OPINIÓN

Luis Lota

El Niño se despertó y ya se sienten sus pasos

Es decir, el fenómeno de El Niño no aparece de un día para otro, como un huracán.
17 de julio de 2026 a las 5:23 p. m.

Cada vez que el fenómeno de El Niño vuelve al centro de la conversación pública, en titulares de noticieros, artículos de prensa y redes sociales encontramos información abundante y de diversa índole. La avalancha de noticias ha sido igual en los últimos meses, especialmente desde el 11 de junio, cuando el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) declaró oficialmente su llegada.

Sabemos que su consecuencia directa es un incremento en la temperatura para la región central de Colombia y que sus efectos pueden ser devastadores, si no existen medidas preventivas adecuadas y efectivas.

¿De qué se trata? Imaginen el océano Pacífico como una piscina gigante, del tamaño de medio planeta. Normalmente, esa piscina tiene agua fría subiendo desde el fondo en Sudamérica, empujada por los vientos alisios que soplan de este a oeste. Eso mantiene el equilibrio: agua fría de un lado del planeta y agua caliente del otro.

Sin embargo, cada cierto tiempo, esos vientos alisios se debilitan o cambian de dirección. Y cuando eso pasa, el agua caliente que estaba acumulada del otro lado del Pacífico regresa a Sudamérica. La superficie del mar sube de temperatura; el océano y la atmósfera empiezan a interactuar de manera distinta. Ese cambio altera los patrones de lluvia y viento en buena parte del planeta.

Es decir, el fenómeno de El Niño no aparece de un día para otro, como un huracán. Es un proceso que se desarrolla durante varios meses y cuyos efectos suelen sentirse tiempo después de su formación.

El Niño suele provocar una variación de las temperaturas globales. Por lo general, se asocian a un aumento de las precipitaciones con efectos como inundaciones en algunas zonas de Sudamérica, África Oriental y el sur de Estados Unidos, y a condiciones de sequía en Centroamérica y el noreste de América del Sur, donde estamos nosotros. Cabe mencionar que El Niño es un fenómeno natural y que no es lo mismo que el cambio climático. Sin embargo, en contextos de este último, los efectos se pueden percibir de manera más intensa.

Los científicos saben en qué fase estamos porque miden la temperatura del agua en una zona específica del Pacífico llamada ‘Niño 3.4’. Allí, el agua es más cálida o más fría que su media a largo plazo durante un período de tres meses. Si esa temperatura sube más de medio grado por encima del promedio histórico durante varios meses seguidos, es cuando aparece El Niño. Lo curioso es que esas condiciones ya están presentes en el Pacífico ecuatorial, pues llegaron casi tres meses antes de lo esperado.

¿Cómo afecta esto a Colombia? El Niño no afecta a todo el mundo por igual. En algunas partes del planeta trae más lluvia, pero en Colombia el patrón histórico es muy claro: menos lluvia, más calor. Por lo tanto, las regiones que más sienten el golpe son la Pacífica, la Andina y la Caribe, que acogen a la mayoría de los habitantes del país. No obstante, en Arauca y Casanare hay inundaciones.

Los modelos climáticos, entre ellos los de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA por su sigla en inglés), dan más del 95 % de probabilidad a que estas condiciones se mantengan y se fortalezcan durante el segundo semestre de este año, y que se extiendan hasta el primer trimestre de 2027.

Y aquí viene el dato más preocupante: hay un 63 % de probabilidad de que la categoría del fenómeno sea “muy fuerte”, dado que la variación de temperatura en el mar supera los 2 °C. Usualmente, el indicador de identificación de la existencia de un fenómeno de El Niño o de La Niña es una variación en medio grado centígrado de temperatura respecto del promedio histórico durante varios meses seguidos.

