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Ivanieves y los 7 enanitos

Los enanitos mostraron la pequeña casa y reían alborozados con la nueva invitada, a quien ofrecieron hospedaje, alimentación y una Constituyente a cambio de que hiciera aseo doméstico, y cocinara y lavara baños, todo esto sin pagar prestaciones ni parafiscales, y sin salida los domingos.

Daniel Samper Ospina, Daniel Samper Ospina
24 de noviembre de 2018

Ivanieves era una princesa muy blanca, con una hermosa cara de muñeca, que fue senadora y luego quedó huérfana a muy temprana edad. Su padre se casó entonces con una malvada y vanidosa mujer que hablaba a su espejo mágico:

–Espejito, espejito: dime, ¿quién es la reina más bonita? –le preguntó una mañana.

–Eras tú, pero ahora es Ivanieves.

Al escuchar aquella respuesta, la mujer enfureció.

–¡Oigan a este! –clamó–, ¡estudie, vago!

Y dio orden a su estafeta para que, como miembro de la fuerza letal del Estado, entrara a matar:

–Pasen al papayo a Blanca Iván, porque no estaría recogiendo café.

–Es Ivanieves…

–Eso; y luego le ponen un vestido camuflado.

Los enanitos mostraron la pequeña casa y reían alborozados con la nueva invitada, a quien ofrecieron hospedaje, alimentación y una Constituyente a cambio de que hiciera aseo doméstico, y cocinara y lavara baños, todo esto sin pagar prestaciones ni parafiscales, y sin salida los domingos.

Pero el estafeta se conmovió ante la cara de muñeca de la princesa y la dejó en el bosque, donde la bella doncella encontró una pequeña casita (una vivienda de interés social, en realidad), habitada por siete enanitos.

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–¡Qué lindos enanitos! –exclamó–; ¿qué hacen ustedes?

–Trabajamos en una mina –sentenció uno, mientras estornudaba–; la mina es de Anglo Gold.

–También hacemos fracking responsable –respondió otro, el enanito ingenuo.

–¡Qué lindos! –dijo la princesa–: ¿y cuántos son?

–Somos siete –advirtió el mayor de todos.

–¡Como los principios de la economía naranja! –clamó Ivanieves.

Los enanitos mostraron la pequeña casa y reían alborozados con la nueva invitada, a quien ofrecieron hospedaje, alimentación y una Constituyente a cambio de que hiciera aseo doméstico, y cocinara y lavara baños, todo esto sin pagar prestaciones ni parafiscales, y sin salida los domingos.

–Eres hermosa –le dijo Tontín, un simpático enanito al que el ropaje quedaba evidentemente largo.

–¡Gracias! –respondiole la bella Ivanieves–. Por haber dicho eso, te nombraré en la embajada de Washington.

Tontín se puso muy contento.

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–Ahora sí podré provocar una guerra –exclamó, mientras marchaba de manera divertida por toda la casa y causaba carcajadas en los demás.

En todos, claro, salvo en el enano gruñón.

–¿Y tú, por qué estás bravo? –le dijo Ivanieves.

–Pues por qué va a ser, home, caremuñeca: ¿vos no has visto cómo tenés tu popularidá, y por ahí derecho la mía? Me va a tocar es voltearme, home, hacer el ejercicio del péndulo, pero con vos, y dejarte caer como caballito discapacitado…

Ivanieves se iba a poner a llorar, pero entonces le tomó la mano otro de los enanitos.

–No le pongas atención –le dijo.

–¿Y tú quién eres?

–Yo soy enano alegre. Vivo muerto de la risa. Iré al campo a recoger flores y bonos de agua en esta canasta: ¿quieres venir conmigo?

–Sí, pero si gravas la canasta –respondiole Ivanieves.

Y ambos trataron de gravar la canasta familiar y se divirtieron mucho.

En las mañanas, cuando todos se iban a la mina, Ivanieves se quedaba haciendo oficio y haciendo la 21 con un balón de fútbol, y su vida era feliz.

Pero hete que hete que su madrastra enterose que seguía viva.

–Espejito, espejito: ¿quién es la más bonita?

–Sigue siendo Ivanieves: no está muerta, si bien su popularidad ha descendido bastante. A lo mejor sea porque Santos dejó desfinanciado al país –concluyó, porque, aparte de mágico, era un espejo retrovisor.

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La madrastra de Ivanieves se disfrazó de anciana; compró un refresco, lo envenenó con unas gotas del programa de Fernando Londoño y se dirigió al bosque.

Entre tanto, la hermosa Ivanieves barría, trapeaba, departía alegremente con pajaritos y visitaba al papa Francisco con su mamá, su suegra y su mejor amigo.

–¿Quién llama a la puerta?

–Soy una anciana muy pobre y vengo a traerte una manzana.

–Si es una manzana Postobón, la exoneraré de impuestos –dijo Ivanieves–: es la economía manzana.

–También tengo aguas saborizadas decomisadas por la Fiscalía.

–Gracias, con la gaseosa está bien –respondió la princesa, cautelosa.

Ivanieves tomó un sorbo y desmayose. Cuando los enanitos la encontraron inconsciente, se pusieron muy tristes y acomodaron su cuerpo en una urna de cristal.

–Esta urna es del gobierno pasado, pero está como nueva –dijo enano conquistador– porque nunca la usó.

Pero entonces, hete que hete que vino desde muy lejos un príncipe azul, el príncipe con el que Ivanieves siempre había soñado, penetró por el bosque (a esas alturas fumigado de glifosato por orden de enano bravucón), halló a Ivanieves y la tomó en sus brazos

–Uy, prinshesha, qué bella eres, te voy a componer una canshión, baby.

Y le dio un beso de amor.

Ivanieves reaccionó. Abrió los ojos y un brillo de felicidad invadió su mirada.

–¡Maluma!

–Shí, prinshesa. Vine por ti.

Y príncipe e Ivanieves se entrelazaron las manos y tocaron guitarra, mientras los enanitos –todos menos gruñón– cantaban en fila india “Hi ho”, y los pajaritos piaban, y los estudiantes marchaban, y las bombas de aturdimiento del Esmad estallaban. Y así, el príncipe e Ivanieves se fueron a vivir a Palacio, donde fueron muy felices. Los cuatro. Fin. 

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