Nos sigue pareciendo un milagro que amanezca. Después de miles de millones de amaneceres, ahí estamos. Abrimos la cortina, como en una postal estereotipada, estiramos los brazos y exclamamos: ¡Qué sol tan hermoso!, como si el astro hubiera decidido, por fin, esmerarse para nosotros. La verdad es menos romántica y bastante más útil: el sol no está intentando impresionarnos, él solo está siendo el sol.
Tal vez cometemos el mismo error con las personas. Confundimos el brillo con la esencia. Creemos que quien ilumina una habitación necesariamente ilumina una vida, y no, hay luces que solo sirven para encandilar.
Imagino al sol como un emoji con sus gafas oscuras. No por vanidad, sino porque ni siquiera él soportaría verse de frente. Su propio resplandor le impediría descubrir las manchas que lleva encima. Es una imagen absurda, lo sé, pero no más absurda que nuestra costumbre de enamorarnos de las primeras impresiones.
Nos fascinan la gente brillante, los discursos impecables, las cuentas perfectas de Instagram, las biografías sin tachones. Compramos el drama de los otros para compadecerlos desde nuestro propio victimismo, nos enamoramos del potencial… del proyecto. Tenemos una extraña inclinación a creer que el envoltorio siempre trae instrucciones para la felicidad.
Dado que no soy científica, y que lo mío es un intento de comprensión reflexiva, supongo que debe ser un asunto biológico. Somos seres relacionales, necesitamos pertenecer, admirar, elegir líderes, construir vínculos. Tenemos un serio problema con el tema de la evolución y es que privilegió la rapidez para hacerse a una idea, para hacerse a un juicio, para experimentar prontamente lo seguro en lo que se nos asemeja; y el grave problema es que la velocidad rara vez coincide con la profundidad.
Con el tiempo, y vaya que lo del tiempo se las trae, descubrimos que detrás de algunos destellos vive una oscuridad cuidadosamente maquillada. En este punto es, más que necesario, conveniente, una precisión: la oscuridad no es el enemigo. Todos la conocemos, es una doña coqueta que merodea, que se nos acerca, que otras tantas veces nos habla al oído, toma posesión de nosotros, desaparece como el humo o se instala como un mal inquilino.
El problema aparece, y aquí vuelvo al sol con gafas, cuando el brillo es tan intenso que no nos deja verla, porque es entonces cuando dejamos de mirar personas y empezamos a mirar personajes. Y nos ocurre a todos y con todo, con los amigos, con las parejas, con la familia, con los jefes. Con aquellos a quienes admiramos, a quienes queremos y hasta con esos gurús que prometen enseñarnos a vivir cuando apenas logran administrarse a sí mismos. Y, bueno, ni se diga, cuando nos ocurre de adentro hacia afuera. Cuando pretendemos hacernos creer a través de cuantiosas cuotas de tontería y falsedad que somos ese sol que ilumina al mundo.
Somos expertos en convertirnos y convertir a otros en soles y, luego, indignarnos cuando la vida, con su imperiosa recursividad, nos hace saber que ahí, sí, ahí, también hay eclipses.
Ridículamente, ese pecadillo de la envidia, llámese formalmente comparación, nace de allí, de ese lugar del alma donde creemos que el brillo ajeno es permanente y que el nuestro apenas si es una bombilla de Edison en sus primeros tiempos. La envidia, que anida en los guantes de la doña, de la también bella oscuridad, no siempre quiere quitarle algo al otro; generalmente, no quiere que el otro tenga lo suyo porque suele engendrarse en haber olvidado en dónde dejamos nuestra propia luz.
Me gustan más las metas que los sueños. Los sueños son encantadores, pero tienen la mala costumbre de quedarse dormidos con uno y de hablar demasiado. Las metas, en cambio, exigen calendario, disciplina, concreción y una buena dosis de terquedad, constancia y ganas, porque el que quiere el beso, busca la boca.
El brillo interior no aparece por arte de magia; se fabrica, se consigue trabajándolo con paciencia y mucha introspección, con silencio, diariamente, con el descubrimiento permanente de la magia y de los hilos invisibles de la existencia, en su bondad, con sus carencias, pero sobre todo con la certeza de la pertenencia a algo inmensamente más grande y sublime: la vida.
Cuando uno aprende a reconocer su propia luz, el brillo de los demás deja de ser una amenaza. Se convierte, simplemente, en otra forma de existir. Ya no hace falta competir por quién resplandece más. Quizá, la madurez consiste en dejar de confundir intensidad con profundidad. Hay personas que hablan bajito y transforman vidas. Otras hacen mucho ruido y apenas logran decorar el vacío.
El mercado vende reflectores; la vida sigue necesitando faros y comprendiendo que siempre, más allá del brillo, también hay oscuridad, es la indefectible virtud y esencia del mundo dual que habitamos. La luz auténtica nunca necesita deslumbrar, ilumina, permite ver. Incluso permite descubrir las sombras.
El día que dejamos de idolatrar los brillos ajenos empezamos, por fin, a descubrir el nuestro. Uno menos estridente, menos fotogénico, menos dependiente del aplauso, libre e infinitamente resistente a los fallos eléctricos.
El sol saldrá mañana, nuevamente, y solo a nosotros nos compete decidir si volvemos a confundir su resplandor con verdad o si, por primera vez, nos quitamos las gafas para mirar con calma. No al sol, sino a nosotros mismos.