Mejor dicho, el actual estaría entre los eventos más intensos desde 1950 y podría parecerse o, incluso, superar épocas devastadoras para el país como las de 1997-98 y 2015-16. De hecho, las proyecciones apuntan a que entre noviembre de 2026 y enero de 2027 tendríamos el período de mayor intensidad.

Los impactos son críticos: el primer golpe lo reciben los ríos y los embalses. Menos lluvia significa menos caudal, y eso afecta directamente el abastecimiento de agua potable en múltiples ciudades y municipios.

En materia de energía, Colombia genera la mayor parte de su electricidad con hidroeléctricas. Si los embalses bajan su nivel, la generación se complica y el riesgo de que suban las tarifas —o en escenarios extremos, de racionamiento— se vuelve real. De hecho, hubo un pico histórico de consumo energético reciente por las olas de calor, lo que prendió las alarmas sobre la estabilidad del sistema eléctrico.

El sector agropecuario no es ajeno a esta realidad. Con menos agua disponible, los cultivos sufren, lo que puede afectar la producción de alimentos y, en consecuencia, presionar los precios en el mercado. Además, con el calor y la sequedad de la vegetación, aumenta de manera importante el riesgo de incendios forestales.

En el mismo sentido, existe un impacto que la gente no siempre conecta: la salud pública. Con temperaturas más altas aumenta la proliferación de mosquitos transmisores de dengue, por ejemplo.

Las anteriores líneas nos muestran un panorama que debemos entender y que, a la vez, nos traza la ruta que debemos seguir. Hay tiempo de actuar antes de que los

impactos se intensifiquen. Se deben activar medidas centradas en ahorro de agua, eficiencia energética, prevención de incendios y protección de ecosistemas.

Empecemos por lo que podemos hacer desde nuestra casa. En materia de agua, cerrar la llave mientras nos enjabonamos en la ducha, revisar si hay fugas en tuberías o sanitarios, reutilizar el agua de la lavadora o la de lavar verduras para otras tareas y evitar lavar el carro con manguera.

En energía, apagar luces y aparatos que no estén en uso, usar electrodomésticos eficientes, aprovechar la luz natural en el día y utilizar el aire acondicionado con moderación.

En cuanto al sector hidroeléctrico, este está actualizando sus modelos operativos para anticiparse a escenarios de menor caudal. Por su parte, el sector agropecuario está siendo llamado a adaptarse a una menor disponibilidad de agua, por ejemplo, con sistemas de riego más eficientes o ajustando calendarios de siembra.

Sobre los incendios forestales, lo fundamental está en la prevención: no quemar hojarasca ni basura en zonas rurales o cerca de zonas verdes; reportar de inmediato cualquier foco de incendio a las autoridades y respetar las restricciones que se anuncien en parques naturales o reservas.

La preparación ante el fenómeno de El Niño no depende solo del Ideam o las diferentes entidades que monitorean o emiten alertas; la diferencia real se nota cuando cada hogar, cada negocio y cada finca ajusta sus hábitos de agua y energía desde ya, no cuando estemos en pleno pico del fenómeno, entre noviembre y enero.

Un mensaje final: desde la Región Metropolitana estamos trabajando, primero, con Bogotá y Cundinamarca en la articulación de esfuerzos para fortalecer la seguridad hídrica de la región. En segundo lugar, avanzamos en la implementación de los hechos metropolitanos del agua (ecosistemas vitales y gestión hídrica corresponsable) como esos vehículos que nos permiten ejecutar proyectos en los territorios de restauración de las áreas de importancia ambiental y del uso eficiente del agua.

Por último, no olvidemos que, en el marco de nuestro plan estratégico PLANEO, se está desarrollando la hoja de ruta que hará posible contar con una región que tenga mayor capacidad de adaptación al cambio climático, lo que nos permitirá sobrellevar de mejor manera los efectos de los próximos fenómenos de El Niño.

La prevención es una tarea de todos. Cuidémonos, protejamos nuestros recursos y recordemos que juntos llegamos más lejos.