
Opinión
Innegociable
Comprendes entonces que poner límites no es agresión, es amor propio bien administrado. Es ese “yo voy primero” que tanto se ha vilipendiado, malinterpretado, como si fuera sinónimo de egoísmo.
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Hay un punto en la vida, generalmente después de cierta cantidad de incendios apagados, lágrimas y pañuelos de papel, de gente que uno quiso rescatar sin tener la más mínima formación en salvamento o primeros auxilios, en el que uno se pregunta: ¿por qué diablos esto no me lo enseñaron en primaria?
Queridos, la paz es el verdadero artículo de lujo de esta vida y no es negociable, ni transable, ni intercambiable, punto. La paz, cuando por fin la encuentras, es un patrimonio inmarcesible y perderla por cortesía es una estupidez que ya no pienso volver a cometer; por ese camino no regreso a la horrible noche.
Démosle perspectiva a esto, porque llegar a esta conclusión nunca es gratis. Negocié tantas cosas en mi vida que, si las cobrara hoy, ya tendría mi propio fondo de inversión. Negocié mi calma, mis tardes de descanso, mi instinto, mis límites, mis ganas de decir “no”, incluso negocié mis benditos silencios, mi espacio, y todas esas veces no hubo una sola en la que sucediera lo contrario; la factura llegó con intereses.
Cada vez que cedí en algo que me rompía, se me fue un poco de alma y, cuando me vi rota y desgastada, pude, finalmente, entender, tarde porque testaruda siempre he sido, que no, no tengo tantas almas como para estar regalándolas por ahí. Hoy lo tengo clarísimo: hay innegociables que son mi religión. Así que, veamos.
Hoy decido estar donde me siento bien. Parece obvio, ¿no? Pues no lo es. La mayoría de los mortales hemos vivido donde creemos que se debe, no donde se quiere. Hemos soportado ambientes y personas que nos marchitan, relaciones de toda índole que nos han quitado la alegría, trabajos que nos robaron la chispa vital y todo por esa vieja y torpe lealtad a lo incómodo. Pues yo, ya no.
Si no hay un dar y un recibir equitativo, no estoy diciendo perfecto, digo equitativo, con toda tranquilidad recojo mis corotos y me voy. Sin culpa, sin discurso, sin temor. No, señor, yo ya hice suficientes prácticas no remuneradas en escuelas donde enseñan a aguantar. Ahora estudio en la Facultad de la Coherencia, con énfasis en mi salud mental.
Otro tema es el del descanso. Ese otro lujo que antes negociaba como si fuera opcional. Como si fuera decente andar por la vida sin un minuto para mí y con el cerebro tostado. Me habían grabado a fuego que descansar era flojera. Que parar un día, qué digo un día, una hora, era perder ventaja. Que había que ser útil, productiva, eficiente, brillante, multitarea y, si sobraba tiempo, exitosa, carismática, deportista, esbelta, gran esposa, madre, padre, mensajera, chef, adinerada, inteligente, enfermera, proactiva, tierna, valiente, empoderada, autosuficiente, segura, fuerte, equilibrada, positiva, enfocada, a la moda, sexy, simpática, ejecutiva, completa…
Dios me libre de recaer en semejante ceguera. Un día me quemé, claro, porque, ¿para qué aprender por las buenas que uno sí puede estrellarse contra un muro de agotamiento? Así terminé mi 2024 y desde entonces entendí que descansar no es un privilegio: es la base de todo. Es el piso donde se sostiene el sentido. Si no descanso, no pienso. Si no pienso, no siento. Si no siento, no vivo; y si no vivo, entonces ¿para qué todo este espectáculo?
Hoy en día puedo cancelar reuniones, puedo declinar invitaciones, puedo decir que no voy porque necesito ver caer la tarde sin hacer absolutamente nada, más que entrar en el infravalorado espacio de la contemplación, sencillo y perfecto, un inigualable acto revolucionario. Porque descubrí que contemplar es recordar que eres parte de algo más grande y que esos instantes son los que te acomodan el alma, como quien estira una sábana recién lavada, y que es ahí donde aparece la microfelicidad, esa paz innegociable que a veces dura segundos, pero que te sostiene semanas enteras.
