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Opinión

  • | 1984/12/24 00:00

    LA INGENUIDAD DE LAS BAUM

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Leyendo los recuerdos de Sofía Loren sobre la guerra, tropecé con el siguiente párrafo: "Nos apeñuzcabamos en el tunel ferroviario por las noches, tras la salida del ultimo tren. A la madrugada, antes de las cuatro, debíamos salir corriendo si no queríamos ser aplastados por el expreso que llegaba rugiendo. Fue así como el tunel se convirtió en el foco de nuestras vidas. La parte central era oscura y tenía una atmosfera caliente que llegaba a la putrefacción por los olores de los cuerpos sucios, de la comida podrida, la orina, los excrementos la basura. Había cucarachas por todos lados y enormes ratas que nos rodeaban para conseguir comida. A tanta maldición se agregaba otra: los piojos.
Estabamos cubiertos de ellos, en el cabello, en el cuerpo, entre nuestra ropa... A fuerza de rascarme me sangraba toda la piel. Despues vino la sarna. No se que hubiera sido de nosotros si el ejercito norteamericano no hubiera llegado a rescatarnos con su milagroso polvo DDT".
Este párrafo escalofriante me ha hecho pensar en la guerra de las Baum. Una guerra mucho menos real, llena de recuerdos románticos (casi todas dejaron un noviecito en Alemania), donde los traumas (la violación de Débora, el fallido matrimonio de Brenda, la locura de Raquel) se sienten fuera de contexto, como pequeñas piezas incrustadas para darle al argumento un dramatismo que, a pesar del tema, no ha logrado un climax adulto y convincente.
De verdad resulta dificil conmoverse con el ingenuo sufrimiento de las Baum, no sblo porque ellas actuan como colegialas inmaduras que se pelean por todo, sino porque sus conflictos principales (la persecución y el destierro) aparecen simplificados. En realidad, hasta donde hemos visto, las rubias señoritas Baum apenas si han intuido los rigores de esa situación. Se sospecha que quieren hacerles daño, se cree que son vigiladas, pero indudablemente este es un grupo con suerte: al día siguiente de su llegada ya habían comprado la casa que habitan. En esa transaccibn, que exige firmas y papeleos, ellas no tropezaron con ningun problema legal. A pesar de ser judías, Helga y De bora consiguieron trabajo en el mismo momento en que decidieron buscarlo, con una facilidad que ya desearían muchos compatriotas varados.
El idioma y las costumbres criollas tampoco han sido problema para las Baum. Transportadas desde tierras tan lejanas ni siquiera han sentido los rigores del clima, mucho menos les ha impresionado el cambio de comida, la diferencia de culturas, la idiosincracia y demás.
A esta simplificación de los conflictos se suma la ingenuidad del suspenso truncado en mas de una oportunidad. Dos ejemplos son suficientes: Débora guarda la estrella que le diera su mamá. La esconde tras el cajon de su nochero. Raquel la descubre, como esta loca la bota tras el mueble. Días después Débora va a buscarla, no la encuentra, se asusta y lo que podría ser el comienzo de una nueva linea dramática se acaba cuando Débora corre la mesita y la ve. Karen habla con Ramón en su cuarto. Se oyen voces en el corredor, es Debora. Ambos se asustan, Ramón se esconde bajo la cama, Debora entra, se sienta un momento y cuando parece que lo va a descubrir sale sin que el suceso trascienda.
Habría otros ejemplos similares más directamente relacionados con los personajes, pero basta mencionar el caso de Miguel Serrano, un pro-nazi demasiado incauto para llegar a ser malo. Tan incauto que deja en su escritorio al alcance de cualquier mano curiosa informaciones verdaderamente comprometedoras. Tambien es ingenua la forma como el doctor Peña aplica el psicoanalisis o como actuan quienes hacen de detectives.
Y no es que yo este en contra de la ingenuidad. Es mas, creo que este elemento tiene particular validez en el genero telenovela, pero a la ingenuidad hay que crearle su propia lógica para que no suceda como en este caso donde por un lado se presenta la linea argumental con pretensiones de serie sobre espionaje internacional y por otro situaciones cuyos personajes tienen el corte de la novela rosa.
Hay, sin embargo, un aspecto que salva la historia de las Baum: fundamentalmente la dirección limpia y recursiva con el sello inconfundible de Julio Cesar Luna, cuya labor parece ejecutada con guantes de seda. Tambien son llamativos la ambientación, los escenarios y decorados, merito de Clara Ines Enciso y Ernesto Dueñas.
Al llegar a este punto del comentario debo tener más de un lector escandalizado, preguntandose como es posible que yo, una persona que hace guiones para Caracol TV, critique a su propia empresa y más directamente a sus colegas libretistas. Admito que es una labor delicada y sobre todo dificil, particularmente cuando, como en este caso, Hilda Demmer y Pilar Riaño son dos profesionales serias, interesadas en el tema y, para rematar, amigas. Dos libretistas que se perfilan bien y a las que dentro de poco podremos colmar de elogios. Dos libretistas formadas en universidad que no improvisan y han tomado su trabajo con la seriedad necesaria y que, como todos los que nos metemos en esta actividad tan publica, tienen que aguantar con igual estoicismo criticas y elogios. Dos libretistas con criterio suficiente, a las que me gustaría ceder una oportunidad en esta columna para que señalaran mis errores--que !os tengo y bien grandes--, cuando me llegue la hora de pasar al banquillo. -
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