El primer sorbo de café de hoy tuvo un sabor especial: la certeza de que el próximo 7 de agosto, en menos de cuarenta y cinco días, Gustavo Petro abandonará la Casa de Nariño. Volverá a ser un ciudadano común y corriente. Un agitador más entre los muchos que no aceptarán la victoria de Abelardo de la Espriella en las urnas y a voto limpio. Uno más de los que gritarán fraude, promoverán tomas violentas y harán cuanto esté a su alcance para volver invivible al país. Uno más, repito.
La campaña electoral que terminó ayer fue el resumen perfecto de estos cuatro años. Un tipo tan extraviado en su impudicia que cada vez que tuvo que escoger entre la decencia y la indecencia eligió la segunda. Un presidente que utilizó el poder del Estado para favorecer a sus amigotes, impulsar descaradamente a su candidato, justificar la corrupción de los suyos y celebrar la incompetencia como virtud revolucionaria. Una administración marcada por el sectarismo, la improvisación y el desprecio por cualquier límite institucional. Una desgracia.
Y no, nada de esto tiene que ver con que Petro sea de izquierda. En democracia siempre habrá alternancia y, tarde o temprano, Colombia volverá a elegir un presidente ubicado en ese sector ideológico. Así que el problema nunca fue la izquierda. El problema fue elegir a un gobernante incapaz de entender que el poder tiene límites. Un presidente que consideró las instituciones como obstáculos cuando no obedecían sus caprichos y que convirtió la confrontación permanente en su caballo de batalla. Un hombre que sembró odio donde debía construir consensos y que debilitó el prestigio de la Presidencia de la República hasta dejarla al nivel de satrapías bananeras.
Los resultados de ayer también dejan lecciones regionales importantes. La victoria de Abelardo de la Espriella se construyó principalmente en el centro del país. Antioquia, el Eje Cafetero y los Santanderes fueron determinantes. También lo fue Bogotá, donde una porción significativa de los ciudadanos recordó que Petro fue un alcalde más preocupado por dividir que por gobernar. La capital, castigada durante estos años por un gobierno empeñado en sabotear el metro y obstaculizar el progreso de la ciudad, terminó pasando la correspondiente cuenta de cobro.
La costa caribe sigue siendo el principal fortín electoral del petrismo. Allí tendrá Abelardo de la Espriella uno de sus mayores desafíos. No bastará con ganar elecciones; será necesario demostrar que existe un camino distinto al clientelismo, la dependencia estatal y el atraso que durante décadas han frenado el desarrollo de buena parte de la región. Mirar hacia Barranquilla será indispensable. Con todas sus imperfecciones, esa ciudad ha demostrado que el progreso es posible cuando existe una visión de largo plazo y lejos de la demagogia. Ese es el ejemplo que deberían seguir Cartagena y Santa Marta si quieren dejar atrás años de estancamiento.
La gran decepción vuelve a ser Cali y buena parte del Valle del Cauca. Lo digo con tristeza porque es mi tierra. Una región que alguna vez fue referente de civismo, trabajo y cultura terminó entregándose de manera casi incondicional a su verdugo. Resulta difícil comprender semejante síndrome de Estocolmo después de cuatro años en los que el gobierno nacional fue incapaz de concretar una sola transformación significativa para el departamento. No hubo tren de cercanías, el aeropuerto continúa deteriorándose, la pobreza sigue creciendo y la inseguridad es pan de cada día. Hoy, en el resto de Colombia —aunque duela decirlo— Cali, Palmira, Buenaventura y Jamundí son sinónimo de sicariato y narcotráfico. Aun así, los vallecaucanos se desbocaron a votar rabiosamente por el Pacto Histórico.
Y para colmo de males, el departamento enfrenta una crisis de liderazgo sin precedentes. Eso ha permitido que cobren protagonismo personajes radicales y obtusos como Wilson Arias, Duvalier Sánchez y Alfredo Mondragón. El petrismo más recalcitrante. La versión más extrema de una corriente política que ha encontrado en el resentimiento social su principal fuente de energía electoral.
Pero todo tiene su final. La elección de ayer demostró que el proyecto político de Petro era un gigante con pies de barro. La reserva moral de Colombia se levantó para poner fin a cuatro años de improvisación, confrontación y desprecio por la Constitución.
Ahora comienza la parte difícil. La tarea de Abelardo de la Espriella ya no es ganar elecciones, sino gobernar bien. Si logra devolverle al país la seguridad, el crecimiento y la confianza, el petrismo llegará sin aire a las elecciones regionales de octubre del próximo año y, finalmente, a la próxima elección presidencial.
El margen de error es poco, la oposición será implacable y el legado que recibe es ruinoso. Mantengamos la esperanza.
