El panorama político actual nos deja una lección tan clara como dolorosa: mientras la izquierda entendió el valor estratégico de la disciplina y la unión, la derecha se ahogó en el mar de sus propios egos. Hoy, a las puertas de una definición crucial, las consecuencias de esa miopía política están pasando factura.
Hay que reconocer las dinámicas del adversario para entender los errores propios. Durante los últimos cuatro años, bajo el gobierno de Gustavo Petro, la izquierda se dedicó a consolidar un bloque político. Tuvieron peleas, tensiones y choques, pero sus integrantes entendieron que el proyecto político era infinitamente más grande que cualquier rencilla personal. El resultado de esa visión estratégica salta a la vista: lograron conformar un partido único y conquistar 25 escaños en el Congreso.
La derecha hizo todo lo contrario. En lugar de presentarse bajo una lista unificada que maximizara su caudal electoral, prefirió la dispersión. Esos votos que se atomizaron inútilmente son los mismos que hoy, ante el riesgo de que la izquierda retenga el poder, harán una falta monumental. El gran error de la derecha no fue de discurso, fue de cálculo y de soberbia: no haber logrado una gran consulta que agrupara todas sus fuerzas.
Hoy nos encontramos frente a dos candidatos de derecha que se han dedicado a despedazarse mutuamente mientras Cepeda avanza respaldado por una gira presidencial de Petro que desafía abiertamente las leyes electorales. Pensar que esta derecha llegará unida a una segunda vuelta, de manera automática y entusiasta, es pecar de ingenuos. Las heridas son profundas y los ataques personales dinamitaron puentes que hoy urge reconstruir.
A pesar del desolador panorama que han construido los políticos, la realidad de los ciudadanos es muy distinta. Millones de personas compartimos hoy una certeza angustiante: estamos a punto de perder el país. Por eso, el llamado que hacemos nos incluye a todos, tanto a los candidatos como a la sociedad en general. A partir del lunes, es imperativo hacer borrón y cuenta nueva. Conocemos las heridas, presenciamos los agravios, pero aquí no se trata de quién tiene la razón ni de quién debió ceder primero; se trata de salvar a la Nación.
El verdadero riesgo para Colombia es el proyecto político que representa Cepeda. Si los políticos no son capaces de bajarse de sus pedestales, somos los ciudadanos quienes debemos ponernos por encima de sus egos y exigirles que actúen a la altura de la historia. Quedan tres semanas cruciales para unirnos y evitar que el país caiga definitivamente en las garras del socialismo del siglo XXI. De consolidarse ese continuismo, al próximo gobierno le bastará con ejecutar los nombramientos que legalmente le corresponden por cronograma para quedarse con las mayorías en la Corte Constitucional y en la junta directiva del Banco de la República; un control institutional absoluto que, además, pretenden asegurar mediante una asamblea nacional constituyente. Frente a semejante amenaza, ganarles es posible, pero solo si actuamos con absoluta determinación y unidad.
Esta unión no se agota en las urnas ni termina con la elección del candidato que contenga la amenaza autoritaria. Lo que viene después será una de las épocas más duras de nuestra historia reciente. La izquierda no aceptará la derrota en silencio; debemos anticipar intentos de desestabilización. El propio Tribunal Superior de Bogotá, tras una investigación profunda, concluyó que el mal llamado estallido social en la capital no fue un evento espontáneo, sino un plan orquestado y coordinado con células de las Farc, específicamente con estructuras que operaron bajo las directrices del Bloque Segundo Manuel Marulanda Vélez. A esta certeza judicial se suma la amenaza latente de los grupos al margen de la ley, fortalecidos tras cuatro años de un gobierno que les entregó el control territorial de gran parte del país.
Frente a esta crítica realidad, el desafío va mucho más allá de la coyuntura electoral, pues reconstruir un país golpeado económicamente y fracturado en su seguridad requerirá un esfuerzo sostenido que va más allá de un periodo electoral. Solo con una unión inquebrantable y el apoyo decidido de todos los sectores productivos y sociales podremos salir adelante de esta época tan oscura. Es hora de dejar atrás las diferencias; nos estamos jugando el futuro de nuestro amado país.
