OPINIÓN

Milena Gómez de la Hoz

Las cuidadoras, pacientes que el sistema no prioriza

Cuando un niño recibe un diagnóstico, el sistema activa protocolos para él. Pero hay otra persona en esa sala que también está rota, y a quien nadie le pregunta cómo está: su madre.
13 de mayo de 2026 a las 7:42 p. m.

Cuando una madre escucha por primera vez que su hijo tiene una condición neurológica, su mundo se reorganiza en segundos. No de manera metafórica: literalmente. El cerebro humano bajo impacto emocional severo reordena prioridades, suprime funciones y activa mecanismos de supervivencia. Ella sale de esa consulta con un papel en la mano, un nombre clínico que no conocía, y la certeza de que nada volverá a ser como antes. El sistema, en ese momento, ya está pensando en el siguiente paciente.

Colombia tiene serios avances en detección temprana y atención de condiciones del neurodesarrollo infantil. Pero tiene un vacío profundo en algo que no aparece en ningún indicador: el acompañamiento real a las familias. Porque un niño con una condición neurológica no es solo un paciente. Es el centro de un ecosistema familiar que, si no recibe apoyo, colapsa. Y cuando ese ecosistema colapsa, el niño también lo hace.

Una de las realidades menos visibles es el nivel de agotamiento emocional que enfrentan muchas madres durante este proceso. A la incertidumbre del diagnóstico se suman las exigencias económicas, los trámites interminables y la responsabilidad de sostener emocionalmente a toda la familia, incluso cuando ellas mismas apenas logran sostenerse. Y esto no es una percepción: los cuidadores primarios de niños con condiciones crónicas presentan tasas significativamente más altas de ansiedad, depresión y burnout que la población general. Es una crisis silenciosa que ocurre en miles de hogares colombianos, puertas adentro, sin diagnóstico y sin atención.

El dolor de un corazón de madre no tiene código de diagnóstico. Pero existe, pesa, y necesita ser reconocido. A veces olvidamos que los niños también leen el miedo, el cansancio y la angustia de los adultos que los rodean. Ningún tratamiento puede reemplazar la tranquilidad que transmite un cuidador emocionalmente sostenido. Por eso, Colombia puede hacer algo diferente: decidir que quien cuida también merece ser cuidado. Eso no requiere más tecnología. Requiere más humanidad. Y eso, a diferencia de muchas cosas en salud, no cuesta más. Cuesta decidirlo.

Milena Gómez de la Hoz, CEO y fundadora de Neuroavances