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| 12/26/1988 12:00:00 AM

NOTICIAS DEL IMPERIO

En su último libro, el best-seller "Auge y caída de las grandes potencias", el historiador Paul Kennedy desata controversia, asegurando que el imperio norteamericano está en vias de extinción. SEMANA reproduce apartes pertinentes de eta tesis.

NOTICIAS DEL IMPERIO NOTICIAS DEL IMPERIO
En febrero de 1945, cuando Henry Luce, dueño de la revista Life, anunció que este sería "el siglo norteamericano", la declaración coincidió con el poder económico que tenía el país entonces.

Antes de que Estados Unidos empezara a participar en la Segunda Guerra Mundial, producía una tercera parte de las manufacturas mundiales más del doble de lo que producía Alemania y casi 10 veces lo que producía el Japón. En 1945, con los Estados fascistas derrotados y los aliados norteamericanos agotados económicamente, Estados Unidos ya aportaba casi la mitad de la producción mundial--una proporción nunca antes ni después alcanzada por nación alguna. Más que cualquiera de los imperios mundiales--Roma, España o Inglaterra--Estados Unidos parecía destinado a dominar la política internacional, no sólo algunas décadas, sino durante los siglos siguientes.

En estas circunstancias era apenas natural que los políticos norteamericanos extendieran su protección militar a aquellas naciones que necesitaban ayuda durante los turbulentos años que precedieron a 1945. Primero colaboraron con Grecia y Turquía; después, en 1949, con los países de la OTAN; más tarde, con Israel, Arabia Saudita, Jordania, Egipto y los Emiratos Arabes, y finalmente con algunas organizaciones internacionales. Existían también acuerdos proteccionistas especiales con Canadá. A principios del 70, como afirma el historiador norteamericano Ronald Steel, "Estados Unidos tenía más de un millón de soldados en 30 países, era miembro de cuatro organizaciones de defensa, tenía tratados de defensa con 42 naciones era miembro de 53 organizaciones internacionales y prestaba ayuda militar o económica a más de 100 países en todo el mundo". Aunque al finalizar la guerra del Vietnam se redujo el número de tropas en el exterior, los compromisos que adquirió este país en el mundo hubieran sorprendido incluso a sus fundadores.

Paradójicamente, mientras los compromisos que adquiría Estados Unidos aumentaron después de 1945, su participación en la producción mundial de bienes manufacturados y el producto nacional bruto empezaron a disminuir, primero lentamente y más tarde a un ritmo superior. En cierto sentido se podría decir que este fenómeno es irrelevante: este país es hoy en día más rico en términos absolutos de lo que era en 1945 o en 1950 e igualmente la mayoría de sus ciudadanos está mejor en términos absolutos. En otro sentido, sin embargo, la disminución de su participación en la producción mundial es alarmante por las implicaciones que tiene para su estrategia, que no se mide solamente en su fuerza militar, sino en la combinación de todos los otros factores (económicos, sociales, políticos y diplomáticos), factores que contribuyen a una política nacional estable a través del tiempo.

El debilitamiento gradual de las bases económicas del poder de Norteamérica ha sido en varios campos. En primer lugar, hay una disminución de la producción industrial en relación con el total mundial, no solamente en productos manufacturados tradicionales como astilleros, textiles hierro, acero y químicos básicos, sino también en la fabricación de robots, en la tecnología del espacio, automóviles y computadores. Las dos áreas presentan serios problemas: en la fabricación de productos tradicionales y manufacturas básicas, la diferencia entre Estados Unidos y los otros países industrializados es tan grande, que es casi imposible que se igualen; pero perder competitividad en futura tecnología sería aún más desastroso. Sin embargo, tal vez donde se esperaría encontrar un segundo frente de debilitamiento sería la agricultura. Hace tan sólo una década, los expertos predecían un desequilibrio global entre los requerimientos mundiales de alimentos y la producción agrícola. La situación de hambre y desastres tuvo dos respuestas simultáneas: la primera, una gran inversión norteamericana en el campo después de 1970, alimentada por la ilusión de aumentar las exportaciones; la segunda fue la inversión de los países occidentales desarrollados en nuevas técnicas científicas para la agricultura de los países del Tercer Mundo. Estas fueron tan eficientes, que muchos de los países del Tercer Mundo se convirtieron en exportadores y, por lo tanto, entraron a competir en el mercado mundial con Estados Unidos. Al mismo tiempo, la Comunidad Económica Europea se convirtió en un importante productor agrícola como resultado de su política de precios de sustentación. Hoy en día, los expertos se refieren a un mundo "inundado de alimentos", razón por la cual los precios han bajado, lo mismo que las exportaciones norteamericanas. De ahí que muchos agricultores norteamericanos se hayan quedado sin trabajo.

