata finalmente se la dio el padrastro o si, como hace suponer el testimonio de Germán Vargas, el volumen acabó siendo financiado por Jorge Rondón, el dueño de la Librería Mundo.

Para empeorar las cosas, Cepeda mismo era una leyenda. A menudo se le veía por las calles con el pelo largo y rebelde, vestido con pantalones de lino y unas camisas sin botones, parecidas a las que usaba Stalin. Dicen que sólo se motilaba cada seis meses y que le huía a la peinilla como al demonio. Sus zapatos preferidos eran las abarcas de camionero y con ese atuendo y con esa facha se presentaba en todas partes, ya fueran las reuniones de Bavaria o las juntas editoriales en el Diario del Caribe. Hablaba a los gritos, soltando grandes carcajadas, y a veces podía ser muy violento. Era generoso, bebedor y mujeriego; le gustaban los puros, el ron y el whisky; las mujeres lo adoraban y fue uno de los primeros colombianos en utilizar bluyines y mascar chicle en público. Toda su vida cargó con la fama de comunista, una fama a la que él no le daba mucha importancia, pero jamás dejó de alentar su leyenda de marihuanero. Incluso para escribir literatura sus hábitos eran sui generis. En el periódico le daban unos rollos larguísimos como papiros, él los ponía en la máquina y "cuando ya tenía como 12 metros de narrativa", entonces daba por terminados los cuentos.

La vida de un rebelde

Estando así de enredadas las cosas, estando tan confundidos los valores de Cepeda como autor y de Cepeda como persona, no es inverosímil que todavía se discuta si lo genial fue su vida o su pequeña obra. Por eso, mientras alguien escribe una buena biografía y desbroza la realidad de la leyenda, lo que se puede decir con más o menos seguridad es lo siguiente: El Nene nació en Barranquilla el 30 de marzo de 1926. Su padre, Luciano Cepeda, fue un miembro menor del conservadurismo costeño, y su madre, Sara Samudio, una elegante hija del notablato de Ciénaga. Al parecer, la vena literaria le vino a Cepeda no sólo de su padre -que toda la vida fue un lector aplicado- sino sobre todo de su abuelo paterno, Abel Cepeda y Roca, quien a comienzos de siglo tuvo una columna en el periódico El Nacional de Barranquilla. En 1937, cuando Alvaro frisaba los 11 años, murió su padre (víctima, desde años atrás, de la locura) y este hecho llevó a la familia a vivir en Ciénaga. Años después regresarían a Barranquilla y Alvaro comenzaría a estudiar en el Colegio Americano, del cual fue expulsado en 1944. Por esas vainas del Caribe, el colegio readmitió a Cepeda dos años más tarde y allí se graduó en 1948.

Siendo todavía un colegial, Cepeda trabajó primero como acomodador del Teatro Roxy (en el cual vio todo el cine que se podía ver en Colombia en los años 40) y después entró como reportero y más tarde columnista a El Nacional. Conoció, en muy poco tiempo, a quienes después serían los miembros del Grupo de Barranquilla y sus grandes compañeros de parranda -García Márquez, Obregón, Germán Vargas, Alfonso Fuenmayor, Ramón Vinyes- y se lanzó a una vida veloz y bohemia que no abandonaría por el resto de sus días. En junio de 1948, acompañado por su gran amigo Quique Scopell, se fue a Michigan a aprender inglés y luego a Columbia a estudiar periodismo. Si hemos de creerle a Scopell, ese proyecto fue en realidad un pretexto para leer a Faulkner y a otros autores de la narrativa norteamericana, para enamorar gringuitas y para bailar con mucho ánimo en las fiestas que la embajada de Colombia daba los 20 de julio.

En 1951 regresó a Barranquilla. A partir de allí no hizo más que acelerar en su vida. Fue -dentro de un catálogo que con seguridad se queda corto- fundador de cineclubes, promotor de veladas boxísticas, hincha del Sporting Club, vendedor de la Westinghouse, publicista de la Cervecería Aguila (el ya no tan recordado eslogan "Sírvame un Aguila, pero que sea volando" es obra suya), anticachaco profesional y director del Diario del Caribe desde 1961 hasta unos meses antes de morir en 1972. Como si fuera poco, la vida le alcanzó para filmar un corto cinematográfico, La langosta azul, tres documentales sobre los carnavales de Barranquilla, uno sobre una competencia de regatas en Cartagena, 14 noticieros y otro corto, que dejó sin terminar, titulado La subienda. Pero, sobre todo, le alcanzó para escribir tres libros -Todos estábamos a la espera (1954), La casa grande (1962) y Los cuentos de Juana (1972)-, a los cuales debe la extraña y vacilante fama de la que goza hoy en día.

No fue poco y sin embargo todavía se discute si la obra de Cepeda no quedó trunca, inconclusa. Durante años se ha repetido como un mantra que si no lo hubiera matado el cáncer, hubiera encontrado el tiempo y la paciencia para escribir una novela con la envergadura de Cien años de soledad. Más aún: que tal vez Cepeda hubiera sido un escritor más importante que García Márquez. Pasados seis lustros, resulta menos difícil preguntarse si en verdad la suya fue una muerte prematura.

Todos quedamos a la espera

¿Qué hubiera pasado si El Nene Cepeda no hubiera muerto el 12 de octubre de 1972? Daniel Samper dijo alguna vez que la pregunta era tan teórica que no valía la pena contestarla. Podría ser. Pero de igual modo ¿por qué no imaginarnos ese futuro alternativo?, ¿por qué no pensar -como si fuera una novela de Italo Calvino- en esos destinos posibles que pudo tener Cepeda Samudio?

Entonces: digamos que El Nene sobrevive a la quimioterapia, no se muere en el Memorial Hospital de Nueva York y regresa a Barranquilla calvo y demacrado pero vivo. Dejan de decirle 'El Cabellón', como lo apodaron toda la vida, y se va a su finca de Sabanilla, en Puerto Colombia, donde empieza a escribir la primera de las muchas obras que cumplen y rebasan la promesa que se hallaba implícita en todos sus libros.

O no: El Nene regresa maltrecho y en vez de seguir dedicándose a la literatura decide entregarse de lleno al cine y al cabo de los años produce unos largos que le cambian el rostro a la incipiente cinematografía nacional.

O también: El Nene vuelve restablecido, acepta la oferta de Julio Mario Santo Domingo y compra, en compañía de Daniel Samper y Enrique Santos, el Diario del Caribe. Pasado el tiempo, el periódico se convierte en uno de los más importantes de América Latina y Cepeda en un tótem del periodismo en lengua española.

O de pronto: cansado de la literatura, consciente de que a lo mejor no dejará de ser una promesa, decide concentrarse en los negocios. Rápidamente escala posiciones en el Grupo Santo Domingo -al cual ya pertenecía-, participa en la compra de varios medios y con el correr de los años se transforma en Juan Gossaín.

En una versión distinta, abandona la empresa privada y se lanza como candidato a la Alcaldía de Barranquilla. Después lo eligen senador, ministro y canciller. De vez en cuando participa en las reuniones de los Colombianistas Norteamericanos y atiende a jóvenes ansiosos de saber cómo fue el Grupo de La Cueva.

O la posibilidad que a mí más me gusta: Cepeda vence el cáncer y regresa a Barranquilla, donde sigue fumando, gritando, parrandeando, enamorando y se muere 25 años más tarde, feliz, sin haber escrito nunca ninguna de las obras que todos estábamos esperando


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