OPINIÓN

Alberto Donadio

Calle Don Quijote, 1

Grande esplendor ha dado al castellano María Moliner desde que hace 60 años dio a luz el fruto de su devoción inacabable por las letras.
12 de septiembre de 2026 a las 4:48 a. m.

María Moliner hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, útil y divertido de la lengua castellana. Se llama Diccionario de uso del español, tiene dos tomos de casi 3.000 páginas en total, que pesan 3 kilos, y viene a ser, en consecuencia, más de dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua y –a mi juicio– más de dos veces mejor.

La introducción anterior es de Gabriel García Márquez. Cuando murió María Moliner en 1981, Gabo anotó: “Me sentí como si hubiera perdido a alguien que sin saberlo había trabajado para mí durante muchos años”.

María Moliner nació con el siglo, en 1900, o como ella decía, en el año cero. Cuando tenía 50 años y había trabajado en bibliotecas y archivos de España, empezó a escribir en fichas su diccionario, que terminaría 16 años después. En ese momento era directora en Madrid de la biblioteca de la Escuela de Ingenieros Profesionales. “Una tarde cualquiera, sola en casa, mientras hojeaba a una joven novelista, se detuvo para hacer una consulta. Abrió el diccionario de la Real Academia, localizó el vocablo, comprobó que ninguna de las definiciones la convencía. Y, casi sin pensarlo, las enmendó a su gusto con un lápiz. Repasó en voz alta el resultado. Asintió satisfecha”. La frase es de Andrés Neuman, poeta y novelista argentino radicado en España. Él estuvo la semana pasada en la feria del libro que organiza la Universidad Autónoma de Bucaramanga para presentar, con lleno total en el auditorio, su novela sobre María Moliner, publicada el año pasado y titulada Hasta que empieza a brillar. El título es tomado de un poema de Emily Dickinson: “A veces escribo una palabra y me quedo mirándola hasta que empieza a brillar”.

María Moliner consideraba que el Drae no definía las palabras, sino que daba sinónimos, otra palabra. La definición de exilio era destierro. Ella se echó sobre sus hombros la tarea titánica de corregir ese yerro y a fe que su diccionario fue más consultado por los académicos que el propio Drae, además de constituirse en un éxito de ventas.

Las cajas de fichas de María Moliner llegaron a ocupar toda su casa, desde la cocina hasta el retrete. Andrés Neuman incluye fichas en su libro para ilustrar varias palabras que ella corrigió. Amor, según el Drae, no pasaba de afecto por el cual busca el ánimo el bien verdadero o imaginado y apetece gozarlo. María Moliner lo trocó en otra definición:

“Sentimiento experimentado por una persona hacia otra, que se manifiesta en desear su compañía, alegrarse con lo que es bueno y sufrir con lo que es malo”.

Esta creación admirable de María Moliner ocurrió en un lugar preciso de Madrid: la calle Don Quijote, 1. Parece un invento de novela, pero no lo es. Realmente, la autora del diccionario que más han utilizado los escritores y los periodistas vivía en esa dirección. El María Moliner, como se conoce su obra, nació en ese lugar.

El padre de María Moliner era médico. Siempre le decía que debía estudiar. Cuando ella tenía 12 años, fue contratado como médico de un barco de pasajeros que viajaba de España a Buenos Aires. “Queridísimos hijos míos”, solía comenzar Enrique Moliner sus cartas. “No dejéis de estudiar ni un solo día. Cuidad de vuestra madre. Os abraza más fuerte de lo que podáis imaginar”. Enrique enviaba cartas y dinero para la familia. Luego informó que su escala en Buenos Aires se alargaría un poco más. Después las cartas se fueron espaciando, hasta cuando no llegaron más. El dinero tampoco. Enrique Moliner había abandonado a su familia.

Lo cuenta Andrés Neuman: “El resto de su infancia se lo llevó una carta. Breve. Franqueada en Buenos Aires. Con un remitente que le sonó sarcástico, Libertad 936, y una música distinta en su misma lengua. Redactada por alguien que había intervenido drásticamente en su vida sin pertenecer a ella, que tenía y no tenía derecho a escribirle. Alguien con quien su padre, según se tomaba la licencia de informarle, había formado otra familia. Y que ahora le comunicaba que había muerto”. María Moliner decía en entrevistas que su padre había muerto cuando ella era niña.

Desde 1715, el lema de la Real Academia Española ha sido ‘Limpia, fija y da esplendor’. Grande esplendor ha dado al castellano María Moliner desde que hace 60 años dio a luz el fruto de su devoción inacabable por las letras.