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Opinión

  • | 2018/10/21 14:00

    Reescribamos nuestra historia

    Hubo de intervenir el teléfono de comunistas que, disfrazados de magistrados, atentaban contra la institucionalidad.

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Esta columna publica los informes que el historiador furibista Mario Javier Pacheco ya había adelantado antes de que se frustrara su nombramiento como director del Centro de Memoria Histórica.

“El periodo de 2002-2010 es el momento de la resurrección nacional. Gracias al liderazgo del Presidente Eterno Álvaro Uribe Vélez, Colombia retoma el rumbo. Antes de él, la

nación flotaba al garete en medio de episodios como el del Palacio de Justicia: una toma guerrillera que, contrario a lo que se cree, no se sofocó con abusos y excesos de las fuerzas del Estado, sino con la intervención pedagógica y humanitaria del general Alfonso Plazas, prócer de la Patria Nueva, quien en horario triple A reivindicó la figura del maestro.

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El país sucumbía a la amenaza terrorista. Deformes jóvenes terroristas, que no estaban recogiendo café (algunos de contextura tan extraña que tenían dos pies izquierdos), planeaban atentados en las ciudades colombianas.

Surge entonces el liderazgo de Álvaro Uribe, nuevo libertador de la patria, elegante caballista, hombre de talla baja pero de corazón grande, como el propio Bolívar, quien sacrifica su tranquilidad personal para liberar a Colombia de la descomposición moral a la que se encaminaba.

El nuevo libertador se topa con un país en el cual sus jóvenes no aplazaban el gustico; ignorantes campesinos se complicaban con reclamos de tierras, en lugar de disfrutar de su jornal; había una separación inmoral de la Iglesia y el Estado; y las ramas del poder gozaban de tan poca conexión las unas de las otras, que resultaba imposible guiar a la Nación por un Estado de Opinión que garantizara su estabilidad.

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La lucha que libró el doctor Uribe contra la amenaza terrorista fue en todos los ámbitos. Hubo de intervenir el teléfono de comunistas de civil que, bajo el disfraz de magistrados o periodistas, atentaban contra la institucionalidad colombiana. Pero logró dar inicio a una gran era de emprendimiento empresarial con medidas audaces como la creación de zonas francas, y la entrega de subsidios para apoyar al terrateniente desamparado.

De manera poco significativa, el combate contra el terrorismo produjo la presencia de uno que otro migrante interno, a los cuales el gobierno les asignó semáforo y les facilitó cartulina para promover su emprendimiento personal.

La patria, así, fue refundada. El país mejoró sus ingresos, aun sus ingresos al Palacio de Nariño por el garaje. Fue una era de paz, en la que la única guerra fue la ministra María del Rosario.

Pero el auge económico y la cohesión social casi se truncan por la limitante de cuatro años a que obligaba la norma constitucional.

Por fortuna, nuevas heroínas del Congreso acudieron al llamado de la Historia, como la senadora Yidis Medina, quien posteriormente fue infiltrada por el terrorismo (aunque su filtración fue menos grave que la de la matera en que se aliviaba). La labor coyuntural de dicha senadora, y otros tantos prohombres del Poder Legislativo, resultó tan admirable, que algunos de ellos se ganaron la confianza del mandatario para otorgarles responsabilidades mayores, como el manejo de algunas notarías.

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La patria, pues, recuperó el Rambo (corrección: el rumbo) aunque el terrorismo preparaba su mayor zarpazo.

En efecto: magistrados marxistas no solo persiguieron a los buenos muchachos que trabajaban con ahínco por el bien del país, sino que impidieron remover el articulito castrochavista que impedía la reelección indefinida del líder mayor. El gobierno democrático del doctor Uribe se ve obligado entonces a elegir un candidato que lo represente, sin detectar que la guerrilla comunista de las Farc había infiltrado en la alta sociedad bogotana a unos de sus comandantes más peligrosos, alias Santiago.

Desde el turco del Country Club, alias Santiago fraguó la toma de poder. Obtuvo la confianza del libertador Uribe oficiando en su gobierno como mariscal de campo (de campo de batalla: el mariscal del otro campo era el mártir Andrés Felipe Arias) y, una vez obtuvo la Presidencia con votos ajenos, instauró el caos: hizo que el Estado fuera derrochón; entregó el país a la guerrilla; se robó un plebiscito; montó una falsa paz y compró con dinero de Odebrecht el Premio Nobel de la Paz. Y hasta se cayó de una bicicleta.

Por fortuna, el Libertador consiguió una vez más regresar al Palacio de Gobierno apoyando la candidatura del actual presidente, el presidente Uribe (corrección: el presidente Duque), quien no solo corrigió el rumbo de la historia en apenas dos meses, sino que la regresó a 2010. Desde entonces la patria deja de ser como Venezuela. Ya no hay jóvenes recogiendo café. Son arrestados los migrantes internos que consuman droga. Se articulan las ramas del Estado. Se da de baja a alias el Guacho. Se atiende la crisis de la universidad pública con notarías que pueden certificar experiencia académica. Se protege la soberanía de la patria con glifosato. Se ajustan recursos jurídicos disociadores, como la tutela. Se estimula el cuidado medioambiental con la promoción de bonos de agua. Y se comienza a destruir la falsa paz con una auténtica guerra. Como María del Rosario.

Alabado sea, entonces, el Presidente Eterno. 

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