Hace unos días me di a la tarea de observar a una pareja a mi lado en un café mientras esperaba un cappuccino de coaching en un sitio que amo de Usaquén. Me di cuenta de cómo pasaron cerca de 15 minutos acomodando las tazas, buscando el ángulo perfecto de la luz y tomando fotos desde distintas perspectivas.
Cuando finalmente lograron la imagen ideal, se sentaron en silencio, cada uno distraído por su pantalla, probablemente editando la foto o respondiendo a los primeros “me gusta”. El café, por supuesto, ya estaba frío. Y creo que ni se lo tomaron.
Esa pequeña escena cotidiana es el síntoma de un fenómeno mucho más profundo que nos está transformando a todos: esa búsqueda incansable de ser hipervisibles. Parece que hemos aceptado, casi sin darnos cuenta, un nuevo parámetro social. Si un logro profesional, una conversación inspiradora, un viaje o un momento de conexión no se comparte en redes, simplemente no existió. Nos hemos convertido en los relacionistas públicos de nuestra propia existencia. Creo que se pierde la magia de la privacidad, de un momento sin cámaras, de un café que se concentre en la conversación real.
Quiero aclarar que pienso que el problema no son las redes sociales en sí mismas, sino el sutil y peligroso desplazamiento que generan en nuestra mente. Estamos cambiando la experiencia por la evidencia. El valor de un momento ya no reside en el gozo de vivirlo, sino en su potencial para ser documentado y aplaudido por terceros. Además de perder la individualidad, solo valoramos espacios donde nos vemos perfectos y filtrados.
Esta obsesión por registrarlo todo tiene un gran costo, sobre todo en nuestra capacidad para madurar ideas, proyectos y relaciones. Las cosas más valiosas de la vida —el pensamiento estratégico, la confianza mutua, el verdadero crecimiento personal o el liderazgo con propósito, entre otras— requieren de un tiempo de incubación que ocurre estrictamente en el anonimato. Son procesos orgánicos que necesitan la sombra para ser mágicos; si los exponemos al sol de la aprobación pública demasiado pronto, se acaban y nos acaban.
Cuando convertimos nuestro diario vivir en contenido, empezamos a actuar para una audiencia. El ego toma el control del libreto y ya no somos espontáneos. Decidimos usar las palabras que “suenan bien”, los ángulos que proyectan éxito y las experiencias que validan nuestra relevancia. En ese proceso, la autenticidad se diluye. ¿Cuántas veces nos estamos perdiendo de escuchar genuinamente al otro en una reunión o en una cena por estar pensando en la frase perfecta que usaremos para el post del día siguiente?
Cuando apareció Valeria a mi mesa, yo estaba abstraída en mis pensamientos antirredes. Pensé que quería hacer un ayuno largo porque mi cabeza me estaba fallando de ver tanta cosa en mi algoritmo. Y Valentina me aterrizó, pero justamente como una coincidencia narrativa, empezó su conversación con carita triste explicándome que su novio no quería publicar nada con ella. Me terminé de convencer: estamos perdiendo el foco.
Quizás el verdadero acto de rebeldía hoy en día sea recuperar el valor de lo invisible. Recordar que los procesos que se cocinan a fuego lento, sin el ruido de los aplausos virtuales, suelen ser los más sólidos. Que un gran proyecto no necesita un anuncio prematuro para ser real y que un momento feliz no necesita testigos digitales para ser pleno.
Hoy puede ser una buena oportunidad para bajar las cámaras y apagar los filtros. El próximo café que te tomes, disfrútalo caliente. Vivir la vida sigue siendo infinitamente mejor que salir bien en la foto. Tómate una foto sin filtros, publícala si quieres y no te quedes mirando si hubo o no likes.
Por más magia de la vida real y menos filtros. Vive tu vida en el silencio de tu propia alma y tu mirada hacia adentro. Ahí no hay filtros ni hipervisibilidad. Y, querida Vale, si no te publica, pues hay cosas que solo fluyen y no se pueden forzar.
