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| 8/7/1989 12:00:00 AM

EL MAGNICIDIO EN COLOMBIA

EL MAGNICIDIO EN COLOMBIA EL MAGNICIDIO EN COLOMBIA
No hay duda. El magnicidio se ha convertido en uno de los signos característicos del actual momento de la historia de Colombia. Una rápida mirada a los 170 años de vida independiente del país permite apreciar que en los últimos seis ha habido más magnicidios que en todo el resto de la historia republicana. Las cifras no mienten. El siglo XIX, plagado como estuvo de guerras civiles y sangrientas luchas por el poder, apenas fue testigo de tres.
Dos de ellos se produjeron el mismo año, 1830: los asesinatos de los héroes de la independencia, generales José María Córdoba -después de alzarse en armas contra Bolívar- y Antonio José de Sucre, en el sórdido paraje de Berruecos, al sur del país. El tercero fue el del general José María Obando, en El Rosal, cerca a Bogotá, en 1861, en el único caso en el que un ex presidente de la República ha sido asesinado.
En el siglo XX, al que tampoco le han faltado numerosos ingredientes de violencia política, los primeros ochenta años sólo registraron tres magnicidios: el de Rafael Uribe Uribe, de un hachazo en las escalinatas del Capitolio en 1914; el de Jorge Eliécer Gaitán en 1948, y el del ex ministro de Gobierno Rafael Pardo Buelvas en 1978. Hasta ahí se podría decir que el número de magnicidios no era particularmente grande y podía colocarse al mismo nivel que el de la mayoría de los países del mundo.
Pero lo dramático comienza en 1984, con el asesinato de Rodrigo Lara Bonilla, ministro de Justicia, convertido en paladín de la lucha contra el narcotráfico. Desde entonces, y hasta la semana pasada, el promedio ha sido de uno por año: 1986, Hernando Baquero Borda y Guillermo Cano; 1987, Jaime Pardo Leal; 1988, Carlos Mauro Hoyos, y el 4 de julio de 1989, la semana pasada, el de Antonio Roldán Betancur, el gobernador del más importante departamento del país, Antioquia.
Pero si se quiere, hay algo más importante. A pesar de los múltiples factores que componen la guerra o guerras actuales que vive Colombia, en lo que se refiere a la serie de magnicidios que se inicio con la muerte de Lara Bonilla, el fantasma de la mafia aparece, casi siempre con gran claridad, a la hora de identificar a los autores intelectuales. Lara, Baquero, Cano, Pardo, Hoyos y, a juzgar por los analisis que se podían hacer al cierre de esta edición, Roldán, han caído víctimas de una acción promovida, por razones políticas o de estricta defensa de su negocio, por los jefes del narcotráfico, y ninguna de ellas puede ser atribuida a la guerilla. Teniendo en cuenta el poder desestabilizador de este tipo de crímenes, que ponen en evidencia la impotencia de las autoridades y que siembran el terror entre la gente de la calle, este es un punto con el que vale la pena contar a la hora de analizar quienes son hoy en día los peores enemigos del Estado y la sociedad colombianos.

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