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Opinión

  • | 1985/09/23 00:00

    BROTHER SIMON

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Deambulo sin rumbo fijo por una playa tranquila de Santa Marta. Está amaneciendo y el sol despunta a espaldas de los cerros que rodean la bahía.
Detrás de mí los cocoteros. Al frente el agua transparente del mar. Y bajo los pies esa arena blanca del Caribe.
Hay un ramalazo de viento entre los almendros y los aromos. La mañana es sofocante y el cielo encapotado amenaza lluvia. En cualquier momento se desgajará el aguacero sobre el mundo.
De pronto lo veo venir. Camina en sentido contrario al mío. Al principio es una mancha borrosa en la lejanía pero luego va adquiriendo forma: es un hombre de corta estatura, con una mochila indígena colgada del hombro y unas sandalias de fraile. A medida que se aproxima distingo mejor su sombrero de lona y el pelo blanco que le cae en guedejas. La brisa juega con sus crenchas. Se detiene, se agacha sobre la tierra mojada, recoge una concha marina y la guarda en la mochila.
Es Simón González, el intendente de San Andrés y Providencia, enamorado de la mar océana, confidente de barracudas, amigo person, al de los hipocampos guardan del secreto de la sirena y del tritón. Viste de algodón azul y tiene la piel del rostro atezada por los huracanes, el salitre y el sol de los piratas.
Hacemos un alto en la marcha y conversamos. Su archipiélago, su gobierno, su planta para moler las basuras, su idea de pintar de rosado el edificio de la Intendencia, su monumento móvil en el nuevo aeropuerto de la Divina Providencia, esa isla de señoras gordas que por la tarde se sientan en las puertas a cantar romanzas holandesas con voz de dolor y de nostalgia.
La gente ve a Simón y esboza una sonrisita de soslayo. Lo escuchan por la radio, hablando de su increible historia de la barracuda que tenía los ojos verdes y lloraba lágrimas azules, y vuelven a hacer una mueca de sorna. Porque la gente cree que Simón esta loco.
Las buenas personas normales y sensatas, las que planchan sus pañuelos para matar arrugas, las que usan loción para despues de la afeitada, las que marcan tarjeta en el reloj electrónico de la oficina, las que guardan una partecita de la quincena para pagar las cuotas del televisor y la licuadora, esas gentes de sana conciencia y de vida hogareña creen que Simón está loco.
Yo también, lo confieso avergonzado, pense al comienzo que Simón estaba loco y que más loco estaba el que lo habla nombrado como primera autoridad civil de ese archipiélago entrañable y lejano, perdido entre un agua transparente que parece de vidrio, rodeado de palmeras y de acentos extraños. En aquellos primeros tiempos del gobierno me dije que Simón serla como una mosca en leche, como una especie de virrey inglés en la India, vestido con bermudas de dril, con polainas de cuero y un casco de corcho como el que llevaba puesto sin Cecil Rhodes cuando entró en Africa, pisando fuerte, a nombre de su majestad imperial y de un crimen que todavla se comete contra los negros.
Ahora conozco a Simón. He compartido con él amaneceres de cielo rosado, como pintado a mano, y crepúsculos rojizos, ardientes, a esa hora en que la tierra se desangra entre las nubes. Y lo he visto detenerse diez minutos a conversar con las barracudas, a cantarles canciones a las estrellas de mar, a darle un beso a la foca del capitán Pacho Ospina.
Y ahora me hago una pregunta inquietante, sombrla, hasta desgarradora: ¿quién es realmente el que está loco? ¿Simón, que habla con los animales cuando los demás ya no tenemos tiempo ni para hablar con nuestros hijos? ¿Simón, que rescató la belleza de las islas, de su idioma, de su dignidad, de sus tradiciones puras como el agua de un coco, y que, incluso, llevó sus danzas y ritos al Palacio Presidencial de Bogotá, o los que llegamos a San Andrés a ensuciar las playas, a corromper a los nativos, a arrasarlo todo?
¿Está loco Simón o estamos locos nosotros? En este mundo de mierda en que cada uno levanta el puñal contra su hermano, en que secuestran a nuestros semejantes como la cosa más natural del mundo, en que los niños se mueren de hambre en las calles, en que la violencia nos lame a todos como un perro acezante, Simón gobierna unos peñascos donde la gente todavía duerme tranquila, donde unos negros protestantes y respetuosos no le alzan la voz al vecino, donde los niños todavía respetan a sus mayores, donde hay unos camiones nuevos que recogen las basuras mientras de sus altavoces sale la melodía del regae... ¡Y la gente cree que Simón está loco!
Los únicos que saben la verdad, con esa sabiduria ancestral que da la mezcla de razas, la cultura caribe, la combinación de Africa con Europa y el mar ardien¡te, son los mismos ciudadanos de San Andrés: son ellos los que me cuentan a uno que las islas invierten hoy, en obras públicas, lo mismo que cinco departamentos de la Costa Atlántica juntos. Y son ellos, en la calle, los que saludan al intendente con una de las expresiones más bellas que he oldo en mi vida: es el brother Simón, el hermano Simón, amigo del pastor en cuyo templo Simón canta himnos piadosos los domingos.
Brother Simón se rie con una pizca de malicia cuando sus amigos le preguntan si realmente está loco. Se apiada de nosotros. El sabe muy bien quién es el que está loco... --
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