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<b>La hija del poeta. Por Alexandra Samper</b>

13 de julio de 2003

Alguna noche de desvelo el padre escribe: "A alguien oí subir por la escalera... / No eran mis hijos. Mi hija no era. / Tampoco el paso que mi sangre espera". A esta hija el poeta le enseña que si el amor es, debe de ser total: "De todos los que fui /no quedará sino aquel que te amó perdidamente". El padre, Eduardo Carranza le muestra que dudar de sí mismo es sano: "Temo Eduardo, que te irás sin saber a qué viniste". Ella, María Mercedes, aprende del poeta y le dice un día delante de todos sus amigos: "Ahora me miras desde el otro lado del aire" cuando él acostado, inerme en el centro de la Catedral recibía su bendición final.

Ella entiende y escribe:

"Creí en la verdad:

dos y dos son cuatro,

María Mercedes debe nacer,

crecer, reproducirse y morir

y en esas estoy".

Y, como mujer que amó y supo que ese amor no es para siempre: "Todo es ruina en esta casa / están en ruina el abrazo y la música". Y, como amante se dolió de su propia cobardía en la pasión:

"Esta mano ha robado en duermevela

cosas que nunca se atrevió a hacer suyas

y ahora en su palma sólo tiene roces

y el vacío en el que estuvo otra mano".

Pero también supo que su vida había sido completa: "He sido madre, ciudadana, hija de familia, / amiga, compañera y amante". Vivió a fondo el dolor de tener a un hermano secuestrado, y el miedo intenso y la soledad entera, y las flaquezas y las vergüenzas. Y, supo que algún día, como hoy, iba a morir y lo iba a hacer a sabiendas: "Moriré mortal" dijo una tarde y luego escribió una oración que se llamó Oración:

"No más amaneceres ni costumbres

no más luz, no más oficios, no más instantes.

Sólo tierra, tierra en los ojos,

tierra sobre los pechos aplastados;

tierra entre el vientre seco;

tierra apretada a la espalda;

a lo largo de las piernas entreabiertas, tierra;

tierra entre las manos ahí dejadas.

Tierra y olvido."