Cuando estamos próximos a iniciar un nuevo Gobierno en cabeza de Abelardo De La Espriella, es conveniente mirar lo que ha venido pasando en Colombia durante los últimos años, cuando algunos gobernantes han hablado mucho y hecho muy poco en favor de la población, siendo además muy permisivos con la corrupción y la violencia. Hay por lo menos dos razones para hacer esa mirada: no cometer los mismos errores y poder corregirlos.
En ese orden de ideas, y a raíz del debate público que se ha generado en torno a la posesión del presidente Abelardo De La Espriella el próximo 7 de agosto, es conveniente señalar que esta debe caracterizarse por la austeridad en el gasto público.
Por esa razón, mi sugerencia, muy respetuosa, al presidente Abelardo es que se posesione el 7 de agosto a las cero horas ante el Congreso de la República, en Bogotá D.C. Luego, en ejercicio pleno de sus funciones como presidente de la República, pase a la Casa de Nariño para juramentar a sus ministros y altos funcionarios de Gobierno, a fin de que asuman sus respectivos cargos en el Estado.
Después de un breve descanso, si así lo considera, en la emblemática Escuela Militar de Cadetes, en Bogotá, podría presentar su saludo institucional a las Fuerzas Militares y de Policía.
En ese mismo sentido, si así lo tiene a bien, el mismo 7 de agosto, en horas de la tarde y en Casa de Nariño, podría realizar su primera reunión oficial con los gobernadores departamentales y los alcaldes de las ciudades capitales, con el propósito de escucharlos y acordar con ellos la ruta para desarrollar su positiva iniciativa de gobernar desde y con las regiones, contribuyendo así al fortalecimiento de un Estado de paredes de cristal y más cercano a la gente.
De esa manera se contribuiría al ahorro de importantes recursos económicos y, al mismo tiempo, se estaría enviando un mensaje muy claro en favor de un Estado donde prime la austeridad y la cero tolerancia frente al despilfarro.
Como dice la sabiduría popular “El mejor maestro es el ejemplo”, principio ético y pedagógico universal, base para la confianza.
A esta altura de mi vida, cuando he visto correr tanta agua por debajo de los puentes, recalco que gracias al Dios de los cielos y a mi historia de vida, hago parte de las personas que gozamos con los éxitos de otros y no con sus dificultades y tragedias.
En ese camino, afortunadamente hago parte de quienes, por el bien de Colombia y de su pueblo, deseamos que al presidente Abelardo De La Espriella y a su equipo de gobierno les vaya bien en sus diversas responsabilidades de Estado, por la sencilla razón de que, si a ellos les va bien, quien gana es Colombia y toda su población urbana y rural, empezando por los niños y las niñas.
En esa perspectiva, siempre les diré tanto al presidente como al vicepresidente de la República, así como a su equipo de gobierno, mi verdad, que no necesariamente tiene que ser la suya. Igualmente, siempre los invitaré a tener presente, como lo recalcaba en vida Álvaro Gómez Hurtado, que “en los asuntos de Estado siempre debemos pensar y actuar sobre lo fundamental”.
En mi humilde y sincera opinión, esa meta es contribuir al logro de una Colombia dialogante entre diferentes, libre de corrupción y violencia, reconciliada política y socialmente. Pero, ante todo, para que, desde la diferencia, seamos conscientes de que una democracia tiene sentido si está libre de corrupción, violencia y extremas desigualdades sociales, y donde los gobernantes y los demás sectores políticos y sociales enseñen siempre con su ejemplo de vida.
