La decisión del presidente de Estados Unidos de imponer aranceles más altos a 60 países pone en evidencia un problema que trasciende el comercio exterior colombiano. El verdadero desafío no es el nuevo arancel del 12,5 %, sino la vulnerabilidad estructural que genera la doble concentración de la canasta exportadora: una alta dependencia de pocos productos y de un número reducido de mercados.
Para entender por qué este arancel debe analizarse desde esa perspectiva, primero hay que comprender el contexto en el que fue adoptado. En enero de 2025, el presidente Donald Trump estuvo a punto de elevar los aranceles a los productos colombianos al 25 % como respuesta al enfrentamiento con Gustavo Petro por los vuelos de migrantes deportados. Aquel episodio fue consecuencia del deterioro de la relación bilateral, producto del manejo que el gobierno Petro ha dado a una de las alianzas más estratégicas para Colombia. El arancel de hoy, en cambio, tiene un origen distinto. Aunque se adoptó bajo la Sección 301, que investiga los controles al ingreso de mercancías vinculadas con trabajo forzoso, responde, en el fondo, a la visión proteccionista de la administración Trump y a su propósito de reindustrializar Estados Unidos.
Ante esta realidad, y aunque el gobierno entrante probablemente tendrá un mayor margen de negociación con Washington, los productos colombianos seguirán sujetos a la política comercial de Estados Unidos. Por eso, más que confiar en una eventual flexibilización de los aranceles, el país necesita avanzar decididamente hacia la diversificación de su oferta exportadora y de sus mercados de destino.
Colombia enfrenta una doble vulnerabilidad estructural. La primera es la concentración por mercados. Estados Unidos absorbe cerca de US$14.500 millones, equivalentes al 28,4 % de las exportaciones nacionales, lo que lo convierte, con amplia diferencia, en nuestro principal socio comercial. La segunda es la concentración por productos. El petróleo crudo representa el 23,8 % de las exportaciones, el carbón el 13,4 % y el oro el 7,25 %. Si se suman el petróleo refinado y el coque, estos bienes superan la mitad de toda la canasta exportadora. En otras palabras, Colombia sigue dependiendo principalmente de la exportación de recursos naturales con baja complejidad económica.
La paradoja es evidente. El arancel del 12,5 % recae precisamente sobre los sectores que el país necesita fortalecer, como las flores, las confecciones, los plásticos, los cosméticos y la agroindustria, entre otros. Se trata de actividades con mayor valor agregado, mayor capacidad de diversificación y una generación de empleo significativamente superior. En contraste, los principales commodities de exportación, como el café, el petróleo, el carbón, el oro y el banano, quedaron excluidos de la medida. Los más afectados con esta decisión son los sectores que Colombia necesita expandir para transformar su estructura exportadora, mientras se preserva la dependencia de los bienes primarios.
El caso de las flores es el mejor ejemplo. Este sector concentra cerca de un tercio de las exportaciones sujetas al nuevo arancel, tiene a Estados Unidos como su principal y casi único mercado y, además, enfrenta la apreciación del peso. La combinación de estos factores golpea directamente su competitividad.
Ante esta realidad, Colombia tiene tres rutas para resolver este problema en el largo plazo: vender más de los mismos productos a los mismos socios, vender nuevos productos a nuevos mercados o hacer las dos cosas. Esta última debería ser la estrategia del nuevo comercio exterior colombiano. La diversificación debe complementar, no sustituir, los mercados tradicionales.
Para lograrlo, es indispensable aprovechar los acuerdos comerciales que hoy permanecen subutilizados. Colombia tiene 17 acuerdos comerciales vigentes que le dan acceso preferencial a más de 60 mercados, entre ellos la Unión Europea, Corea del Sur, el Reino Unido y la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA). Sin embargo, nuestras exportaciones siguen concentradas en apenas dos o tres destinos.
La otra apuesta es conquistar nuevos mercados. India es el tercer destino de las exportaciones colombianas, pero prácticamente solo nos compra petróleo. Ese mercado, con una clase media en constante expansión, también representa una oportunidad para el café, el azúcar, las flores y otros productos agroindustriales. Al mismo tiempo, Colombia debe mirar con mayor atención a su propio vecindario. Vender más a Brasil, Perú y los demás países de la Comunidad Andina es más fácil desde el punto de vista logístico y, además, es el comercio que más manufacturas mueve y más empleo genera. La experiencia del aguacate hass, que multiplicó por cinco sus exportaciones en siete años, demuestra que abrir mercados es posible cuando hay trabajo técnico sostenido.
Ahora bien, surge una pregunta inevitable: si diversificamos los mercados, ¿se debilitaría nuestra relación comercial con Estados Unidos? La respuesta es un rotundo no. Diversificar no significa darle la espalda a nuestro principal socio comercial. Significa reducir el riesgo de depender excesivamente de un solo mercado. Un país con exportaciones diversificadas es, precisamente, un socio comercial más fuerte, más resiliente y más confiable.
