Ocurrió en el programa La megacárcel, un espacio que se transmite por el canal de YouTube Sancocho trifásico, creado por el comediante Camilo Díaz (Culotauro), en el que participa María Camila Fonseca (Macafolla), quien interpreta a Micky Ávila, un personaje que parodia a la presidenta de esta casa editorial, Vicky Dávila. En el escenario también está la representante a la Cámara por Bogotá Laura Daniela Beltrán
Palomares, conocida como Lalis, una influencer del petrismo que llegó al Congreso impulsada por su popularidad en redes sociales.
Durante el programa, Micky Ávila finge entrevistar a la congresista y afirma: “Vamos a incentivar las noticias que hacen que este país esté como esté, que podamos hablar de los 18.000 niños reclutados… Vamos a hablar de esos hijueputicas niños que ya tienen más de 30 años”. Mientras el personaje mueve su cabeza de forma exagerada, la representante estalla en carcajadas; el público también lo hace. Sin dejar de sonreír, Lalis apenas responde: “Pues los niños sí, nadie está a favor de eso”.
La escena despertó una profunda indignación, especialmente entre las víctimas de reclutamiento forzado por parte de las Farc, que interpretaron el sketch como una burla a sus denuncias y a su búsqueda de justicia ante la JEP. Lorena Murcia, sobreviviente de reclutamiento y hoy exiliada por amenazas, presentó una queja formal ante la Comisión Legal de Ética de la Cámara al considerar que la actuación de la congresista atenta “de manera vulgar y degradante” contra quienes fueron reclutados siendo menores de edad. La representante por Bogotá Carol Borda y la senadora Sara Castellanos respaldaron la denuncia y solicitaron a la defensora del Pueblo, Iris Marín, proteger los derechos a la verdad, la memoria y la no repetición de estas víctimas.
La Corporación Rosa Blanca, que agrupa a cientos de víctimas de reclutamiento y violencia sexual, anunció, además, que denunciará por injuria a María Camila Fonseca en defensa de los 18.677 menores acreditados como víctimas ante la JEP.
También reaccionó Deisy Guanaro, una de las voces más visibles frente a este crimen: “Nuestra historia no es un tema de comedia. No somos el remate de un chiste ni un recurso para conseguir aplausos. Somos personas que sobrevivimos a crímenes que dejaron heridas irreparables en miles de familias colombianas. Les exijo que respeten nuestra memoria. Lo que hicieron no es humor, es una revictimización inaceptable”.
Pero, lejos de disculparse, lo que vino después fue peor. La representante Laura Beltrán publicó un video en el que restó importancia a la ofensa, asegurando que todo formaba parte de una sátira política. Además, cuestionó que se usara la cifra de 18.677 niños reclutados “para hacer política” y la comparó con otras tragedias, como los 6.402 falsos positivos y las víctimas en Gaza, frente a los cuales, aseguró, los indignados guardan silencio.
Por su parte, Macafolla afirmó que todo obedecía a una censura contra el humor y sostuvo, equivocadamente, que esa era la razón por la que nació Sábados felices: “Sábados felices es el resultado de la censura... el único que hacía una comedia diferente era Jaime Garzón y mire lo que le pasó”. (Oh, por Dios, cuánta ignorancia).
Pero lo más grave fue la reacción de Culotauro. Tras el pronunciamiento de Deisy Dorelly, arremetió contra ella en redes sociales. “No se metió con un frío de espíritu, aquí estamos listos a todo”, escribió. Luego se burló de su emprendimiento de camisetas, “le compro uno”, le dijo, e insinuó que se lucraba con su tragedia y remató con frases como: “¿Es tan difícil de procesar un chiste?”, antes de llamarla cínica y volver a ridiculizarla.
Después de las publicaciones de Lalis, Culotauro y Macafolla, llegaron las hordas de seguidores a insultar no solo a Deisy, sino también a quienes expresaron su rechazo frente a lo ocurrido.
Hay un hecho que llama la atención. Quienes atacan a estas víctimas son, en su mayoría, jóvenes que parecen no conocer la barbarie que vivió el país y perciben el reclutamiento forzado como un episodio lejano. También es evidente su enorme arrogancia, como si una audiencia masiva en redes sociales los pusiera por encima de cualquier responsabilidad.
Esta banalización de un crimen que hiere la dignidad humana es consecuencia también de la mala ejecución del acuerdo de paz. Durante años se alimentó la idea de que hablar de los horrores cometidos por las Farc equivalía a perseguir a los firmantes. En el imaginario de muchos, especialmente los más jóvenes, aceptar penas alternativas terminó significando borrar también los crímenes de la memoria. Se instaló la falsa idea de que contar las historias de las víctimas es ir contra la paz.
Por el contrario, mantener viva la memoria del horror es una garantía para que una sociedad no repita su propia barbarie. Por eso en Alemania está prohibido banalizar o hacer burla del Holocausto nazi.
El artículo 130 del Código Penal alemán castiga el delito de volksverhetzung (incitación al odio). Penaliza aprobar, negar o minimizar públicamente el genocidio cometido bajo el régimen nacionalsocialista, así como glorificar ese régimen de una forma que ofenda la dignidad de las víctimas y altere la paz pública. La pena puede llegar hasta tres años de prisión. La legislación también sanciona la negación o minimización grave de genocidios, crímenes de lesa humanidad o de guerra cuando ello pueda incitar al odio o la violencia.
Aquí no está en discusión si es válido hacer humor sobre hechos dolorosos. Lo que se cuestiona es la banalización de la tragedia vivida por más de 18.000 menores violentados por las Farc. Se critica que personas con poder político, como la representante Laura Beltrán, o con enorme capacidad de influencia, como Culotauro y Macafolla, terminen revictimizando a quienes sobrevivieron al conflicto.
Estamos en mora de que estos jóvenes entiendan la magnitud de lo que hacen. Revictimizar a esos niños, hoy adultos que siguen reclamando justicia, no es un juego.
Aquí los “hijueputicas” no son los niños reclutados, sino quienes menosprecian su dolor.