Como los ingleses de la época victoriana, los americanos después de 1945 favorecían el libre comercio y la competencia, no sólo porque esperaban alcanzar un mercado global y estaban seguros de su prosperidad, sino también porque sabían que se beneficiarían de la falta de proteccionismo. Cuarenta años más tarde, cuando la confianza se encuentra resquebrajada, hay un cambio de opinión que favorece el proteccionismo al mercado y al productor. Y tal como sucedió en la "Inglaterra eduardiana", los defensores del sistema existente aseguran que aranceles más altos no sólo pueden hacer que sus productos sean menos competitivos, sino que también pueden tener otras repercusiones --una guerra mundial de aranceles una disminución de las exportaciones norteamericanas, la depreciación de la moneda de países recientemente industrializados y una crisis económica similar a la de 1930.

Junto con las dificultades que afectan a la producción de bienes manufacturados y a la agricultura norteamericanas, las finanzas públicas del país atraviesan por una grave crisis. La mala calidad de sus productos en el exterior y la baja en sus exportaciones tienen como consecuencia un elevado déficit comercial --160 mil millones de dólares en el año culminado en abril de 1986, en solamente las negociaciones de bienes físicos--y lo más grave es que dicha brecha no parece ser reducida mediante la exportación de aquellos bienes intangibles característica de una economía desarrollada. En consecuencia, Estados Unidos sólo ha podido sobrevivir importando cada vez más capital. Esto obviamente, ha tenido como resultado que la nación con mayor rango de acreedora, es ahora la nación deudora por excelencia.

La política presupuestal de los últimos años, aseguran los críticos, solamente ha agravado este problema.

Deficit federal, deuda e intereses (en miles de millones de dólares)

Déficit Deuda Intereses sobre la deuda
1980 $ 59.6 $ 914.3 $ 52.5
1983 195.4 1.381.9 87.8
1985 202.8 1.823.1 129.0

Si las cosas siguen así, aseguran algunos, el déficit alcanzará la increible suma de un billón de dólares en el año 2000 (14 veces el de 1980) y los pagos por intereses serán de 1.5 billones de dólares (29 veces los de 1980). De hecho, una disminución en las tasas de interés podría hacer que los estimativos fueran muy altos, pero la tendencia general es aún muy peligrosa. Incluso si el déficit federal llegara a ser reducido a la "mínima" suma de 100 mil millones de dólares al año la deuda pública y el servicio a la deuda a principios del siglo XXI, obligarán al país a destinar grandes cifras a estos rubros. Históricamente los únicos ejemplos de imperios con tan grandes déficit en tiempos de paz son Francia en 1780, cuando la crisis fiscal condujo a la Revolución, y Rusia a principios de este siglo.

Es muy difícil imaginar cómo Estados Unidos hubiera podido sobrevivir sin la inyección de capital extranjero a principios de los 80, a pesar de que esto tuviera como consecuencia la sobrevaluación del dólar y perjudicara aún más la exportación de los productos agrícolas y manufacturas. Pero habría que preguntarse qué pasaría si este capital fuera retirado y el valor del dólar descendiera estrepitosamente. Ciertamente, es difícil imaginar cómo hubiera sobrevivido la economía americana sin los grandes flujos externos de capital a principios de esta década, pese a que aquellos tuvieran efectos colaterales negativos tales como la inflación y su consecuente repercusión sobre las exportaciones. Pero uno se pregunta: ¿cuál sería el efecto si estos fondos externos dejaran de sustentar la moneda americana propiciando una caida en su cotización?

