OPINIÓN

Claudia Varela

El castigo de lo auténtico

Los líderes afirman querer equipos diversos, personas que piensen diferente y colaboradores capaces de cuestionar viejas formas de hacer las cosas.
8 de noviembre de 2026 a las 10:05 a. m.

He descubierto que la mayoría de las organizaciones han aprendido a hablar el lenguaje políticamente correcto, en sus valores aparecen palabras como transparencia, confianza, colaboración y autenticidad. Los líderes afirman querer equipos diversos, personas que piensen diferente y colaboradores capaces de cuestionar viejas formas de hacer las cosas. El discurso está perfectamente construido. El problema es que, en demasiados casos, la realidad opera bajo reglas distintas. La autenticidad es bienvenida mientras no genere incomodidad.

El profesional que dice las cosas con elegancia suele ser más apreciado, mientras que el que señala una contradicción evidente empieza a convertirse en un problema. El que nombra aquello que todos comentan en privado, pero nadie se atreve a decir en una reunión, comienza a caminar por una delgada línea en la que muchas veces nadie lo respalda. No porque esté equivocado, sino porque ha roto un acuerdo tácito que existe en muchas culturas organizacionales y es proteger la armonía aparente.

Con el tiempo, las personas aprenden a leer el ambiente. Descifran rápidamente qué opiniones son seguras, qué temas es mejor evitar y cuáles conversaciones solo pueden tenerse en voz baja. Así se instala una dinámica silenciosa donde la supervivencia importa más que la autenticidad.

La escritora y pensadora Margaret Heffernan ha dedicado años a estudiar lo que denomina "ceguera voluntaria, la tendencia de individuos y organizaciones enteras a ignorar información incómoda aun cuando la tienen frente a sus ojos. No se trata de ausencia de inteligencia sino de una poderosa necesidad humana de preservar la estabilidad. A veces es más fácil convivir con una mentira funcional que enfrentar una verdad que obligue a cambiar.

En ese escenario, las reuniones rara vez muestran lo que realmente piensa la gente. Las sonrisas suelen ser más abundantes que las convicciones. Los consensos aparecen con una velocidad sospechosa. Y está en manos de los verdaderos líderes saber leer entre líneas.

Luego, los resultados empiezan a mostrar lo que las conversaciones ocultaron. Dicen que buscan líderes valientes, pero muchas veces promueven a quienes dominan mejor el arte de no incomodar; tal vez lo que más les gustan son los “animales corporativos”. Y, por tanto, lo que termina premiándose no es la autenticidad sino la capacidad de adaptación al guion.

Yo creo firmemente que detrás de cada silencio existe una factura emocional. Está el profesional que aprendió a callar después de que una observación honesta fuera interpretada como rebeldía. Está quien decidió dejar de aportar ideas después de comprobar que el costo de disentir superaba cualquier posible beneficio. Está quien transformó su autenticidad en prudencia estratégica porque necesita conservar su empleo, sostener a su familia o proteger años de carrera construida con esfuerzo.

Y así, lentamente, la organización pierde algo mucho más valioso que una conversación incómoda. Pierde inteligencia colectiva y me parece peor aún que los líderes por estar mirándose en el espejo pierdan motivación de equipos completos sin darse cuenta.

Encontré a otra autora, Amy Edmondson, profesora de Harvard y referente en el concepto de seguridad psicológica, que ha demostrado que los equipos de mayor desempeño no son aquellos donde existe menos conflicto. Son aquellos donde las personas pueden expresar desacuerdos sin miedo. El tema es que se necesita tener algo de audacia y seniority para saber manejar equipos que te llevan la contraria.

Yo creo que una organización sana no es aquella donde todos piensan igual. Es aquella donde nadie necesita fingir para pertenecer. Sin embargo, lograrlo exige una valentía poco común porque obliga a los líderes a escuchar aquello que preferirían no escuchar y tolerar la contradicción, recibir críticas sin tomar represalias y abandonar la comodidad de rodearse únicamente de voces que confirman lo que ya creen.

Cuando eso no sucede, emerge una cultura de simulación porque todos aprenden a interpretar el personaje adecuado. Quizás por eso el gran desafío de nuestro tiempo no sea enseñar a las personas a ser auténticas, sino en construir entornos donde la honestidad no tenga que elegir entre la conciencia y la supervivencia.

Toda organización empieza a perder su futuro el día en que el líder no se da cuenta de que su equipo está sobreviviendo sin ningún sentido real de pertenencia y propósito. Por más líderes que no castiguen la autenticidad.