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| 5/9/2004 12:00:00 AM

La primavera rota

Crece el número de mulas extranjeras capturadas en Colombia. ¿Quiénes son? ¿Cómo cayeron? SEMANA habló con cuatro de ellas.

La primavera rota En la cárcel de mujeres del Buen Pastor de Bogotá hay 996 internas detenidas por narcotráfico. Algunas vienen de lugares tan lejanos como Sri Lanka o Tailandia. Llegaron a Colombia a jugarse el destino y perdieron.
Laura soñaba con bailar un vallenato. Sabrina deseaba ver los atardeceres rojizos de los Llanos Orientales. Dominique quería conversar con gente cálida en una playa del Caribe. Y María Eugenia suspiraba con conocer a la campeona olímpica María Isabel Urrutia para pedirle un autógrafo. Las cuatro conocieron a Colombia a través de postales con fotografías exóticas y escenarios magníficos. Hoy no pueden ver más allá de las paredes de la cárcel de mujeres El Buen Pastor en Bogotá: están condenadas por narcotráfico. Fueron sorprendidas cuando llevaban cocaína para sus respectivos países: España, Suiza, Francia y Venezuela. Laura Biosca Expósito nació hace 25 años en Tavernes Valldigna, en Valencia, España. "Mi pueblo es de lo más bonito de este mundo, dice ella. Es pequeño, con montañas que lo rodean por todos lados y al frente está el mar Mediterráneo". A pesar de haber nacido en un lugar tan plácido, su existencia ha sido de vértigo."He vivido a mil", cuenta. A los 15 años tuvo un bebé, a los 16 administraba una de las discotecas más concurridas de esta zona turística y antes de los 18 ya traficaba con cocaína, éxtasis, hachís y marihuana y "todo lo que me diera dinero". Sabrina Carucci nació hace 40 años en Lugano, Suiza. Una localidad de casas pintorescas, frente a un gran lago y sitio de alta concentración turística pues es un puente natural entre la Europa mediterránea y la Europa del Norte. "Siempre me enseñaron a confiar y a creer en la gente, explica. Mi familia cultivó en mí la fe en los demás". Dominique Boury nació hace 45 años en Pamiers Ariege, Francia. En una región de poblados con calles estrechas, empedradas y de numerosos castillos medievales. "Allí, entre escenarios antiquísimos pasé una infancia feliz", dice. Sin embargo, al crecer en medio de tanta belleza, empezó a sentirse agobiada. La soledad de la gente y la poca comunicación eran un patrón al que ella siempre rehuyó. "Siempre soñé con sentirme viva. Con irme a la búsqueda de un paraíso que no encontraba entre mi gente". María Eugenia Noguera nació hace 21 años en Mérida, Venezuela. "Desde chiquita quería ser deportista. Me gustaba mucho el ejercicio, el aire puro, estar sana". Por eso, su adolescencia fue diferente a las de sus compañeros de generación. Mientras a ellos los atraía la rumba, probar lo prohibido, ella estaba en sus rutinas deportivas. A pesar de su figura menuda escogió el levantamiento de pesas. Le puso tanto corazón que se convirtió en campeona suramericana juvenil. Era exaltada en su país como un ejemplo. Las cuatro proceden de culturas diferentes y son de generaciones distintas. Pero todas han caído en el tráfico de drogas. Después de muchas lágrimas en las noches de insomnio tras los barrotes han llegado a la misma conclusión: es una batalla perdida pues mientras en el mundo exista una sola persona deseando consumir, siempre habrá alguien dispuesto a correr todos los riesgos para llevársela. Coinciden en que "mientras sea ilegal será un negocio rentable". Como Colombia es productor creció la leyenda de que todos los narcos o las mulas del planeta tenían que ser nacidos aquí. "Nada más equivocado, anota Laura. El narcotráfico es un problema de la humanidad. Lo digo yo que durante años me he movido en este negocio". La percepción de muchos era alimentada por las cifras. Se calcula que por lo menos 12.000 mulas colombianas están tras las rejas en 53 cárceles del mundo y 5.000 de ellas, solo en Estados Unidos, el país que más demanda drogas. Según un informe de la DEA, en los últimos 30 días un total de 14,8 millones de estadounidenses consumieron alguna droga ilegal. Con semejante apetencia la campaña de vigilancia y prevención se ha intensificado y por eso el número de mulas colombianas está bajando notablemente. Según la Dirección de Antinarcóticos de la Policía Nacional, la cifra de nacionales arrestados por intentar ingresar droga a otras naciones disminuyó 77 por ciento en los últimos cuatro años. En 2000 fueron capturadas 640 mulas colombianas y en 2003, sólo 148. La Policía cree que al mismo