Para algunos, las voces alarmistas están exagerando la gravedad de la situación económica de Estados Unidos y no visualizan la "naturalidad" del desarrollo de dichos fenómenos. Dicen ellos que los terratenientes del medio oeste estarían en mejor situación si no hubieran comprado grandes extensiones de tierra a precios inflados e intereses excesivos en los 70. El cambio de la producción de manufacturas a servicios es comprensible y está ocurriendo en los países desarrollados. La producción industrial ha crecido en términos absolutos, aunque el empleo (especialmente el industrial) ha estado disminuyendo --pero también es una tendencia "natural", si se tiene en cuenta que el mundo se mueve de una producción basada en lo material, a una basada en la tecnología. Igualmente no resulta extraño que las instituciones financieras norteamericanas se conviertan en instituciones mundiales, con sedes en Tokio, Londres y Nueva York, para administrar y beneficiarse con el fuerte flujo de capital. Esto contribuye a aumentar los ingresos de la nación por concepto de servicios.

Ni siquiera el déficit anual se describe como algo muy grave, descontada la inflación, y algunos aseguran que la economía se recuperará gracias a las medidas del gobierno, que bien aumentarán los impuestos o reducirán los gastos o llevarán a cabo una mezcla de los dos. Un intento precipitado para reducir el déficit, aseguran algunos, podría desatar una recesión.

Los signos positivos de crecimiento de la economía norteamericana son prometedores. Como resultado del boom del sector servicios, Estados Unidos ha creado empleos en la última década a una tasa superior a la de cualquier otra época y ciertamente mucho más rápido que en Europa occidental. La gran movilidad laboral de Estados Unidos facilita esa transformación en el mercado de trabajo. Además de esto, el enorme empeño en el desarrollo tecnológico--no sólo en California y Nueva Inglaterra, sino también en Virginia, Arizona y otros estados--promete una mayor producción y, por lo tanto, riqueza para la nación (lo mismo que asegura un margen estratégico sobre la Unión Soviética). Sin duda, es precisamente por las oportunidades que existen en la economía norteamericana, que la nación sigue atrayendo a millones de inmigrantes y generando miles de empresarios, y el capital que se irriga puede ser destinado a investigación y desarrollo. Finalmente, si como muchos economistas sospechan, los cambios a largo plazo en los términos de intercambio globales llevan a que los precios de los alimentos y de las materias primas bajen, se beneficiará a una economía como la de Estados Unidos, que importa enormes cantidades de petróleo, metales, etc. (aunque perjudique los intereses particulares de algunos, como los agricultores y los petroleros).

Muchos de estos puntos pueden ser válidos. Como la economía norteamericana es tan grande y diversa, algunos sectores y regiones pueden estar creciendo mientras que otros se debilitan--y caracterizar el momento como uno de crisis o de auge es definitivamente, inapropiado. Teniendo en cuenta el descenso del precio de las materias primas y del dólar, cuyo precio era insostenible desde 1985, la reducción en las tasas de interés y el impacto de estos tres fenómenos en la inflación y en la confianza en los negocios, no es sorprendente que algunos economistas estén optimistas respecto al futuro.

Sin embargo desde el punto de vista de la estrategia norteamericana a largo plazo y de la estabilidad de la economía, el panorama no es color de rosa. En primer lugar, la capacidad norteamericana para asumir el peso de los compromisos militares que cargó a sus espaldas en 1945, es hoy la misma que tenía hace unas décadas cuando su producción manufacturera era mayor, lo mismo que su producción agrícola; su balanza de pagos estaba más equilibrada y no tenía deudas con el resto del mundo. Mirándolo con cierta perspectiva, si hay mucho de cierto en la analogía que algunos expertos en ciencia política hacen entre la posición de Estados Unidos hoy en día, y la de previas hegemonías mundiales. Aquí también puede ser útil comparar la ansiedad que ronda en los círculos intelectuales de Estados Unidos y aquella que estaba presente en la Gran Bretaña eduardina, y que terminó en la creación de lo que se conoció como el movimiento de eficiencia nacional--lo cual suscitó un debate entre los políticos, los empresarios y educadores--, una corriente sobre la forma de reversar la incompetencia. En términos de la habilidad comercial, el nivel de entrenamiento y educación, la eficiencia de la producción, los estándares de ingreso y de vivienda y la salud el primer país del mundo en 1900 parecía estar perdiendo superioridad con terribles implicaciones para su estrategia a largo plazo. De ahí la preocupación por la "renovación" y la "reorganización" que provenían tanto de los grupos de izquierda como los de la derecha. Estas campañas son generalmente eficaces y llevan a reformas, pero su misma existencia confirma, irónicamente, que la nación está en decadencia. Cuando una potencia se encuentra fortalecida y no está siendo desafiada es menos propensa a que se ponga en tela de juicio su capacidad para cumplir con sus obligaciones, que cuando se encuentra relativamente débil.

