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Cuando Duque visitó al papa

“Ilumíneme, su santidad -clamó- ilumíneme para encontrarle la comba al palo y poder nombrar a Claudia Ortíz en donde sea”.

Daniel Samper Ospina, Daniel Samper Ospina
27 de octubre de 2018

Confieso que sentí amargura cuando supe que, por llevar a la suegra a la visita papal, el presidente Duque dejó por fuera de la comitiva a varios periodistas. Así lo informó Caracol Radio, por lo menos, y la noticia me produjo rabia: rabia, sí; y decepción, porque soñaba con cubrir semejante evento, regalar una camiseta de Santa Fe a su santidad y decirle que mi papá lo quiere mucho (y que le manda saludes).

Pero las cosas no se dieron, y fue menester abrir campo para que el presidente pudiera viajar con una discreta comitiva dentro de la que se contaban su mamá, su suegra, su mujer, sus hijos. Una tía. Un primo segundo. Un amigo del barrio. El profesor de religión del Rochester. Gladys, la señora que les ayuda los fines de semana. Dinky, la mascota de los Duque Ruiz. Julito, el embajador ante la Santa Sede. José Manuel Restrepo. Alvarito García. Pachito Miranda, que es quien escribe los discursos. Y claro, su mejor amigo, y a la postre secretario general, Jorge Mario Eastman, quien por su parte aportó a la comitiva a su mujer y su hija, y quien, traicionado por los nervios, olvidó las inspiradas palabras que había preparado en el vuelo transatlántico. Quería agradecer al santo padre por el milagro de haberlo rescatado de la candidatura de Juan Carlos Pinzón, y comentarle que en su oficina de Palacio tiene una Virgen del tamaño del hueco fiscal. Pero, traicionado por la emoción, solo atinó a decir unas palabras que, de todos modos, demuestran una poderosa capacidad de análisis y de síntesis:

–Hola, tocayo.

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La comitiva se presentó en el despacho de su santidad a la hora convenida, y el primero en ingresar fue el presidente; tras él, fueron entrando los demás, uno por uno, mientras el primer mandatario los presentaba:

–Su santidad, mi suegra; suegra, su santidad…

–Su santidad, mi tía Fanny; Fanny, salude a su santidad.

–Su santidad, Gloria, la vecina de mi mamá, que le trajo unas arepas.

Y, claro, le presentó también a su hermano Andrés, a quien Juan Manuel Santos nombró en 2014 en la embajada de la Santa Sede. Andrés fue el encargado de llevar la camiseta de la selección a su santidad, porque Andrés ya se cambió de camiseta: logró pasar del santismo al duquismo sin escalas.

Los funcionarios, por su lado, también presentaron respetuoso saludo. Alvarito García sorprendió a los cardenales porque llevaba puestas las gafas a manera de balaca: le pidió bendición al santo padre y lo felicitó por el nombramiento. Pachito Miranda también llamó “tocayo” a su santidad y le agradeció por el milagrito de haber clasificado, por fin, a un viaje en el FAC 01. (También le pidió que orara por él, para que nadie notara su conversión de la socialbacanería de Luchito Garzón, a la derecha cool de Duque: “Yo veré, tocayo”, le dijo). Y así pasaron uno a uno para saludar al representante de Dios en la tierra, preguntarle cómo seguía del ojo morado y aun darle consejos.

El presidente, entonces, quiso romper el hielo.

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–¿Su santidad tendrá una guitarra para deleitarlo con un pedacito de una canción de Lucas Arnau? Tengo también temas de Duncan Dhu.

Procedió entonces a cantar a capela “Si nos dejan”, canción que servía para ambientar la extensión de su periodo, propuesta por Ernesto Macías, hasta que, con palabras dulces, el santo padre lo interrumpió. Lo conminó a unir al país, defender la paz y luchar contra la corrupción, asunto que, paradójicamente, el presidente Duque no podía realizar, toda vez que se encontraba de visita en el Vaticano mientras la coalición de gobierno hundía los puntos de la consulta anticorrupción.

El presidente, entonces, le pidió sabiduría:

–Ilumíneme, su santidad –clamó–: ilumíneme para encontrarle la comba al palo y poder nombrar a Claudia Ortiz en donde sea; interceda por mí ante el Salvador, o sea el presidente Uribe, para que cada día me quiera más; ayúdeme a que, con la gracia divina, consiga meter presos a los adictos; ore para que el glifosato caiga por todo el campo colombiano como el maná. Y pruebe las arepas de doña Gloria, que son muy ricas.

Acto seguido sacó una botellita de agua, y se la extendió al santo padre:

–Y bendígame esta botellita que le mandó el ministro Carrasquilla –le pidió–: ahora quiere sacar bonos de agua bendita.

Un cardenal advirtió que el tiempo había terminado. La comitiva tardó media hora en salir. Algunos se despidieron varias veces de su santidad. Otros se tomaban selfis con los guardias suizos que flanqueaban el despacho. Los funcionarios le agradecieron la oportunidad de vaticar: esto es, cobrar viáticos por visitar el Vaticano. O el Viaticano.

A punto de cruzar la puerta, el presidente Duque se devolvió:

–Su santidad, últimos dos milagritos y me voy: sacarle el cartón de bachiller a Ernesto Macías, y que ningún ministro se vuelva a referir a mí como el presidente Uribe: ¿lo cree posible?

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El santo padre asintió:

–No te preocupés, presidente Uribe. Dios te guarde en su gloria.

–Hablando de Gloria –se regresó una vez más el presidente–, ¿le habrá sobrado alguna arepa de las que le trajo Gloria, la vecina de mi mamá?

Un guardia suizo acompañó al presidente a la salida. 

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