OPINIÓN

Cristina Plazas Michelsen

Mientras Colombia llora a sus muertos, Cepeda pide paciencia

Hoy decidimos si queremos más concesiones para quienes han sembrado violencia durante décadas o si queremos recuperar la autoridad y el control del territorio.
21 de junio de 2026 a las 12:18 p. m.

En una reciente entrevista con Juan Roberto Vargas, Iván Cepeda aseguró que insistirá en los diálogos con el ELN. Habló de paciencia. Más paciencia.

Y ahí surge una pregunta inevitable: ¿paciencia para qué?

Colombia lleva más de 50 años ensayando fórmulas con el ELN. Con el proceso actual ya van nueve grandes intentos de paz con esa guerrilla. Nueve. Y, aun así, hoy nos piden más paciencia. Pero el verdadero interrogante no es qué ocurrió hace décadas; la pregunta obligada es qué pasó en los últimos cuatro años, cuando Cepeda fungió como negociador principal y arquitecto de la llamada Paz Total.

Los resultados están a la vista. Según la Fundación Ideas para la Paz (FIP), el ELN cuenta hoy con cerca de 6.800 integrantes entre hombres en armas y redes de apoyo, consolidándose como la segunda organización armada ilegal más grande del país. Ese es el balance real detrás de la paciencia que nos pide.

Resulta indignante escuchar al candidato Cepeda hablar como un observador externo, como si hubiera llegado ayer al debate y no cargara con la responsabilidad directa de haber sido el artífice de esta política durante cuatro años. Ahora, frente a las cámaras, nos presenta la supuesta fórmula para salvar el proceso: poner fechas límite, establecer condiciones claras y fijar innegociables.

Semejante cinismo y descaro resultan intolerables: ¿por qué nos habla de eso apenas ahora? Si esa era la fórmula mágica, ¿por qué no la aplicó desde el primer día? ¿Por qué no establecieron plazos concretos ni fijaron líneas rojas definitivas? ¿Por qué permitieron que el ELN se fortaleciera en los territorios mientras se dialogaba en las mesas?

Más inquietante aún es revisar sus supuestos «innegociables». Vale la pena recordar que uno de los acuerdos anunciados establecía que no se reclutarían niños menores de 16 años. ¿Menores de 16? ¿Acaso los adolescentes de 16 y 17 años tienen menos derechos? En Colombia la ley es taxativa: toda persona menor de 18 años es menor de edad y su reclutamiento debería ser un innegociable absoluto, sin matices ni concesiones.

Las respuestas a esas preguntas ayudan a entender la forma en que Cepeda ha concebido este proceso. Cuando se conoció la polémica parranda vallenata en la cárcel de Itagüí, en la que participaron reconocidos capos del narcotráfico que posteriormente fueron llevados por Petro a una tarima y presentados prácticamente como celebridades, Cepeda reaccionó diciendo: “De mí no esperen declaraciones contra la paz”. La frase resulta profundamente preocupante. Una cosa es defender la paz y otra muy distinta guardar silencio frente a privilegios, abusos e irregularidades cometidos por delincuentes condenados. Y es precisamente ahí donde aparece la diferencia: defender la paz no puede significar guardar silencio frente a los abusos de los criminales. ¿Está defendiendo la paz o está defendiendo a los bandidos?

Su discurso pide tiempo, pero al ELN no le interesa la paz y lo sigue demostrando. Esta misma semana, un dron cargado con explosivos cayó sobre la población civil en Tibú. El ataque dejó un niño muerto y varias personas heridas. Frente a tragedias como esta, exigirle más paciencia al país es una muestra de profunda indolencia con la realidad que viven millones de colombianos.

Con este panorama real sobre la mesa, el escenario de un mandato encabezado directamente por el candidato Cepeda resulta aterrador. Su trayectoria habla por sí sola: siempre ha sido cercano y condescendiente con las FARC y el ELN. Ahí están sus históricas defensas a figuras como Jesús Santrich y la entrega permanente de gabelas, beneficios y ceses al fuego sin exigirles nada a cambio. Es por esto por lo que no sorprende que las estructuras criminales vean con buenos ojos su eventual llegada al poder.

Lo grave es que, mientras Petro habla de un supuesto fraude —sin un solo indicio y cuando nuestro sistema cuenta con el aval de organismos nacionales e internacionales—, el verdadero fraude se está dando en los municipios donde los criminales tienen el control territorial. Allí, según denuncias de distintas autoridades, las estructuras armadas siguen imponiendo miedo, restringiendo libertades y condicionando la vida de comunidades enteras. Eso sí es una amenaza real para la democracia.

Los colombianos tendrán que decidir hoy si quieren seguir recorriendo un camino que, lejos de debilitar a los grupos armados, terminó fortaleciéndolos, o si prefieren un rumbo distinto.

Hoy decidimos si queremos más concesiones para quienes han sembrado violencia durante décadas o si queremos recuperar la autoridad y el control del territorio. Decidimos si aceptamos que nos reescriban la historia, poniendo a los bandidos como víctimas y a las víctimas como victimarios. Decidimos si seguimos llamando paz a una estrategia que ha permitido el fortalecimiento de las estructuras criminales o si exigimos resultados reales para los colombianos.

Esa es la decisión que tenemos hoy. Hoy votamos por nuestra seguridad. Hoy votamos por Colombia.