En particular, el debilitamiento de la base industrial puede tener serias implicaciones para la estrategia de los Estados Unidos. Si en el futuro se presentara una guerra a gran escala que permaneciera convencional (dado el temor a un holocausto nuclear), debiera preguntarse si las capacidades productivas de este país serían adecuadas, después de años de decadencia en industrias claves. Deben recordarse las palabras del profesor inglés W.A.S. Hewins en 1904 sobre el impacto que la decadencia industrial tuvo en el poder de aquella nación:

"Supongan que una industria que es amenazada (por la competencia extranjera) es aquella que está en la raíz misma del sistema de defensa nacional, ¿dónde estaríamos entonces? No se podría salir adelante sin una fuerte industria siderúrgica, porque en una guerra moderna no podrían existir los medios apropiados para producir y mantener en buen estado el ejército y la armada".

Es difícil imaginar que la decadencia de la industria norteamericana podría ser tan severa: su base industrial manufacturera es más fuerte que la inglesa en ese entonces, y--un punto importante--las industrias relacionadas con la defensa no han sido únicamente abrigadas por el Pentágono y han abrazado el cambio hacia una industria cada vez más tecnificada, lo que en el largo plazo reducirá la dependencia del bloque occidental sobre algunas materias primas básicas. Sin embargo, el debilitamiento de los astilleros, y el cierre de minas carboníferas y petroleras podría ser desastroso en el evento de una guerra entre las superpotencias mundiales. Si además se da validez a aquello que la historia nos ha desmostrado, la restricción más grande que el país enfrentaría si se presentase una guerra, sería en el número de artesanos calificados --lo que demuestra las implicaciones en la disminución de empleos de los mismos y por ende la preocupación por dicha tendencia.

Un problema diferente pero igualmente importante es el impacto que una economía que crece lentamente puede tener en la vida sociopolítica de un país. Los europeos se sorprenden de que Estados Unidos durante este siglo haya evitado tener una política de clases abiertas. Esto puede ser el resultado de la particular historia norteamericana. Muchos inmigrantes huían de circunstancias sociales extremadamente rígidas y el tamaño mismo del país facilitó su asentamiento mediante la expansión de la frontera hacia el occidente e igualmente ha desarrollado una organización laboral más complicada que en Francia o Inglaterra; y estas mismas dimensiones geográficas y las oportunidades empresariales que ofrece el país han ayudado al desarrollo de una forma de capitalismo laissez faire que ha dominado la vida política de esta nación pese a algunos ataques provenientes de la izquierda. En consecuencia, la diferencia de ingresos entre los más ricos y los más pobres es mayor en Estados Unidos que en cualquier otra nación industrializada y los gastos del Estado en seguridad social ocupan una menor proporción dentro del producto nacional bruto que en países similares, con excepción de Japón donde las políticas de seguridad para pobres y ancianos son mucho más fuertes.

La ausencia de partidos políticos con marcadas diferencias sociales ha sido posible, ya que el crecimiento de la nación desde los años 30 ha coadyuvado al mejoramiento individual de la mayoría de la población y porque la tercera parte de la población que vive en la pobreza no asiste a las urnas regularmente. Pero dadas las diferencias de los índices de natalidad entre blancos por un lado y negros e hispanos por otro; dados igualmente los cambios que se presentan en la composición del flujo de los inmigrantes; dada también la metamorfosis de la economía que ha causado la pérdida de millones de empleos relativamente bien remunerados en la industria manufacturera y la creación de millones de empleos mal pagados, en el sector de servicios, sería absurdo asumir que las normas existentes de la economía política (tales como el bajo gasto en seguridad social y reducidos impuestos a los ricos) seguirían rigiendo si la nación entrara en un periodo de dificultad económica causada por un dólar desvalorizado y por un crecimiento lento. Una política norteamericana que afronte los retos externos aumentando sus gastos militares y reaccione al déficit presupuestal disminuyendo los gastos de servicio social, corre un altísimo riesgo de sufrir un fuerte revés. No hay una solución sencilla para aminorar la triple tensión que se presenta constantemente entre la defensa, el consumo y la inversión como prioridades nacionales.