tiempo ha crecido en forma alarmante el número de mulas extranjeras que llegan a Colombia. Solo en el Buen Pastor hay 37 extranjeras presas por este delito. Pertenecen a 21 nacionalidades. Algunas de orígenes tan lejanos como Sri Lanka o Tailandia. "¿Dígame un país donde no se consuma droga?", pregunta Sabrina. "Nosotros somos pequeñas piezas de una maquinaria inmensa", añade Dominique. La incontenible demanda llevó a Laura a entrar a este negocio. "Es fantástico. En un solo fin de semana que estuve vendiendo droga en las islas Canarias gané 70.000 euros" (unos 220 millones de pesos), dice Laura. "¿Es o no un gran negocio?", pregunta. Por eso ella viajó a Colombia con su novio. "Ya teníamos experiencia en enviar mulas, pero pensamos en llevar nosotros mismos nuestra mercancía sin pagarle a nadie". Se alojaron en Barranquilla pero Xavi, el amor de su vida, la abandonó porque se enamoró de una caribeña. Ella decidió irse sola. El 9 de octubre de 2002, un día después de su cumpleaños, y cuando ya se encontraba en el avión de Iberia rumbo a Madrid, la llamaron por el altavoz. "Sentí que el mundo se me vino encima". Le encontraron 5,3 kilos de cocaína en la maleta. Fue a dar a la cárcel. Lo más duro fue contárselo a su familia. Su padre quería morirse. Él había apostado por el éxito de sus hijas y les había entregado para que le administraran la discoteca de su propiedad. El negocio era próspero como debe ser un sitio de rumba bien ubicado frente al Mediterráneo. Pero las jóvenes conocieron la droga. Una murió de una sobredosis. La otra está detenida en Bogotá. Comparte los días con Sabrina. Ella llegó a América Latina por Venezuela, donde tiene parientes. Pasó a Colombia con unos amigos que la invitaron y se devolvieron tras unos días de turismo. Sabrina dice que trabó amistad con un hombre que se ofreció a llevarla al aeropuerto. En El Dorado comenzó a vivir su peor pesadilla. Dice que el desconocido le cambió las botellas de vino que llevaba por otras en las que iban cuatro kilos de cocaína. Era el viernes 24 de marzo de 2002. "Cuando a una la detienen es como si una se saliera del cuerpo y mirara desde la distancia la escena: la policía corriendo, los demás pasajeros mirando, las tripulaciones señalando y una allí sin sentir el cuerpo. Solo cuando una puede llorar, en la soledad de la primera noche, logra una dimensionar de lo que ha ocurrido". Dominique estaba en Cartagena cuando le propusieron el negocio. Estaba con un amigo. Había superado la barrera de los 40 años, tenía tres hijos, todos muchachos, y no contaba con mayores recursos económicos. "Me angustiaba el futuro y me lancé", dice. Primero, siempre en compañía de los traficantes, ella y su compañero ingirieron 12 cápsulas con agua bajo la atención de una enfermera. Luego cada 10 minutos tomaban la misma cantidad hasta completar 112 cápsulas con cocaína. Viajaron de Cartagena a Bogotá, pero en pleno vuelo él empezó a sentirse mal. Al llegar a Bogotá no podía más. La Policía lo detectó y lo detuvo sin problemas. Estaba ya en el avión de Air France lista a despegar rumbo a París cuando el hombre la delató. Era el 26 de abril de 2002. Fue terrible contarles a sus hijos. El mayor, de 23 años, se hizo cargo de la casa. "¿Qué les podía decir?", pregunta. Sin respuestas también se quedó María Eugenia al ser detenida en el aeropuerto. Fue el 13 de febrero de 2003. Llevaba 10 kilos entre su equipaje de deportista. "¿Por qué lo hice? Por bruta. No tengo otra respuesta", dice mientras rompe en llanto. Al calmarse cuenta que era una oportunidad de ganar mucho dinero y poder concentrarse en sus entrenamientos para lograr competir en unos juegos olímpicos. Pero ante la pena durísima que recibió, de 11 años, es claro que su carrera deportiva es solo un recuerdo. "Esto es una lección muy fuerte. Yo traía una vida muy acelerada y apareció Dios y me dijo detente y reflexiona", dice Laura. Todas coinciden en afirmar que se han acercado a Dios en esta situación. "Aquí estamos, aisladas, presas, pero le juro que en este momento en cualquier avión va una que sí coronó", dice Laura. "Yo conozco y sé que hay miles y miles en los países desarrollados dispuestos a pagar mucho dinero por la droga para que les proporcione un rato de felicidad", añade Dominique. "El asunto está en que es ilegal", sentencia Sabrina. "Yo era muy feliz. Estaba en plena primavera pero ahora vivo en un largo invierno. Por eso tengo tantas lágrimas", concluye María Eugenia.

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