opinión

Paula López
Paula López - Foto: Maria Teresa Bravo

En nuestras guerras, todos necesitamos un muñeco de peluche

En estas crueles guerras, un muñeco de peluche es a lo que un niño se agarra para sobreponerse al miedo y al trauma.


Por: Paula López

Cuando nos enfrentamos a emociones desgarradoras y traumáticas, todos necesitamos agarrarnos a algo, a alguien…

En los Estados Unidos esto es tan común que a los bebes desde que nacen, se les da una cobijita para que se agarren a ella, a la cual se le llama “security blanket” que significa cobija de seguridad, su propósito es darles a los bebes seguridad emocional en épocas de transiciones estresantes.

Los voluntarios que han estado cerca de las fronteras de Ucrania, de Venezuela y de países en crisis humanitarias, han sido testigos de situaciones de temor extremo y de angustia, vividas por los niños migrantes, que con sus caritas como paralizadas con gestos de terror y sus corazones estremecidos, se aferran a sus muñecos de peluche, como agarrándose a la poca seguridad que les queda; “si lo estoy perdiendo todo, si se me está arrebatando a mis padres, mi hogar y hasta mi libertad, al menos déjenme este muñequito de peluche,” son los gritos que sin hablar se escuchan en el alma y en el silencio.

Todos estamos intentando sobreponernos al trauma y al miedo en un mundo vertiginoso y amenazante en el cual en ocasiones estamos en modo supervivencia.

Piensa por un instante, en tu propia vida, ¿qué te sumerge en el miedo? Aunque habitemos en países aparentemente estables, unos más que otros, todos experimentamos guerras internas, emocionales y espirituales, estamos cansados del camino trasegado y llenos de necesidad de vivir sumergidos en un universo de serenidad, todos estamos sedientos de paz interior y social.

Hemos luchado como soldados y nos hemos escondido en las trincheras de nuestro propio corazón asustado y aturdido.

Hemos cruzado desiertos, quedando sin fuerzas; algunas luchas las hemos ganado, pero como soldados agotados hemos desgastado nuestras armaduras, llegando al final del desierto sin fuerzas y a veces sin fe.

“Todos necesitamos un muñeco de peluche a qué aferrarnos en medio de nuestras guerras internas”, pensé al escuchar la ponencia del gran escritor español José Luis Serrano, autor de La cuarta semilla, quien expuso sobre la importancia de las historias que crean valor, las historias que contamos y las historias que nos contamos, “Storytelling”.

Todos estamos hechos de historias y de experiencias, todos somos la continuación de un gran libro que iniciaron nuestros bisabuelos y antepasados, todos tenemos la poderosa fuerza interior de continuar escribiendo esa historia, llenándola de sentido y de valor, convirtiéndola en un gran libro.

Al final, todos somos autores de biografías narradas entre los tejidos humanos que enlazan nuestras historias con las historias de quienes nos acompañan en el camino.

No necesitamos desplazarnos hasta Ucrania para experimentar la guerra, bastaría solo con atrevernos a entrar en nuestro universo interior y explorar en que esquina están estallando granadas de dolor, bombas de impotencia y disparos de hostilidad.

Si nos atreviéramos a levantar el techo de nuestra propia casa, si transitáramos el camino que se adentra en nuestra alma, podríamos descubrir que también en nuestro interior estamos sufriendo guerras que nos asustan, nos aturden y nos arrebatan el mundo de armonía que tanto anhelamos.

Esta semana hice un inventario emocional de las guerras internas presentes en los consultantes que llegan a mí, con el propósito de continuar con las investigaciones que aportan a mi método de sanación interior.

Es claro que tanto adultos como jóvenes, hombres y mujeres, personas con altos cargos y personas con trabajos estándares, abuelas y adolescentes, todos experimentan todo tipo de guerras internas que los llevan a un estado de vulnerabilidad latente, pero no siempre asumido y enfrentado.