Otra cosa, cosita diga usted, que ya no negocio, es competir, en general, y menos por el podio de algo que, con toda honestidad y luego de una profunda evaluación, ni me interesa. Ser la mejor, “la más”, la que puede con todo… ¡Qué agotamiento tan inútil! Uno pasa media vida tratando de demostrar que es suficiente para gente que ni existe en el recuerdo o que jamás valoró ese esfuerzo.
He renunciado oficialmente a ser perfecta. Qué libertad tan divina esta, caramba. No tengo que impresionar a nadie. No tengo que demostrar mi valor. No tengo que sentarme en ningún trono que no me quede bien. Si aparece un lugar en el que quiero estar, voy y me siento. Si no me invitaron, hago mi propia mesa.
Aquí viene otro innegociable: la validación personal. Mi validación no viene de afuera. Ni de la opinión pública, ni de la tribuna, ni del amor romántico, ni de la familia, ni de las redes sociales, ni de los viejos fantasmas. Mi validación viene de mí, que, para este momento, es más que suficiente. ¡Qué belleza liberarse de esa adicción a la mirada ajena! De la que nadie habla, de la que nada se dice porque debe ser algo privado, silencioso, vergonzante, pero todos sabemos que es más difícil dejar de necesitar aprobación que dejar el azúcar, el cigarrillo o a un amante tóxico. Es un síndrome de abstinencia emocional que aparece entre la niebla, difícil de identificar, pero que, cuando lo superas, te deja respirar.
Comprendes entonces que poner límites no es agresión, es amor propio bien administrado. Es ese “yo voy primero” que tanto se ha vilipendiado, malinterpretado, como si fuera sinónimo de egoísmo, cuando es exactamente todo lo contrario. Yo voy primero para poder existir, para poder escucharme, para poder cuidarme, para poder llegar a los demás desde un lugar sano.
Si yo no me miro, ¿cómo voy a mirar al otro? Si no me acepto, ¿cómo voy a aceptar a los demás? Si no me reconcilio con mis dolores, ¿cómo voy a acompañar a alguien en sus transitares más oscuros? Eso no es egoísmo, es alfabetización emocional, y ese es otro tema que se debería enseñar en la escuela primaria.
Cuando empiezas a reparar lo que siempre estuvo roto, el vínculo contigo, a hacer las paces con tu pasado, con tus errores, con tus decisiones torpes, con tus heridas, con la que fuiste cuando no sabías lo que sabes ahora, el aire finalmente entra a los pulmones. Porque es fácil hacer las paces con el mundo; lo difícil es hacerlas contigo, la que te juzga en secreto, la que te carga de culpas inventadas, la que se cree menos, la que se exige más.
Esa es la verdadera negociación: la personal, la que activa los pequeños cambios que parecen insignificantes, pero que al final sostienen tu paz como si fuera una catedral. A veces creemos que la paz está en los grandes gestos. Pero no, la paz vive en unidades diminutas, en la forma en que respiras cuando alguien con sus palabras o con sus acciones logra fisurarte, en la manera en que manejas las decisiones incómodas, en la sensación que asumes cuando te das el espacio para no responder un mensaje que te va a sacar de tu centro, cuando dejas de dar explicaciones innecesarias, cuando te das permiso de estar cansada, cuando entiendes que no hay que convencer a nadie, de nada.
Sí, es ahí donde está la revolución: en lo microscópico, en lo íntimo, y es curioso porque, cuando por fin tienes paz, empiezas a ver el mundo distinto. No en cámara lenta, más bien en alta definición. Ves a la gente por lo que es, no por lo que necesitas que sea para sentirte feliz. Ves tus viejos patrones y entiendes por qué te repetías como una mala telenovela. Ves tus sueños con más cariño y con menos exigencia, y ves tu presente como ese territorio imperfecto e infinitamente tuyo donde eliges cómo vivir.
Por eso, mis innegociables no son caprichos, son mapas. Son la hoja de ruta de una mujer que dejó de caminar por donde le dijeron y que ahora camina por donde respira sin corsé. Si algo he aprendido en esta deliciosa edad es que la paz no se ruega, se cultiva, es mi propio jardín y se protege como el tesoro más valioso.
Cuando tienes paz, lo tienes todo, y cuando la pierdes, lo pierdes todo, y yo ya perdí demasiado. Mi bienestar es mi prioridad; lo demás… es circunstancial.
