Hay preguntas que una sociedad debería hacerse, no cuando el escándalo estalla, sino mucho antes, cuando luego del escándalo aparece ese momento —o debería aparecer— para la reflexión. Una de ellas es esta: ¿dónde está el límite?
En los años 80 y 90 aprendimos, a la fuerza —para decirlo endulzando la píldora—, que la codicia podía convertirse en una forma de poder.
De hecho, los grandes capos del narcotráfico no querían simplemente dinero, querían estatus, reconocimiento, obediencia, impunidad... y lo lograron. Lo consiguieron con tanto alcance que mantenían a la sociedad presa del pavor y, en medio del delirio colectivo, no solo llegaron a los más altos cargos entre dirigentes y burócratas, sino que se adueñaron de la conciencia y de la manera de pensar y normalizar lo imposible e impensable en todo un país.
El dinero rápido era apenas el vehículo para demostrar que podían saltarse las reglas que los demás —es decir, nosotros los tontos— estábamos obligados a cumplir, porque solo ellos, los más “vivos”, podían ganarlas todas en el atroz juego de una modernidad a la colombiana, estrangulada por los innumerables códigos y estrategias o —mejor— tentáculos de la mafia.
Llegaron las bombas, los asesinatos, el horror, la paranoia y una imagen de Colombia que todavía cargamos dentro de nosotros y que nos restriega, desagradablemente, el resto del mundo.
También llegaron las novelas, las series y las películas que convirtieron aquella tragedia en relato, en un chiste barato y cruel sobre el dolor nacional. Y hoy, en 2026, hay algo aún más incómodo de reconocer y es que aquello, como todo ser mutante, no desapareció, solo cambió de traje.
Hoy no vemos, necesariamente, al hombre ataviado con burdas cadenas de oro y un palillo entre los dientes que exhibe su riqueza. Vemos otras formas de la misma lógica.
Observamos, con claras evidencias y en las noticias, la latente urgencia por llegar antes que los demás, la obsesión por el cargo, el título, el dinero o el poder. La idea de que el proceso es una molestia que puede ser sorteada si existe el contacto adecuado, la oportunidad o alguien dispuesto a abrir la puerta. ¡Hazme un push ahí!
No estoy diciendo que sean equivalentes un capo del narcotráfico y quien falsifica credenciales para acceder a un cargo público. Sería tonto de mi parte.
Lo cierto es que sí se parece —y ahí está la morisqueta— la lógica que habita detrás de ese accionar con el razonamiento que lleva a pensar que las reglas están hechas para los otros. ¿Ven? ¡Volvimos a la misma narrativa! Y que el objetivo, llámese dinero, poder, prestigio o —para ponernos vanguardistas— tener un esquema de seguridad de la UNP, justifica saltarse las etapas de ese proceso. ¿Lo notan? ¡Regresamos al mismo método!
El caso reciente, del que todo el país tuvo conocimiento, en el que una joven mujer llegó a exhibir credenciales académicas que no correspondían a su trayectoria, un acto por el que tuvo que terminar por admitir ante la justicia su responsabilidad en el delito de fraude procesal, no debería mirarse solamente como la historia de una persona, como un rasgo individual.
Estoy convencida de que debería mirarse —si no lo hicimos hace 40 años, hoy es urgente— como un espejo, como un reflejo en el agua que nos revela la concepción de una imagen deformada de la realidad y que nos lleva a interrogarnos por lo poco que nos cuestionamos como colectivo sobre el acontecer diario, que es el tejido de nuestra historia.
¿Qué estamos enseñando cuando el “éxito” o sus definiciones parecen importar más que la manera de alcanzarlo?
Existen elementos que, como colombianos, miramos con desconexión; por ejemplo, el triunfo rápido, el todo vale, la ostentación y la búsqueda de ascenso social son formas de entender la vida que no se quedaron atrapadas en el mundo del narcotráfico. Por el contrario, las vemos en los titulares que inundan el acontecer nacional, penetraron el tejido social y llegaron incluso a sectores que jamás participaron directamente en ese negocio, pero que aprendieron su mentalidad.
Sí, hay que nombrarlo para identificarlo, cuestionarlo y transformarlo; sí, algunas maneras de entender el “triunfo” sobrevivieron al narcotráfico y se calcificaron. Porque el modus operandi puede variar dependiendo de la escala de criminalidad y con ello el juicio social.
Antes podía ser una pistola, una avioneta, una caleta; hoy puede ser una plataforma digital, un diploma, una firma, un contrato, una recomendación o una red de favores. Diferentes transgresiones, mismo objetivo.
Quizá ahí está nuestra brutal deuda generacional, en las preguntas: ¿qué les estamos diciendo a nuestros hijos cuando celebramos al que “llegó” sin preguntar cómo llegó?, ¿qué mensaje damos cuando admiramos la riqueza sin preguntar por su origen o por los méritos que le deberían acompañar?, ¿por qué admiramos el hecho de tener poder, pero sin cumplir las responsabilidades que conlleva?, ¿en qué momento dejamos de entender que llevar a cabo el proceso hace parte del verdadero valor de lo conseguido?
La codicia no siempre grita. A veces se presenta bien vestida, habla de oportunidades y pide disculpas —chimbas, diría un gran líder— cuando la descubren, pero sigue siendo codicia y, por ende, jamás encuentra su límite.
Por eso, la cuestión no es cuánto podemos conseguir; la pregunta es otra, más difícil de plantear, pero decente y verdadera: ¿cuándo es suficiente?