Esto nos lleva inevitablemente a la delicada relación que hay entre una economía que crece lentamente y un desmesurado gasto militar. El debate en torno de los gastos de defensa es bastante agitado, y --teniendo en cuenta la estructura y variedad de la economía norteamericana, el estímulo iniciado por los grandes contratos gubernamentales y el efecto tecnológico irrigado, propiciado por la investigación en armamentos y misiles--la evidencia no apunta en una sola dirección. Para nuestros propósitos lo que es realmente diciente es la dimensión comparativa. Aun cuando el gasto militar alcanzaba el 10% del producto nacional bruto bajo el gobierno de Eisenhower y 9% bajo la administración Kennedy, la participación de Estados Unidos en la producción mundial, era en ese tiempo el doble de lo que representa hoy en día y más aún, la economía norteamericana no enfrentaba los retos que hoy en día mantiene su industria manufacturera tradicional y aquella de alto contenido tecnológico. Estados Unidos destina hoy el 7% de su PNB en defensa mientras que sus competidores, especialmente Japón, asigna una menor proporción. De continuar esta tendencia, las demás naciones tendrán mucho más dinero libre para invertirlo en sus industrias y su desarrollo. Si Estados Unidos continúa invirtiendo estas inmensas sumas de dinero en desarrollo militar, mientras que los japoneses y los alemanes occidentales lo invierten en investigación y desarrollo comercial, y si el Pentágono continúa utilizando los servicios de aquellos cerebros y científicos más preparados que podrían estar ayudando a la fabricación de otros bienes para competir en calidad con aquellos producidos en otras partes del mundo, es inevitable que su crecimiento económico sea muy lento comparado con el de las naciones que invierten en su propio desarrollo de mercados y se concentran menos en defensa.

Esto crea serios problemas para Estados Unidos. Precisamente porque es una superpotencia que tiene compromisos militares mucho mayores que los de las mismas naciones que detentan tan sólo un poder regional como Alemania y Japón. Además, ya que la Unión Soviética, considerada como el mayor riesgo militar para Estados Unidos, destina una mayor proporción de su producto nacional bruto para la defensa, Estados Unidos teme perder la carrera armamentista con los soviéticos. Sin embargo, los expertos pueden ver cómo la inversión soviética en defensa debilita cada día más su propia economía y por tanto si las dos potencias mundiales continúan asignando enormes cantidades de dinero en armas, la pregunta será algún día, ¿cuál de las dos economías se debilita más rápidamente en comparación con la de países que se están desarrollando a un ritmo muy alto como Japón y China? Un pequeño gasto en armas podría hacer que la nación norteamericana se sintiera débil en sus bases. En contraposición, una elevada inversión, garantizando seguridad a largo plazo podría debilitar tanto su economía y su competitividad comercial, que la nación no podría estar menos segura en el corto plazo.

En este punto, los antecedentes históricos también son bastante desalentadores. La historia nos demuestra que, incluso cuando la economía de las potencias se ha menguado, los retos que enfrentan en el exterior las ha obligado a invertir más y más en el sector militar, lo que les impide a la vez invertir en su prosperidad. Se desata de esta forma, una espiral en donde el lento crecimiento, mayores impuestos, polarizaciones domésticas con respecto a las prioridades en el gasto, conllevan a una frágil estructura para asumir el costo de los gastos militares. Si este es entonces el patrón histórico, podríamos parafrasear a Shaw cuando nos decía: "Roma cayó. Babilonia cayó. Ahora le llegará el turno a Scarsdale".

