Mis discípulos en la cátedra de mitología griega que regento en mi imaginación bien recuerdan que a Casandra, hija de Príamo y Hécuba, reyes de Troya, le fue concedido por el dios Apolo el don de la profecía a cambio de una noche de amor. La joven princesa no cumplió su promesa invocando el derecho al libre desarrollo de la personalidad o algo así. La venganza del dios fue terrible: conservaría ese don, pero nadie creería sus pronósticos. Supongo que me va a pasar lo mismo y que, además, me van a dar varilla.
En las primeras de cambio, no fue del todo brillante ponerle un rótulo al proceso de empalme: “Auditoría forense contra la corrupción”. Bastaba hacerlo sin bombo ni platillos y no frustrar el acopio de información valiosa.
Disputarle al Centro Democrático la presidencia del Senado generó una confrontación innecesaria. La tradición consiste en que esa posición corresponde a la bancada de mayor tamaño que ha declarado su apoyo al Gobierno. El costo para el presidente es elevado: le recordaron que carece de mayorías propias y que Álvaro Uribe, hasta ahora, no ha dejado de librar las batallas que cree adecuadas. Como diríamos en parla paisa: “Alborotaron el avispero”.
Los sistemas políticos funcionan tanto en la realidad como en el ámbito de los símbolos. Colombia es una república civil; proviene del voto de los ciudadanos, quienes eligen un Congreso que los representa. Cuando posesionan al presidente, que también tiene origen popular, legitiman una decisión que ya es legal como consecuencia de otra adoptada por el Consejo Nacional Electoral.
Aunque tanto el Congreso como el presidente provengan del voto popular, su jerarquía constitucional no es la misma. El Congreso expide las leyes que el presidente debe implementar. Este debe rendir cuentas de las tareas cumplidas en sus informes anuales. Aquel puede removerlo de su cargo si concluye, luego de un proceso político, que no es digno de ejercerlo o en caso de incapacidad por razones de salud. Los ministros que designe pueden ser destituidos a través de la moción de censura. El presidente y sus ministros son responsables cuando decreten estados de excepción sin justificación adecuada.
Alterar estos rituales de la democracia no tiene sentido para rendir homenaje a la Fuerza Pública, la cual, por cierto, lo merece ahora que ha cesado la horrible noche que duró cuatro años. Realizar una solemne ceremonia de desagravio y exaltación a los militares y policías es necesario tan pronto Abelardo asuma la Presidencia ante quien debe, como máxima colectividad representativa, acatamiento y respeto. Santos, como recordarán, luego de asumir, se fue a visitar a los mamos en la sierra que fue nevada. Si Fajardo algún día llegara a ser presidente, haría su primer viaje presidencial a Necoclí para dialogar con la comunidad enfrente de las ballenas. ¡Gran mensaje de fervor por la naturaleza!
Cierto es que Petro no escatimó esfuerzos para agredir y menospreciar a las autoridades territoriales. Construir con ellas buenas relaciones, como se está ya realizando, es de suma conveniencia. También lo es que Abelardo vaya con frecuencia a las regiones, tal como lo hacía Álvaro Uribe, bajo el formato, por él inventado, de los “Consejos Comunitarios”. Sin embargo, es evidente que despachar desde fuera de Bogotá no implica descentralización alguna. El reparto de competencias entre el centro y la periferia no se altera por ese motivo. Cuando al presidente Núñez le dio la ventolera por gobernar desde Cartagena, quien en realidad gobernó fue Miguel Antonio Caro en Bogotá.
Lo que sí sucede es que el Gobierno pierde eficiencia y se vuelve más costoso de operar. En buena parte, la tarea de gobernar se desenvuelve en reuniones en las que unos pocos funcionarios debaten con el presidente asuntos complejos. Además, al mandatario corresponde la presidencia de muchos organismos, algunos de ellos numerosos, que sería muy complejo movilizar a otra ciudad; probablemente ocuparían el día completo en una actividad que, de ordinario, se atendería en un par de horas. Esto para no hablar de las incertidumbres climáticas que causan frecuentes traumatismos.
El presidente también concede audiencias a personas o grupos de la sociedad civil. Imaginemos que los cita para que concurran a Ibagué, a donde arriban el día anterior, pero que por alguna razón urgente aquel no pudo viajar. La frustración sería enorme. Digo, por último, una simpleza: gobernar no es solo aparecer cuando y donde toca; ese es el espectáculo del poder. También lo es decidir, con frecuencia sobre cuestiones complejas, lo cual implica dedicar muchas horas a leer y pensar a solas.
La idea de modificar la Constitución para que Barranquilla sea una capital alterna suena muy bien… en Barranquilla. Lo que bien podría pasar es que, como consecuencia de las negociaciones políticas que la iniciativa suscita, se llegue a la solución de que debe haber, al menos, cuatro capitales alternas para ser equitativos con las diversas regiones del país: Cali o Quibdó, Neiva o Pasto, Medellín o Pereira, Barranquilla o Cartagena. Las discusiones serían interminables.
Como el presidente De La Espriella ha sido empresario, tal vez le suene este argumento: jamás he escuchado que un gerente cifre su éxito en que dedicó la mayor parte de su gestión a visitar sucursales y factorías, y que pocas veces fue a su sede para definir estrategias, analizar la evolución de la competencia, los presupuestos de ingresos y gastos, y las proyecciones para el cierre del año. En fin, para tener una visión integral.
La verdadera descentralización consiste en la cesión de funciones que hoy son competencia de la nación -y de los recursos correspondientes- a las entidades territoriales. Como es natural, ellas estarán muy dispuestas a recibir esos dineros, pero muy poco para hacerse cargo de nuevas responsabilidades. La discusión tendrá que afrontarse apenas el nuevo Gobierno arranque, el peor momento imaginable. La nación está al borde de la quiebra.
Señores presidente y vicepresidente, el país anhela que tengan éxito. La esperanza renace; sin embargo, el impertinente que soy les sugiere que escuchen voces discordantes. Decía Stuart Mill que quienes participan en los debates públicos prestan un gran servicio, incluso cuando no aciertan, porque ayudan a construir mejores opciones.
Briznas poéticas. Dario Jaramillo, gran poeta de Colombia:
El bosque ha sido devastado.
El lago ha muerto:
perfecto símbolo de la codicia,
perfecto mausoleo del progreso.
