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| 2/19/2001 12:00:00 AM

El luchador

El padre Bernardo Vergara, desde la Fundación Eudes, ha cambiado la forma en que los pacientes de sida asumen su enfermedad

El luchador, Sección Especiales, edición 977, Feb 19 2001 El luchador
Hace 100 años, cuando la lepra era una enfermedad cuya causa se desconocía, en los pueblos existían campaneros que anunciaban cuando un leproso iba a pasar por las calles, para que la gente se escondiera en sus casas. Un siglo más tarde esta escena dantesca se repite, con nuevas manifestaciones, con el virus del sida, una enfermedad que, como la lepra en ese tiempo, estigmatiza a quienes la portan y los convierte en verdaderos parias sociales. El sacerdote bogotano Bernardo Vergara, director de la Fundación Eudes, ha logrado cambiar el significado de esta enfermedad para cientos de colombianos que la padecen.

Contador público de profesión, Vergara estaba trabajando en la Pontificia Universidad Javeriana cuando se dio cuenta de que los números no lo acercaban más a los seres humanos. Decidió entonces volverse sacerdote para trabajar con población marginada. El ‘padrecito’, como lo conocen sus amigos, descubrió la existencia del virus del sida (VIH) hace 12 años cuando en Colombia apenas se conocía. Entonces pasaba noches enteras en la Terraza Pasteur del centro de Bogotá haciéndose pasar por prostituto y luego por cliente para acercarse a jóvenes adolescentes que se ganaban la vida vendiendo su cuerpo a homosexuales. Sólo él sabía que ellos estaban infectados. “Era chistoso, todos queríamos estar con él porque tenía un carro cheverísimo. Luego se convirtió en nuestro ángel”, recuerda ‘Pinocho’, el único que sobrevive de ese grupo contagiado hace 15 años.

Mientras funcionarios del gobierno aseguran que es inútil destinar recursos a esta enfermedad porque la gente igual va a morir, Bernardo Vergara se ha entregado en cuerpo y alma a estas personas. Hasta el momento ha fundado 18 hogares en Colombia, uno en Ecuador y otro en Nueva York, en donde viven alrededor de 300 enfermos de sida. Además de conseguir recursos para los tratamientos, aproximadamente un millón de pesos mensuales por paciente, el padre Vergara se encarga directamente de la atención espiritual de cada infectado.

Porque lo más duro que viven las personas afectadas es el rechazo de la sociedad. Por un lado, porque muchos piensan aún que el sida se contagia con un beso o un abrazo y prefieren apartarse de quienes lo portan. Por otra parte, el VIH es un virus de inquisidores puesto que como tiene una connotación ante todo sexual, los enfermos se sienten pecadores y cargan muchas culpas. “Yo les hago ver que Dios no los ha castigado y que no es pecado ser débiles o tener diferentes tendencias sexuales. Esto sirve, entre otras cosas, para que asuman el virus y no salgan a contagiar a otros”, relata el padre Vergara, quien profesa el ‘respeto a la indiferencia’. Por eso él no juzga el pasado de ninguno de los pacientes. Por el contrario, les enseña a amar y administrar su futuro. Un futuro que puede ser más de 20 años por el adelanto en los medicamentos y que sin la ayuda espiritual que reciben no podrían enfrentar el miedo al dolor y a la muerte.

Para el padre Bernardo Vergara los enfermos de sida son hoy por hoy patrimonio de la humanidad porque es uno de los pocos fenómenos que afectan la esencia del ser humano por igual. En palabras del sacerdote, “uno debe vivir como si tuviera el virus, porque eso le enseña a la gente que al final todos somos iguales. Por eso, si la humanidad quiere cambiar, tiene que agachar la cabeza y acercarse más a esta población”.

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