¿Cómo se puede interpretar lo que está sucediendo? ¿Y qué se puede hacer para solucionar estos problemas? Muchas de las afirmaciones que los políticos hacen en sus discursos sugieren que si se preocupan por el futuro económico de la nación, pero todos parecen creer que el problema tiene soluciones fáciles y simples. Por ejemplo, algunos piden un aumento en los aranceles, pero ninguno habla del problema que según muchos economistas se presenta cuando tenemos esta situación: la industria y la agricultura son menos productivas cuando están protegidas. Otros hablan de la necesidad de la competitividad --pero no explican cómo los textileros norteamericanos pueden competir con los de otras naciones que perciben tan sólo un cinco por ciento del ingreso equivalente a un textilero norteamericano. Otros culpan al gobierno por el decaimiento de la economía por gastar demasiado --pero no explican cómo los gobiernos suizos o alemanes con altos impuestos, siguen siendo competitivos en el mercado mundial. Hay algunos que aseguran que el gobierno debería invertir más en defensa --pero no comprenden que esta política afectaría la economía. Y finalmente, algunos aseguran que el gobierno debería disminuir su ayuda militar--pero no dicen en qué región del mundo (¿Israel? ¿Corea? ¿Egipto?) .

Pero sobre todo parecen desconocer el contexto en el que este problema debe ser analizado y parecen no reconocer que este problema es anterior. El estudio de la historia debería ser la tarea principal de los políticos para poder analizar los factores desde una perspectiva más amplia.

El primero de estos factores es que el poder relativo de las naciones nunca ha permanecido constante, porque el desigual crecimiento de las sociedades y los avances técnológicos y organizacionales traen mas ventajas a una sociedad que a otra. La verdad es que se necesita riqueza para sostener un poder militar y el necesario para conseguir y cuidar la riqueza. Si una proporción desmesurada de los recursos del Estado se invierte en la defensa en lugar del desarrollo económico, esto eventualmente debilitará el poder de la nación. Y si un Estado se sobreextiende estratégicamente por medio de la conquista de grandes extensiones de territorios, corre el riesgo de que los beneficios de haberse expandido sean menores que las ventajas que esto proporcione, especialmente si la nación está pasando por un momento de debilidad económica. La historia del auge y caída de los grandes imperios como España, Holanda, (Gran Bretaña y ahora Estados Unidos, demuestra una clara relación entre la capacidad productiva e impositiva por un lado, y el poderío militar por otro, por lo menos en el largo plazo.

Obviamente, riqueza y poder son términos relativos. Hace tres siglos, el mercantilista alemán Philip von Hornigk afirmó que "la riqueza y el poder de una nación no dependen de la abundancia de bienes o la seguridad de su poder, sino de la riqueza y el poder de sus vecinos".

Holanda por ejemplo, a mediados del siglo XVIII era mucho más rica en términos absolutos de lo que había sido cien años antes; sin embargo, no era una de las grandes potencias, ya que Francia e Inglaterra tenían más poder y riquezas. Francia en 1914 era más poderosa que aquella de 1850, pero esto servía de poco consuelo cuando su riqueza se opacaba por una Alemania más fuerte. Inglaterra tiene más riqueza en nuestros días que aquella que presentaba en la época victoriana, sus Fuerzas Armadas son hoy más poderosas, pero su participación en la producción mundial ha disminuido del 25 al 3%.

Esto no significa, sin embargo, que el poder económico y militar de una nación resurgirá o declinará paralelamente. La mayoría de ejemplos históricos demuestran que el poder militar de una nación tiene rezagos con la trayectoria de su poder económico. La razón para esto es sencilla. Una nación con cierto auge económico --como el caso actual de Japón, o la Inglaterra de 1860 o Estados Unidos en 1890--puede destinar su riqueza hacia su crecimiento económico y no hacia su poder militar. En poco tiempo estas prioridades bien pueden cambiar. La expansión económica trae como consecuencia obligaciones con ultramar: dependencia en el mercado extranjero, alianzas militares e inclusive bases o colonias. Además, los países poderosos o en expansión desean extender su influencia a otras naciones. Mientras los observadores pesimistas hablan de un mundo en decadencia, los políticos nacionalistas claman por la necesidad de una renovación .

