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| 11/21/1994 12:00:00 AM

EL ESPIA QUE NO AMO

Cinco años de cárcel y nuevas revelaciones en el epílogo de la historia de Maria del Rosario Casas.

EL ESPIA QUE NO AMO EL ESPIA QUE NO AMO
MARIA DEL ROSARIO CAsas no sabe si su drama terminó o comenzó la semana pasada, cuando el juez Claude Hilton pronunció la sentencia que la condenaba cinco años y tres meses de prisión por el delito de conspiración. Y puede ser que haya sido el fin de una terrible historia de engaño por parte de su marido y de angustia por saberse en peligro y no ser capaz de decidirse a contarle a alguien que había descubierto que su esposo, Aldrich Ames, era un agente doble. Pero también es probable que su drama apenas comience, pues por delante le quedan 55 meses tras las rejas, lejos de su hijo Paul, y una vida entera con la sensación de haber sido traicionada y manipulada.

Cuando la justicia estadounidense falló sobre su caso la semana pasada, María del Rosario se debatía entre el alivio y la desesperación. Alivio porque si el juez encargado de su caso decidía no acatar el acuerdo que había firmado con la Fiscalía, su condena hubiera podido llegar hasta 15 años de cárcel. Y desesperación porque, aun si terminaron siendo menos, cinco años de prisión son a su juicio un precio demasiado alto por haber guardado silencio.

El caso no era sencillo. La esposa colombiana de Aldrich Ames, el agente doble que espiaba al mismo tiempo para la CIA y para los rusos, siempre fué un misterio para la justicia estadounidense. Los jueces, los fiscales y la opinión publica se debatieron hasta el último minuto entre la imagen de la esposa víctima y la de la cómplice conspiradora.

Por un lado, en las entrevistas que ha concedido a algunos medios de comunicación y en sus declaraciones ante la Corte, María del Rosario aparecía como una mujer engañada por un marido dominante y manipulador. Hasta un año y medio antes que los esposos Ames fueran arrestados, María del Rosario ignoraba que su marido hiciera contraespionaje para los rusos. Cuando lo supo por una coincidencia, Aldrich le advirtió que tanto ella como su hijo corrían un grave peligro. En varias oportunidades, cuando ella parecía estar al borde de la desesperación y lo amenazaba con dejarlo, él le respondía que los rusos tenían fotos de ella y del pequeño Paul. "Mientras él (Rick) mentía y manipulaba a la CIA, me mentía y me manipulaba a mi también", aseguró ante la Corte.

Pero sus declaraciones no conmovieron a todo el mundo. En contraste con la imagen de víctima que tiene el grueso de la opinión publica, la percepción de la Fiscalía de Estados Unidos es completamente diferente. El fiscal a cargo del caso la acusó de haber "disfrutado de los millones que causaron la muerte de otros", pues al parecer Rick Ames llegó a recibir dos millones y medio de dólares por sus labores de contraespionaje, las cuales determinaron la muerte de 10 extranjeros que espiaban para la CIA. Los fiscales dicen no haber encontrado mayores pruebas de la falta de consentimiento de María del Rosario con las actividades de su esposo. Por el contrario, sostienen que durante las más de 2.000 horas de grabación que las autoridades hicieron de conversaciones entre los esposos Ames, más que una mujer sumisa y aterrorizada, María del Rosario dejaba la impresión de haber sido cómplice voluntaria de su marido. En algunos segmentos de las cintas, llegó incluso hasta mostrarse dominante y enérgica, y a insultarlo por su falta de cuidado en las labores de contraespionaje. Por esas razones, el fiscal Mark Hulkower declaró ante el juez que ya era "hora de que la señora Ames dejara de bailar alrededor de la verdad, y de que pusiera la cara y reconociera su culpa ".

Lo cierto es que en las entrevistas que María del Rosario ha concedido a la prensa, la impresión que deja no es propiamente la de una mujer vividora e inescrupulosa. Las revelaciones hechas por el Washington Post la semana pasada, parecen demostrar que, lejos de llevar una vida glamorosa, María del Rosario era bastante infeliz. Su vida matrimonial no era propiamente la más armoniosa. "Nuestro matrimonio -asegura María del Rosario-, se deterioró rápidamente... Rick se volvió indiferente, mostraba cada vez menos interés en la parte sexual de la relación, lo cual resultaba muy doloroso para mí... El era muy bueno manipulando las cosas, pues sin decir mucho me tenía convencida de que era mi culpa... Yo era demasiado flaca o demasiado histérica o demasiado algo... ". Admite que nunca le confió sus problemas a nadie y dejó de preocuparse por ellos hasta después del nacimiento de su hijo.

Pero los problemas volvieron. Para entonces Rick se había vuelto prácticamente impotente, excepto por las muy escasas ocasiones en que le exigía que hicieran el amor. "Recuerdo haberle dicho varias veces que no me gustaba ser violada, pues era así como me sentía", afirma María del Rosario. A partir de ese momento, la pareja procuró buscar ayuda profesional, pero después de un par de sesiones de terapia él se rehusó a regresar. De ahí en adelante la relación no hizo más que empeorar hasta el momento en el cual, buscando una billetera que cupiera dentro de un pequeño bolso, tomó una de Rick y encontró el papel que terminaría por revelarle la verdadera actividad de su marido. María del Rosario afirma que a partir de ese momento su vida se convirtió en un infierno en el cual la angustia y la depresión le impidieron abandonar a su esposo o delatarlo ante las autoridades. En todo caso, cualquiera de las dos opciones la hubiera salvado de los años que le esperan tras las rejas.

Si María del Rosario Casas es culpable o no de haber patrocinado las actividades de su marido, si es una esposa dominante y exigente o la víctima de la "peor forma de abuso conyugal" como lo afirmó su abogado ante la Corte, el juicio es, a ojos de muchos, una injusticia. Y no tanto porque ella haya sido culpable o inocente, sino porque pudo haber servido de chivo expiatorio. Muchos sostienen que el acuerdo que ella firmó con la Fiscalía -cinco a seis años de prisión en virtud de la utilidad de la colaboración de su marido- fue sólo un afán de la CIA para evitar que la historia de contraespionaje más grave de los últimos tiempos se ventilara a la luz pública y la agencia quedara ridiculizada en el momento mismo en el cual su existencia está siendo tema de debate. Por otra parte, los casos similares de espionaje no han castigado tan severamente a los cónyuges y ella ha recibido una sentencia de 63 meses de prisión -de los cuales ya ha cumplido ocho- por no haber entregado a su marido a las autoridades, una exigencia que aún es objeto de discrepancias jurídicas. Sea como fuere, para ella la peor parte está por venir.-

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