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| 3/21/2019 2:26:00 PM

La islamofobia, un mal injustificado que crece de la mano del nacionalismo

La masacre de Christchurch puso en evidencia el peligro mortal que puede significar ser musulmán en ciertas partes del mundo. Además, demostró una vez más las consecuencias fatales del supremacismo y nacionalismo radical.

La islamofobia es un asunto de vida o muerte La islamofobia, un mal injustificado que crece de la mano del nacionalismo Foto: AP- Vincent Thian

Los ataques terroristas en Christchurch, Nueva Zelanda, dejaron 50 muertos y desconcierto en gran parte del país. Jacinda Ardern, primera ministra del país, decidió afrontar la tragedia con un gran número de gestos simbólicos como estar presente en el entierro de las primeras víctimas identificadas (cubriéndose el pelo como lo exige la tradición musulmana), hasta negándose a pronunciar el nombre del asesino (con lo que evita darle popularidad o viralidad a su masacre, transmitida vía streaming para reproducirse miles de veces en las redes sociales).

Además de estos gestos, Ardern ha abierto la puerta para reflexionar sobre el nacionalismo. El mismo día de los ataques a las dos mezquitas, la primera ministra dijo que Nueva Zelanda le había fallado a esas personas que, viniendo de otras latitudes, habían escogido ese país para hacer su vida, para convertirlo en su hogar. Esas personas son las que representan lo que es ser neozelandés en contraste al atacante, pues su violencia descarnada no cabe ni cabrá en ese país.

A diferencia de otros líderes occidentales, como el presidente estadounidense Donald Trump, Ardern dejó completamente claro que su gobierno no acepta el racismo ni ningún tipo de supremacismo. Detrás de esta masacre hay una problemática que no ha sido posible controlar en Nueva Zelanda u otros países occidentales: la islamofobia.

Concepto polémico

Como suele pasar con estos temas, hay un punto de quiebre en esta discusión: el nueve de septiembre de 2001. Después de la caída de las Torres Gemelas las comunidades musulmanas de muchas capitales (Nueva York, Londres, París, Madrid) comenzaron a notar una diferencia en la manera como eran tratadas en la esfera pública. Incrementaron los insultos, las puertas laborales se comenzaron a cerrar, hubo un aumento significativo en los crímenes de odio (ventanas de locales rotas solamente por el hecho de ser un establecimiento operado por personas de origen árabe).

En seguida, aparecieron debates que van y vienen cada tanto: ¿se debe prohibir el uso de la burka? ¿hay que aumentar los controles en los aeropuertos con los viajeros que provengan de países árabes? ¿la libertad de expresión debería permitir que se hagan chistes de todo tipo hacia esta comunidad?

Sin importar toda una comunidad percibiera un aumento de violencia hacia ella, solamente por la forma como se vestían o el lugar donde oraban, muchas figuras públicas comenzaron a atacar el concepto de islamofobia. Periodistas británicos como Brendan O’Neill o intelectuales como el estadounidense Sam Harris han puesto en duda el término. Para O’Neill, tal como lo señala Conor Friedersdorf en un artículo de The Atlantic, “la idea de la islamofobia ha sido construida por los temores y fantasías  de las élites políticas o mediáticas, en vez de por niveles reales y medibles de odio o violencia contra los musulmanes”. Claro está: O´Neill escribió esa afirmación para una columna del National Review en 2015, cuatro años antes de Christchurch. Si bien en ese entonces había espacio para la duda, la masacre de Nueva Zelanda puede marcar un antes y un después en esta discusión.

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Para otros, como la columnista Nesrine Malik de The Guardian, hoy es imposible dudar de que la islamofobia mata. Según explica en una de sus recientes columnas, “el mundo ha cambiado y los mensajes sin confirmar sobre los musulmanes se han transformado en algo mucho más grande que algunos crímenes de odio esporádicos”. Tal como demuestra un informe de La Liga Contra la Difamación, en Estados Unidos y durante 2017 los supremacistas blancos cometieron la mayoría de las muertes por extremismo (18 asesinatos de 34).