Bajo estas circunstancias, la gran potencia probablemente asignará mucho más para su defensa de lo que destinaba dos generaciones antes y, sin embargo, el mundo será mucho menos seguro, simplemente porque las otras naciones están creciendo más rápidamente y están aumentando su poder. La España imperial destinaba mucho más dinero a su Ejército en 1630 que lo que había asignado en 1580, cuando la economía de Castilla era más sana. El mismo argumento podemos esgrimir para Inglaterra en 1910 comparada con aquella de Palmerskn en 1865. Este parece ser el mismo problema que las dos potencias actuales deben enfrentar en nuestros días. Las potencias mundiales en una decadencia relativa tienden a aumentar la inversión en su protección militar creyendo erróneamente que tendrán mayor seguridad, y por tanto asignando ineficientemente, dinero que podría ayudar a su desarrollo.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la posición de la Unión Soviética y Estados Unidos como potencias mundiales fue fortalecida con el auge de las armas nucleares. El panorama diplomático y estratégico actual es muy diferente al de 1900 y obviamente al de 1800. Y sin embargo, el auge y la decadencia de las superpotencias aún sigue vigente. Militarmente, Estados Unidos y la Unión Soviética estuvieron al frente del poder militar desde 1960. Porque los dos interpretan la política exterior en términos bipolares, su rivalidad los ha llevado a una competencia armamentista continua, en la cual ninguna otra nación se siente con capacidad de participar. A lo largo de estos años, sin embargo, el balance de la producción global ha estado cambiando a un ritmo superior. La participación de la producción industrial de los países del Tercer Mundo en el agregado mundial, que era muy bajo durante los años 40, ha estado aumentando constantemente. Europa se ha recuperado de las épocas de la guerra y se ha convertido en el mayor bloque comercial del mundo. La China popular avanza a pasos agigantados. La recuperación de Japón ha sido tan fuerte que de acuerdo con ciertos indicadores, su producto nacional bruto ha sobrepasado al de la Unión Soviética. Entre tanto, el crecimiento económico de Estados Unidos y de la Unión Soviética es cada día más pobre y su riqueza ha disminuido dramáticamente a partir de los años 60.

Es importante tener en cuenta las dificultades por las que está atravesando la Unión Soviética, cuando se analiza el futuro de Estados Unidos, por dos razones fundamentales. La primera es que mientras se puede argüir que el poder de Estados Unidos ha disminuido considerablemente, los problemas de este país no son comparables a los de la Unión Soviética. Es más, el poder absoluto de Estados Unidos (particularmente en los campos tecnológico e industrial) es mucho mayor que el de la Unión Soviética. La segunda es que la misma naturaleza desestructurada de la economía laissez faire de Estados Unidos probablemente hace más fácil que esta sociedad se ajuste a los cambios, que una sociedad con un sistema tan rígido como el de la Unión Soviética.
Pero su potencial depende de la habilidad de sus dirigentes para comprender la situación mundial y los procesos que se están desarrollando y que pueda percibir las debilidades del país al enfrentar un ambiente que cambia rápidamente .

Aunque Estados Unidos es hoy aún una potencia económica y posiblemente militar, no puede evitar someterse a las dos pruebas que toda superpotencia debe pasar para asegurar su longevidad. En primer lugar, en el campo militar se debe cuestionar si la nación puede preservar un balance entre los compromisos militares que ha adquirido y los medios disponibles para cumplirlos. En segundo lugar, si puede preservar las bases tecnológicas y económicas de su poderío sin debilitarse, en la eventualidad de alteraciones en los patrones de producción global. Estas difíciles pruebas son hoy más complicadas, ya que el país adquirió compromisos militares cuando era económica, política y militarmente mucho más poderoso y su injerencia en los asuntos mundiales era ratificada. Sin duda alguna Washington debe comprender que los intereses y las obligaciones de la nación son hoy demasiados, como para poder defenderlos todos simultáneamente.

Pero es muy improbable que a Estados Unidos le corresponda defender la totalidad de sus intereses al mismo tiempo, y aún más improbable que le correspondiera hacerlo sin la ayuda de sus aliados en la OTAN, los israelíes en el Oriente Medio, Japón Australia y posiblemente China en la cuenca pacífica. Tampoco las tendencias de defensa regional son desfavorables hacia Estados Unidos. Así, por ejemplo, si Corea del Norte agrediera a los norteamericanos, la acción sería repudiada por Pekín. Inclusive la expansión soviética en el Oriente Medio que podría ser alarmante para Washington, es balanceada por China, que representa un reto para la Unión Soviétic

EDICIÓN 1879

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