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Opinión

  • | 2018/11/08 16:33

    Falta timón

    El balance legislativo del Gobierno no es bueno. Sin duda es loable que el presidente haya decidido abordar la relación entre la Rama Ejecutiva y el Congreso de una forma distinta, prescindiendo de la “mermelada” como moneda de cambio para impulsar su agenda. Sin embargo, no ha habido una estrategia clara para compensar la pérdida de gobernabilidad derivada de esa decisión de acabar con el círculo vicioso del cariñito por el voto.

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Poco a poco nos acercamos a los primeros cien días del gobierno Duque y el balance en materia legislativa es flojo, tirando a malo. Como deshojando margaritas, los proyectos que el Presidente presentó con bombos y platillos como parte de una gran agenda interpartidista contra la corrupción se han ido hundiendo frente a la angustiosa impotencia del Gobierno que parece jugar un papel de espectador y no de actor relevante en el Congreso de la República.

Los proyectos con los que se buscaba bajar el salario de los congresistas y limitar la reelección a corporaciones públicas pasaron a mejor vida en la Cámara, mientras que, con un mensaje de urgencia que llegó tarde, la mayoría del paquete anticorrupción avanza a paso de tortuga.

La creación de la sala especial en la JEP para miembros de la fuerza pública también terminó siendo una apuesta frustrada del Gobierno. Aunque el proyecto era promovido originalmente por la senadora Paloma Valencia, los ministros de Defensa y del Interior decidieron sumarse e impulsarlo en la Comisión Primera del Senado, sin mayor éxito. Ante el inminente hundimiento del acto legislativo, el expresidente Álvaro Uribe tuvo que intervenir para lograr un acuerdo político que derivó en una serie de modificaciones a la Jurisdicción de Paz.

La Reforma a la Justicia también está enredada. Los llamados de la Ministra de Justicia, Gloria María Borrero, no han sido respondidos por los congresistas, quienes han despedazado el proyecto en los primeros debates, quitándole aspectos fundamentales como la eliminación del Consejo Superior de la Judicatura. Por el desayuno se sabe cómo va a ser el almuerzo y si así empezó el trámite de este proyecto en el Senado, no habrá que sorprenderse por lo que salga de la Cámara de Representantes.

Y qué decir de la reforma tributaria. La falta de liderazgo y de pedagogía por parte del Ministro de Hacienda ha llevado a que la iniciativa de gravar con IVA la canasta familiar eclipse los 87 artículos del proyecto; lo bueno y lo malo. La falta de timón en el trámite de esta reforma ha sido tal, que ni siquiera el partido de gobierno parece sentirla como propia. El coletazo de la moción de censura sigue afectando a Carrasquilla, quien aún no se pone la camiseta de capitán para defender su proyecto bandera, con el que busca recaudar $14 billones adicionales para financiar el presupuesto.

Hay que reconocer que el Gobierno logró llevar a buen puerto el presupuesto para el 2019 y el presupuesto de regalías. También avanza la Reforma Política: ahí está la posibilidad de que el presidente Duque se anote su primera victoria en el Congreso. Si se logra al menos cerrar las listas, establecer mecanismos de democracia interna en los partidos e impulsar la paridad de género en la política, el Gobierno podrá mostrar al menos una gran reforma en sus primeros 100 días ; sin embargo, la historia ha demostrado la incapacidad del Congreso de auto reformarse.

Sin duda es loable que el Presidente haya decidido abordar la relación entre la Rama Ejecutiva y el Congreso de una forma distinta, prescindiendo de la “mermelada” como moneda de cambio para impulsar su agenda legislativa; fue una promesa de campaña que, en buena medida, se está cumpliendo. Sin embargo, no ha habido una estrategia clara del Gobierno para compensar la pérdida de gobernabilidad derivada de esa decisión política de acabar con el círculo vicioso del “cariñito” por el voto.

Tampoco se ha visto un liderazgo contundente del Gobierno o el establecimiento de canales de comunicación fluidos y permanentes con los distintos sectores políticos. Se agotó la primera etapa, la que suele ser una luna de miel entre el Presidente y el Congreso; de aquí en adelante, todo es cuesta arriba en términos de gobernabilidad. Las cosas no pintan bien y si el Gobierno no da un “timonazo” estará condenado a cuatro años de interminables debates y de estancamiento legislativo que impedirá materializar el programa por el que el presidente Duque fue elegido el pasado 27 de mayo.

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