OPINIÓN

María Fernanda Ortiz

¿Por qué un semáforo y no un puente? Una glorieta no se entiende solo desde el panorámico

Bogotá es una ciudad en constante movimiento, y nuestro deber es garantizar que todos lleguemos seguros a casa.
20 de septiembre de 2026 a las 9:30 a. m.

Poner semáforos en una glorieta donde ya hay congestión puede parecer, a primera vista, una contradicción. Sé que para muchos conductores la primera reacción es de desconfianza: “Otro semáforo, más trancón”. Por eso quiero contarles por qué, a partir del domingo 20 de septiembre, la glorieta de la calle 63 con carrera 50 operará con un nuevo sistema semafórico, una decisión que no nació en un escritorio, sino de la evidencia y de lo que la propia comunidad nos pidió.

Empiezo por ahí, porque suele olvidarse. Residentes y usuarios frecuentes de Nicolás de Federmán, Quirinal, El Rosario y Pablo VI llevan tiempo solicitándonos un paso peatonal seguro en este punto. No es una medida que le caiga de sorpresa al barrio: es una respuesta a lo que el barrio pidió.

Conviene precisar cómo funciona hoy esa glorieta, porque el diagnóstico explica la decisión. En sus ingresos desde el occidente y el sur se presentan más de 1.300 conflictos por hora entre cruces simultáneos y frenadas bruscas. La congestión ya existe, y la falta de regulación no la alivia: la vuelve más insegura. Por eso la medida no consiste simplemente en poner semáforos. Se trata de organizar ocho accesos vehiculares y cuatro accesos peatonales con nueva señalización horizontal, vertical y obras civiles, en un punto estratégico que conecta a Teusaquillo, Barrios Unidos, Chapinero y Engativá.

La pregunta que debemos hacernos no es únicamente cuántos carros logra evacuar una intersección, sino en qué condiciones se desplazan quienes caminan, pedalean o conducen. En movilidad no movemos vehículos: movemos personas. Y por este sector transitan miles de ellas camino al parque Simón Bolívar, al parque de los Novios, a la Biblioteca Virgilio Barco o al Complejo Acuático. En un día hábil cruzan más de 3.500 ciclistas y 590 peatones, cifra que los sábados sube a 760 peatones.

Esa necesidad la confirman tanto la ciudadanía como los datos. Le preguntamos directamente a 270 personas que usan este punto a diario: el 56 % considera insuficiente el espacio disponible para peatones y ciclistas y el 68 % afirmó haber vivido o presenciado situaciones de riesgo, señalando el exceso de velocidad, el estacionamiento indebido y los pocos pasos peatonales. Esa percepción coincide con los registros: entre 2023 y 2025, 19 personas resultaron lesionadas de gravedad en esta glorieta: cinco ciclistas, un peatón, siete motociclistas, dos pasajeros y cuatro conductores. La intervención no protege a un actor a costa de otro, porque el riesgo los alcanza a todos.

Frente a esto, muchos se preguntan por qué un cruce a nivel y no un puente peatonal. La respuesta es clara: un puente, aunque parezca la solución más obvia, no es una alternativa inclusiva. Pensemos en un adulto mayor que debe subir varios tramos de escalera, en una madre o un padre empujando un coche de bebé, o en una persona con movilidad reducida. Para ellos, un puente no es una opción real de cruce: es una barrera. Y cuando cruzar por encima resulta imposible, la gente termina cruzando por debajo, exponiéndose a un peligro mayor. Un cruce semaforizado a nivel de calle ofrece, en cambio, un paso directo, digno y seguro para todos, sin excepciones.

¿Y esto va a generar más trancón? Los semáforos de las salidas oriental y sur funcionan con botones de demanda: solo se activan cuando un peatón o un ciclista oprime el botón para solicitar su turno de paso. Si no hay nadie cruzando, el flujo vehicular no se interrumpe. No es un sistema que frene el tráfico por rutina, sino uno que responde cuando de verdad se necesita. Además, al organizar los movimientos, se evitan las maniobras y frenadas bruscas que son, precisamente, las que más congestión generan.

Sería irresponsable prometer que la semaforización eliminará la congestión por completo. Lo que sí puedo decir es que las pruebas piloto demostraron que los tiempos de viaje y las velocidades no se afectan en las horas críticas, y que vamos a monitorear el funcionamiento desde el primer día para ajustar lo que sea necesario según las condiciones reales del tráfico, escuchando a quienes usan esta vía todos los días.

Bogotá es una ciudad en constante movimiento, y nuestro deber es garantizar que todos lleguemos seguros a casa. Porque una ciudad que cuida a quien conduce, a quien pedalea y a quien camina es una ciudad que avanza para todos.