Datos como el anterior, ponen en entredicho los argumentos de algunos sectores conservadores que siguen defendiendo las críticas hacia la comunidad musulmana de sus países por atentados como el del nueve de septiembre. Los ataques de Nueva Zelanda como el tiroteo mortal en Noruega cometido por Ander Behring (77 muertes) demuestran con brutalidad cómo el extremismo blanco y nacionalista es un peligro que debería prender todas las alertas.

Además, Malik señala que hay una relación directa entre los discursos políticos que toleran el supremacismo y estos hechos de extrema violencia, pues los atacantes se sienten seguros dentro de una sociedad donde los líderes políticos no los condenan tajantemente. A su vez, los políticos han descubierto que la permisividad con el extremismo suele tener más beneficios electorales que pérdidas. Uno de los ejemplos más elocuentes ocurrió en Charlottesville, Estados Unidos, cuando un hombre arrolló con su auto a una manifestante que marchaba en contra del supremacismo en su país. Para sorpresa de muchos, el primer mandatario no condenó inmediatamente el hecho. En vez de eso, afirmó que había “culpa en ambos lados”.

Autores como Reza Aslan no dudan ni por un instante que la islamofobia o el sentimiento anti-musulmán exista y tenga consecuencias. Tal como le explicó a Tanya Basu para un artículo sobre el tema en The Atlantic, dichas actitudes son motivadas por el miedo, que sigue existiendo así haya pruebas racionales para superarlo.

Los supremacistas blancos no entienden razones. Han demostrado que pueden, sin temor y con ganas de ser vistos por el mundo, eliminar a los que consideran inferiores o un peligro para su cerrada idea de nación. Sus fobias o prejuicios resultan mortales.

Lo que viene después del horror

Hay que volver a los gestos de la primera ministra Ardern. En sintonía con su programa progresista, le ha quitado toda validez a las motivaciones del asesino terrorista y se ha enfocado en acompañar en su dolor a las víctimas. Ha hecho un llamado nacional en contra del odio y ha recordado que Nueva Zelanda debe ser un lugar seguro para cualquiera que quiera vivir allí. Con determinación y rapidez propuso replantear la política de armas para que haya mucho más control.

 Jacinda Ardern, primera ministra de Nueva Zelanda, acompaña en la mezquita de Kilbirnie a los familiares de las víctimas de las dos masacres ocurridas en Christchurch. Foto: TVNZ via AP.

De igual manera, en otros países se está castigando simbólicamente la islamofobia, tal como ocurrió hace unas semanas en Reino Unido con Catherine Blaiklock, quien era la líder del Partido Brexit, nueva formación política fundada por el euroescéptico Nigel Farage, pero súbitamente renunció. Al parecer, fue debido a un informe de “Hope Not Hate”, una campaña pública que monitorea las actividades de la extrema derecha en Reino Unido. Tras hacer una búsqueda exhaustiva en la cuenta de Twitter de Blaiklock, encontraron trinos de este tipo: “ocho personas esperan el metro, cinco chicas musulmanas, un negro, un asiático chino y un blanco. Inmediatamente al salir vi cómo ocurrió un negocio de drogas. Parecía Turquía”.

Al parecer, la política borró los trinos, pero “Hope Not Hate” ya los había registrado en el informe. Para Farage, que había intentado desde el comienzo alejarse del discurso anti-musulmán de otros partidos de la derecha británica, no era conveniente tener dichos señalamientos encima. Así, pudo haber presionado a Blaiklock a renunciar.  

Contexto: La islamofobia y su larga lista de masacres

Después de Christchurch, es más probable que un partido político condene cualquier asomo de islamofobia, racismo o discriminación dentro de sus filas. La mandataria de Nueva Zelanda, de igual manera, ha mostrado un camino para afrontar estas tragedias: centrarse en la unión y acoger y proteger el multiculturalismo. Las figuras públicas saben que sus decisiones deben ser tomadas con responsabilidad. De no hacerlo podrían estar incentivando, así sea de manera colateral, los ánimos de muerte y destrucción de un extremista en cualquier lugar del mundo.

El clamor ha sido universal: Christchurch no debería volver a pasar jamás.   

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