“Siento que tengo mucho por sanar en la historia con mi padre, me decía Lucia de 25 años, el corazón se me aprieta y siento ganas de llorar, pues no sé si seré capaz de perdonarlo por la infidelidad que cometió con mi madre y por sentirme abandonada por él en mi infancia”

“Siento resentimiento con mi marido, aunque no lo odio, ya no estoy enamorada de él, el daño que me ha hecho no lo olvido, mi madre es una mujer tóxica y manipuladora que me lastima y encima de todo esto, mis hijos me hacen daño con su actitud a veces egoísta y displicente. Siento que yo me hago pedazos por mantener a los demás completos; estoy reflexionando y aprendiendo, pues ya no quiero vivir más así, de la manera cobarde en la que he vivido, pues si hubiera tenido los medios y un poco más de fortaleza ya me hubiera marchado a hacer mi propia vida” me decía Lucrecia ahogada en sus lágrimas de cansancio y desolación.

“Siento que este divorcio se estaba gestando desde hace años, entre corrientes subterráneas de hostilidad, yo me abandone y entregue mi poder, pero no quiero seguir viviendo como entre un pozo de monotonía y oscuridad.

¡Debe haber más vida allá afuera, debe haber más vida más allá de esta! No quiero vivir más como anestesiada en un mundo plano, sin emociones, me encerré como en una concha y caí en una falta de amor propio que me está apagando la vida…” expresaba María en medio de su crisis de vacío existencial.

“Siento que mi vida se ha convertido solo en trabajo y obligaciones autoimpuestas, me miro en el espejo cada mañana y me pregunto;

¿En qué momento me convertí en un robot mecánico, para caer en esta vida presa de las rutinas absorbentes, que ya no me permiten disfrutar de mi familia y de espacios de descanso y reflexión?

He ganado dinero y he subido grandes escalafones en mi profesión, pero hoy, a puertas de ver mi nido vacío, cuando todos se han marchado, le pregunto a mi soledad: si el precio emocional que estoy pagando me hará doler y sentir que le quede debiendo a la vida y a los míos, lo peor me quede debiendo a mí mismo” … Exclamaba Andrés en medio de su crisis de desasosiego y soledad.

Mi invitación es a que salgas hoy de la trinchera del campo de batalla interior en él estás viviendo, para encontrar tu iluminación, debes caminar a través de tu historia y volvértela a narrar, dándole un nuevo significado y extrayendo sus aprendizajes.

Conviértete en el camillero de tu propia alma y atrévete a tocarla, a acariciarla, a curar sus llagas, aun sangrantes de dolor, pues cuando las heridas cicatricen y ya no ardan; quedaran como una señal que dignifica tu historia, que será indeleble para recordarte tus batallas luchadas y ganadas de modo digno y estoico.

Aférrate de modo simbólico a tu muñeco de peluche, para muchos es la fe en nuestro Creador, para otros es el amor a algo o a alguien.

Si ya tocaste fondo en la trinchera de tu vida, es hora de salir de tu escondite con la frente en alto, sacando la bandera blanca de paz, para decirte a ti mismo, ¡basta de guerras internas!

La peor guerra es la que tienes contigo mismo, al no querer asumir que hay batallas en las que no tenemos injerencia ni poder y debemos atravesar como las guerras de las naciones, pero hay otras, que son elegidas, por no atrevernos a ser guerreros espirituales dispuestos a pelearlas con el arma poderosa de la espiritualidad, la reflexión, el autoconocimiento y la decisión absoluta a renunciar al hecho de permanecer heridos.

¡Levántate! Revístete con la armadura de la resiliencia, aférrate al escudo de la fe y ponte el casco de la fortaleza interior; asesina a tus demonios que son el miedo y la cobardía, y conquista ese mundo de paz que te está esperando al otro lado del pantano.

La felicidad te espera, pero debes ir a buscarla, ¡ella no vendrá a encontrarte!

Mi píldora para el alma:

Un día la vida te empuja y te pone de frente a tus peores miedos, ese día descubres la poderosa fuerza espiritual que habita en tu interior…

Ese es el momento sagrado de tu victoria personal, en el cual ya ganaste la batalla.

Escritora de literatura espiritual y Coach de vida

@paulalopez_coachdevida