OPINIÓN

Jorge Humberto Botero

Amnesia selectiva

No existe razón alguna para esta amnesia gigantesca en una persona como Cepeda.
7 de abril de 2026, 9:00 a. m.

Habiendo escrito recientemente sobre conductas que podrían ser calificadas como esquizofrénicas, hoy me referiré a ciertas lagunas en la memoria del candidato petrista.

La memoria humana es vasta, aunque selectiva, no como la de Dios, que ha de ser infinita. Si la memoria de un ser humano, así fuere breve su vida, acumulara sin faltar todos los sentimientos, árboles, melodías, hormigas o crepúsculos que pasaran delante suyo, ese tal sería un monstruo doliente.

Este es el tema de un cuento, hermoso y terrorífico, de Borges: Funes el memorioso, al que “no solo le costaba comprender que el símbolo genérico “perro” abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma: le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el de las tres y cuarto (visto de frente). Funes discernía “continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga”.

Y como la recordación humana es selectiva, salvo en una situación inverosímil como la imaginada por Borges, nuestra memoria almacena al tiempo que borra. Guarda información que necesitaremos más adelante en los procesos conscientes y que es la materia prima de los sueños; la conciencia y el inconsciente siempre están conectados. Los recuerdos sobre eventos marginales pronto desaparecen; es raro recordar los rostros de aquellos que cruzamos hace pocos minutos en la calle, pero los de los seres queridos pueden permanecer en ese reservorio hasta el fin de la vida. Mis padres viven en mí. El alzheimer, traumas craneanos o insuficiencia de irrigación cerebral alteran la memoria.

Un accidente de este tipo es el que padece el protagonista de la novela La misteriosa llama de la Reina Loana de Umberto Eco. Intentando recuperar el recuerdo de su niñez y adolescencia, viaja al refugio familiar en el campo, que se encuentra intacto a pesar del paso de los años. Al ojear libros y revistas, y escuchar discos de vinilo, reconstruye ese pasado remoto. Para su frustración no logra recordar el rostro de su primera novia.

Por último, existen los olvidos ficticios, como los que les ocurren a los delincuentes, que en el primer interrogatorio nada saben; y que cuando les muestran las pruebas hablan como cotorras. (Esta regla no aplica a los “promotores de paz”, que por estos días fungen como agentes electorales).

Ahora sí a lo que vinimos. En un discurso leído en Cali el candidato Cepeda dijo: “… nos duele y nos avergüenza que, en nuestro propio gobierno, hayan ocurrido hechos como los que involucran al señor Olmedo López”. Tan rotunda afirmación implica ignorar que ese funcionario, proveniente de las entrañas del petrismo, fue apenas el ejecutor de órdenes recibidas de arriba. En esa misma trama criminal participaron dos ministros del gabinete, una “alta consejera” del presidente y otros funcionarios, del entorno presidencial, que están detenidos o prófugos. Fueron beneficiarios de esos delitos, según la Corte Suprema, nada menos que los expresidentes recientes del Senado y la Cámara.

Tampoco se acuerda el candidato de los sobornos pagados a un conjunto de parlamentarios como contrapartida a actuaciones suyas en la Comisión Interparlamentaria de Crédito Público. Y como si lo anterior no bastara, finge no saber que el gerente de la campaña presidencial de 2022 fue sancionado por el Consejo Nacional Electoral por exceder los topes financieros autorizados. Petro es solidariamente responsable, aunque, como es usual, la Comisión de Acusación de la Cámara no hará nada contra él. Dejo de lado los casos de “Calarcá” y “Papá Pitufo”. Y el escándalo emergente por actos de corrupción imputables a treinta y tres congresistas. Pero, como bien sabemos, nadie se corrompe solo; otros, desde el gobierno, serían coautores de esos delitos.

No existe razón alguna para esta amnesia gigantesca en una persona como Cepeda, que goza de la plenitud de sus capacidades, es hombre estudioso y no ha estado, como otros políticos, bajo el efecto de drogas que alteren su percepción de la realidad.

El olvido de lo que es de público conocimiento explica la debilidad de sus propuestas para combatir la corrupción. En efecto: crear en la Fiscalía una dependencia nueva para investigar esos delitos no es atribución del gobierno; ella tiene facultades legales suficientes para así proceder si lo cree necesario.

Contar con un fondo de reparación de víctimas de la corrupción no pasa de ser un mecanismo financiero carente de relevancia si no se dispone de suficientes recursos confiscados a los delincuentes, tarea que, hasta ahora, ha sido poco exitosa. Movilizar a la sociedad contra los corruptos no pasa de ser un gesto simbólico. En 2018 se realizó una consulta popular contra la corrupción en la que participaron 11.6 millones de ciudadanos. Los resultados fueron nulos.

No a Cepeda, porque hacerlo sería perder el tiempo, sino a sus adversarios, les propongo:

  1. Eliminar la llamada “Comisión de Absoluciones” de la Cámara de Representantes cuya politización paraliza todas las investigaciones, no importa que tan graves sean las posibles faltas. La Fiscalía tendría a su cargo la instrucción de los procesos; a la Corte Suprema correspondería el juzgamiento. Habría que eliminar los procesos de responsabilidad política de altos funcionarios que, si funcionaran, serían muy traumáticos; en el fondo implican que la oposición podría destituir al presidente.
  2. Suprimir la Comisión interparlamentaria de Crédito Público, un organismo corrupto e inútil. Para supervisar el comportamiento de la deuda pública existen muchos otros mecanismos, tales como la Regla Fiscal.
  3. Despolitizar el Consejo Nacional Electoral. Es absurdo que unos políticos juzguen a quienes han sido sus colegas o jefes.
  4. Restringir la contratación directa, incluso entre entidades estatales y con comunidades, las cuales, como lo hemos observado en este gobierno, se han convertido en clientelas políticas.
  5. Profesionalizar la Administración Pública. Lo poco que habíamos avanzado lo desbarató el petrismo. ¡No más burócratas ignorantes e inútiles!

Epígrafe. Como hoy hemos hablado de memoria y olvido, es interesante citar esta frase del presidente: “Los troyanos aprendieron a desconfiar de los quereres y regalos de los griegos”. La verdad es que no aprendieron: por eso les introdujeron el caballo de madera en cuyo vientre se escondieron los soldados encargados de abrir las murallas. Con los enemigos dentro fue fácil tomarse la ciudad. Ese fue el fin de Troya. ¿Ignorancia o incomprensible laguna mental del “último Aureliano”?